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Viejo 15/abr/06, 01:01
eurico
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Predeterminado La TransiciÓn Y La RepÚblica, otra versión

LA TRANSICIÓN Y LA REPÚBLICA

Es verdaderamente sorprendente como casi todos los partidos occidentales de la izquierda siguen haciendo distinción entre dictaduras de derecha, generalmente militares, y las dictaduras (más bien totalitarismos) de izquierda, en un auténtico ejercicio de esquizofrenia conceptual.

Aquellas son - o fueron- todas uniformemente nefastas; estas fueron (todavía hay algunas que lo siguen siendo) malogrados - pero "nobles" - intentos de mejorar la "condición humana".

Si esto fuese verdad y no una evidente manipulación para no admitir el origen dogmático y autoritario del marxismo/leninismo (por cierto, Karl Marx fue una de las primeras personas que se declaró "no marxista"), el fracaso es todavía más evidente ya que en vez de mejorar la condición de sus países los totalitarismos comunistas lograron hundirlos en el más absoluto abismo.

Con su desmesurado afán de re-escribir la historia la izquierda occidental no solamente nunca han condenado suficientemente las dictaduras de izquierda sino tampoco han admitido nunca su parte de culpa en el surgir de muchas de las dictaduras militares.

Nunca se ha visto surgir una dictadura en un estado con un sistema democrático razonablemente asentado y con una sociedad aceptablemente sana; al contrario un golpe de estado militar o revolucionario es, casi siempre, un tiro de gracia a un enfermo en estado terminal. Por lo tanto, tan culpables del surgir de las dictaduras fueron los políticos ineptos, manipuladores y revolucionarios - que llevaron a sus países al caos- que los dictadores que les reemplazaron.

Algo parecido ocurrió en España en 1936. El 14 de abril de 1931 todas las grandes ciudades y capitales de provincia (menos Cádiz) en donde los candidatos antimonárquicos habían ganado las elecciones municipales (sic), proclamaron, como si estas elecciones de índole mas bien administrativo hubieran sido un plebiscito, la República.

Esta proclamación a todas luces ilegal, o por lo menos muy precipitada, resultó en la abdicación, igualmente precipitada, de Alfonso XIII y su exilio.

La llamada "victoria republicana" distaba mucho de serlo. Los concejales monárquicos elegidos fueron: 41.244; los antimonárquicos: 39.248 (republicanos, socialistas y comunistas). Un auténtico empate técnico.

Esto no fue lo peor sino el hecho de que el bando republicano, y hasta el voto obrero, estaba dividido en multitud de facciones hostiles entre ellas.

Por ejemplo, los anarco-sindicalistas no votaron a los socialistas sino a los republicanos liberales "con cuyas opiniones se sentían, como libertarios (sic), en más armonía que con las ideas dogmáticas y autoritarias del marxismo (de Madariaga dixit).

Los socialistas por su parte estaban hondamente divididos. Prieto y Besteiro lideraban la facción evolutiva, mientras que Largo Caballero orientaba las juventudes socialistas hacía la revolución proletaria.

La fase izquierdista de la República duró del 9 de diciembre de 1931 (día de la ratificación de la constitución republicana) hasta el 3 de diciembre del 33. Este periodo se caracterizó por una actitud legislativa altamente destructiva; más que pensar en el futuro y reformar el estado heredado, el Gobierno y las Cortes se dedicaron a la demolición de todo lo que había; en vez de aprovecharse del Concordato vigente que daba enormes privilegios al estado español, aplicaron un punzante, estrecho y vengativo anticlericalismo que terminó por alienar a la mayoría de la población. Hasta tal punto que en las elecciones del 10 de noviembre y 3 de diciembre de 1933 el panorama político cambio 180º con una derrota total de la izquierda.

La coalición que había gobernado desde el 31 cayó de 282 escaños a 96 y el centro/derecha subió de 150 escaños a 321. La derecha lo hizo igualmente mal que la izquierda pero, lógicamente, al revés.

La izquierda como responsable de la proclamación de la República se consideraba como propietario del "copyright" y había digerido muy mal la derrota; hasta tal punto que Largo Caballero- que había llevado, en la década anterior, al PSOE a una activa colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera - declaraba abiertamente su propósito de dirigir al pueblo a un ataque contra la República que, siempre según él, le había traicionado.

Al mismo tiempo el país se estaba polarizando cada vez más, como demostraban el uso cada vez más extendido de los símbolos: camisas rojas y azules, puño cerrado y mano en alto. Durante todo el año 1934 la izquierda estuvo conspirando y preparando su asalto revolucionario al poder.

