Vaya por delante, y así lo deben entender ustedes, que no habiendo mantenido siquiera conferencia telefónica con Hermes, ni elocuencia ni hermenéutica me han sido desveladas, por mucho que el generoso Tella me anime.
Por ese motivo, no he de pretender transmitir mensaje divino alguno, ni en nombre de Zeus ni en el propio. Para esos menesteres han designado a un químico, bautizado Alfredo.
Me permitirán la licencia de apostillar (aprovechando que el Bidasoa pasa por Irún) que el tal Alfredo debe estar recibiendo las comunicaciones de Zeus cifradas con un algoritmo fuerte y que, careciendo del descodificador adecuado, se ve incapaz de comunicarnos los divinos designios de forma comprensible.
A lo que casi vamos. Hace ya un tiempo, acomodaba mi incompetencia profesional en unos bloques de hormigón esperpénticos, generados espontáneamente en los confines de Somosaguas, donde por entonces se alojaba la más grande televisión nacional (porque sólo había una). En tal jaula de grillos hice facción con otros tipos tan chalados como yo mismo, fiel representación de lo más florido de la cornisa cantábrica.
Aún cuando la fotografía superior es de mala calidad, puede apreciarse nuestra asquerosa juventud y la exultante estupidez del ciudadano que se coloca frente al objetivo sin haber aprendido previamente a decir ¡PA-TA-TA!
Vean ustedes, a la derecha, a dos felices suevos, que aún hoy deben considerar que los enlaces de microondas son cosa de las meigas. En el centro pueden admirar al vikingo asturiano, especialista en mejorar el factor de propagación de la líneas de transmisión por el revolucionario método de impregnarlas con sidra. Finalmente, a la izquierda, está el vasco tontorrón y palizas, al que el vikingo sujeta para que no se escape de la fotografía.
¡Menudo tostón nos estás clavando! ¿no tienes mejores cosas en las que emplear el tiempo?
Cierto. Ya saben ustedes, Ibaia aburre hasta a las ovejas. Y mejores cosas que hacer, seguro; dentro de un rato me tocará fregotear la vajilla.
Bueno, todo esto viene a cuento del inevitable sofrito lingüístico en los diálogos de pitecántropo entre los del afoto. Es una desgracia para los habituales y visitantes del foro que el Señor Bauprest haya resucitado recuerdos lejanos, trayendo a colación la peneira.
Nunca he podido desprenderme de uno. De tanto en tanto el astur, viéndose incapaz de mejorar la línea de transmisión anegándola en sidra, en vez de jurar por Doopler o de imaginarse realizando sus perentorias necesidades sobre los diodos gunn (en lenguaje técnico finolis: TED), sus escatológicas deposiciones se efectuaban siempre en un trasto que él llamaba “macona”.
Podría ahora irme por las Peñas de Aya soliloquiando sobre el hecho de que cualquier procacidad que se precie ha de estar asociada a la consumación necesidades fisiológicas o lúbricas, sobre, dentro o entorno a objetos de lo más inverosímil. No pierdan cuidado, no me apartaré del asunto.
El caso es que me tenía muy intrigado a mí el artilugio ese de la macona. Venciendo los temores al fino humor astur, un día me decidí a interrogar al vikingo grandón: oye tú ¿qué rayos es una macona? ¿tiene la ROE muy elevada? La respuesta, tal cual temía, no pudo ser más descorazonadora:
Mira guaje, la macona ye un cestu grande, y no entames gresca, que doite un fesoriazu y esgonciote.
Yo ya dominaba algunos rudimentos del vikingo y había aprendido a interpretar que “perres” eran pesetas, “guaje” un chaval, pero el aluvión
cestu,
fesoriazu,
esgonciote ya eran demasiado. No me atreví a inquirir sobre el significado de tales vocablos, pues el tono amenazante en el que se pronunciaron nada bueno presagiaba.
Ibaia escaldado del agua fría se escapa. Desde entonces nunca más tuve la ocurrencia de realizar preguntas tontas a vikingos ni a suevos.
Y como aún lo recuerdo muy bien, me guardaré mucho de solicitar ilustraciones complementarias sobre la
peneira, no sea que alguien desenfunde el AK-47.
Camaradas, humor y salud.