En el principio de octubre la izquierda se lanzó a la calle con una huelga general, antesala del alzamiento largamente preparado. La rebelión izquierdista solamente tuvo éxito en Asturias (hubo una rebelión catalanista simultáneamente en Barcelona liderado por Companys quien proclamó "l'Estat Català de la Repùblica Federal Espanyola') donde los mineros luchaban con ametralladoras y carros de asalto (demostrando que el alzamiento no fue exactamente improvisado); una auténtica mini-guerra civil.

"Con la rebelión de 1934, la izquierda perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936" (de Madariaga).

Las elecciones del 15 de febrero de 1936 fueron ganadas por el Frente Popular una alianza electoral bastante sui generis ya que lo único en que sus componentes estuvieron de acuerdo era su afán de quitar el poder a la derecha. El resultado era de 258 escaños para el Frente Popular contra 214 para el centro/derecha.

Un resultado muy engañoso ya que por culpa del sistema electoral los escaños de la derecha fueron un 50% más caros (en votos populares) que los de la izquierda; el centro/derecha obtuvo en realidad 150.000 votos más que la izquierda (grosso modo 4.464.000 contra 4.305.000).

Más engañoso todavía fue que el Frente Popular ni siquiera era "popular" en el sentido marxista de la palabra; el 60% de sus escaños y de sus votos correspondían a partidos burgueses liberales republicanos pero no marxistas. Hubo, además, una abstención de 2 millones de votos que no se podía explicar como una abstención "técnica", considerando lo que el país se estaba jugando, sino la prueba de que una parte importante de la población (casi un 20%) no se sentía identificada con ninguno de los partidos. Parafraseando a de Madariaga podemos decir que España era en aquel momento simultáneamente antirracista, anticlerical, antimilitar, y antirrevolucionario.

La historia de España ha sido siempre la lucha de supervivencia del "centro" (desde la derecha democrática hasta la izquierda no marxista y/o no revolucionaria) moderado, muy mayoritario, y pacífica, contra los grupos extremistas y violentos. Siempre, o casi siempre, ha perdido el envite.

El principio del año 36 no fue ninguna excepción. Desde las elecciones de febrero hasta el alzamiento militar del 18 de julio se aumentaron en proporción geométrica los desórdenes y violencias, la quema de iglesias y conventos, las invasiones del campo, la destrucción del ganado, los incendios de cosechas, las huelgas, asesinatos de políticos locales (de la izquierda y de la derecha), la inseguridad total para la vida y los bienes etc. etc.

Si todo esta violencia hubiera sido perpetrada solamente, o principalmente, por los falangistas (un grupo por cierto muy minoritario) el Gobierno no hubiera tenido el más mínimo problema para controlarlo. Pero la violencia provenía principalmente de la extrema izquierda (las juventudes comunistas y socialistas ya unificadas, anarquistas y otras) y contra esto el gobierno fue incapaz de reaccionar.

Lo que más que ninguna otra circunstancia hizo inevitable la posterior guerra civil fue la feroz lucha interna en el PSOE. Largo Caballero llevó una parte minoritario del partido a una posición cada vez más revolucionario, tratando de adelantarse al peligro comunista, llevando sus seguidores hacia una forma de comunismo nacional (dictadura del proletariado incluido); la ambición intima del hombre fue convertirse en el "Lenin" español (tuvo una trayectoria personal de lo más curioso; siendo moderado en su juventud se hizo en su madurez cada vez más radical, todo lo contrario de lo que le pasó por ejemplo a Santiago Carrillo que, por mor de la moderación, se ha convertido con los años, y ya en su vejez, en una especie de abuelo favorito para las señoras bien).

Las diferencias entre los seguidores de Largo Caballero y los (mayoritarios) de Prieto, enemigo declarado de aventuras revolucionarias y partidario de un proceso evolutivo, fueron resueltas en general por los primeros a punta de pistola.

En términos generales la derecha parlamentaria se portó durante este periodo mejor que la izquierda. Su partido principal, y mayoritario, la CEDA. liderado por Gil Robles, se comportó en la mejor tradición parlamentario occidental y, siendo ideológicamente antirrepublicano, fue leal a la constitución y su puso incondicionalmente a disposición del gobierno para el mantenimiento del orden público.

El problema no fueron los partidos de derecha, ni de la llamada "ultraderecha" o sea, la Falange (un partido con tantas coincidencias con sus primos hermanos, las juventudes socialistas/comunistas, que en esencia fue un partido de extrema izquierda que solamente fue considerado de derechas por su enemistad mortal con aquellos) sino el Ejercito.
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