La política internacional
El triunfo electoral del PSOE cambió la política exterior pactada en la Transición. En apenas dos años, España ha dejado de postular una defensa atlántica fuerte, una mundialización orgullosa de la libertad y la democracia, su propia integración en el G-8, un europeísmo ágil y resolutivo, y su liderazgo en Hispanoamérica, para convertirse en referencia moral y política del tercermundismo, las revoluciones pendientes, el apaciguamiento y el multilateralismo inútil. Antes de llegar al 14-M, Zapatero prometió que sacaría a España de la "foto de las Azores". Lo que no anunció a los electores es que su imagen alternativa de la Política Exterior sería el baile de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de La Vega, en África. Ambas postales expresan con bastante exactitud el trayecto de España en el Mundo, desde la jornada electoral del 14 de marzo de 2004. Un país que, en menos de dos años, se ha distanciado de Estados Unidos para abrazar toda forma de populismo o tiranía que predique su antiamericanismo.
Un pacifismo naif, en el que se conservan prejuicios ideológicos de la izquierda más inmovilista, fundamenta toda la política exterior española posterior al 14 de marzo de 2004. Zapatero formuló esta ideología como la de un "ansia infinita de paz". Un sentimentalismo poco auténtico, como otros muchos rasgos de la personalidad aparente de Zapatero, ya que su Gobierno pacifista ha armado al régimen de Hugo Chávez y ha declarado comprender las razones de los fanáticos que incendiaron consulados y embajadas durante la reciente revuelta de las caricaturas, orquestada por el Gobierno fundamentalista de Teherán. El pacifismo de Zapatero parece vincular sólo a los países democráticos y, muy en particular, es de obligado cumplimiento para Estados Unidos e Israel.
La simpatía que por Zapatero sienten caudillos y terroristas quedó de manifiesto desde que fue oficial el triunfo del PSOE en las Elecciones Generales del 14-M. Hugo Chávez, Fidel Castro, HB y Al Qaeda saludaron con entusiasmo al nuevo presidente de España. Zapatero no tardaría en corresponderles, retirando las tropas de Irak, abriendo el diálogo con ETA, y firmando un contrato de venta de tecnología militar a Hugo Chávez.
El presidente menos viajero de la etapa constitucional alegó sentirse cansado tras su comparecencia en la Comisión del 11-M y anuló la cumbre prevista para el 14 de diciembre de 2004, con el presidente polaco, en Varsovia. La decisión ilustra el signo de las relaciones diplomáticas de España, durante el mandato de Zapatero: la indolencia y la pereza del presidente con la agenda global han marcado la involución de la política exterior española. En algunas cumbres internacionales, se le ha visto desubicado, sin entender de lo que se hablaba. A las puertas del 10 de Downing Street, Zapatero respondió con un escueto "Thank You" a una pregunta sobre el acuerdo de las perspectivas financieras de la UE para el periodo 2007-2013, formulada por una periodista británica. En otra reunión de jefes de Estado y de Gobierno, exhortó a uno de sus asesores a cerrar un acuerdo "como sea", sin percatarse de que el micrófono de su posición en la mesa había quedado abierto. Entre marcados prejuicios ideológicos, desdén por la agenda mundial, falta de instrucción cosmopolita y desconocimiento de elementales normas de protocolo, se han desenvuelto las relaciones de España con el mundo, durante los dos años transcurridos desde el triunfo electoral del PSOE, el 14 de marzo de 2004.
España empezó a ser más débil y menos creíble en el exterior, desde que Zapatero decidió retirar las tropas de Irak y renunció a su compromiso para que la firma del Tratado Constitucional europeo se realizara en Madrid, como un homenaje simbólico a las víctimas del 11-M. Estas dos decisiones indicaron a socios, aliados y rivales que la España de Zapatero sería un país fácilmente manipulable. Y así ha sido. El regreso "al corazón de Europa", anunciado por Rodríguez Zapatero para encubrir su docilidad ante el eje París-Berlín forjado por Chirac y Schröder, se ha saldado, para España, con la pérdida de la mitad de los fondos europeos que se obtuvieron en la Cumbre de Niza de 2000. Siete años después, en la Cumbre de Bruselas de diciembre de 2005, el Gobierno de Zapatero ha aceptado que España pague la ampliación de la UE a veinticinco países y renuncie a la mitad de los fondos estructurales y de cohesión que ha recibido en el ciclo presupuestario 2000-2006.
Lo primero que hizo el actual gobierno español fue levantar todas las cautelas sobre el tratado de Constitución europea, que adoptó sin revisar una coma a pesar de que suponía el final de Niza para España y, por tanto, su salida del grupo de los grandes para colocarse en el pelotón de los pequeños. En la redacción y fórmulas que Rodríguez Zapatero santificó, España perdía peso, influencia y capacidad de decisión incluso sobre asuntos de su directo interés. Pero daba igual. Era un sueño franco-alemán que no convenía disturbar.
El 22 de febrero de 2005, durante una cumbre de la OTAN, celebrada en Bruselas, el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, mantiene un frío encuentro con Condoleeza Rice, secretaria de Estado de los EEUU, mientras que Zapatero obtiene un rápido apretón de manos del presidente George W. Bush y un saludo de compromiso: "Hola, ¿qué tal, amigo?". En dos años, es todo lo que ha conseguido del inquilino de la Casa Blanca. Desde el 14 de marzo de 2004, Zapatero no ha mantenido una entrevista con el principal aliado de España.
Las relaciones bilaterales se dinamitaron por la decisión de retirarse apresuradamente de Irak, sin ninguna intención por parte de la Moncloa de negociar ni el cómo ni el cuándo y en contra de todas las manifestaciones públicas realizadas por el propio Zapatero (que dijo que se saldría de la zona si la ONU no transformaba la ocupación militar en un plazo breve de tiempo, cosa que hizo y que no le importó). Pero para Washington el haberse sentido engañado por las formas podía haber llegado a perdonarse. La gota que colmó el vaso fue la declaración pública, hecha en Túnez, por Rodríguez Zapatero, un auténtico llamamiento a la deserción para los miembros de la coalición internacional que seguían junto a los americanos en Irak, a quien pidió que siguieran el ejemplo español. Puesto este hecho en relación con la anécdota de la bandera en el desfile del 12 de octubre de 2003, cuando el líder socialista permaneció sentado, hizo que la imagen de Rodríguez Zapatero se asimilara en América a la de un radical sesentayochero y antiamericano con el que sería muy complicado llegar a entenderse.
Las relaciones bilaterales se mantienen en una cooperación entre escalones secundarios, esencialmente en el ámbito militar (donde Bono no deja de prometer cosas al Pentágono, en un gesto de reconciliación), pero absolutamente gélidas en los ámbitos de la alta política. En la medida en que este clima de bloqueo de las altas esferas de decisión persista (y para que cambie es necesario que las caras cambien en el gobierno español), acabará teniendo un impacto negativo en la penetración comercial española en Norteamérica, particularmente agudo allí donde se opta a contratos del gobierno federal.
El vecino del sur, Marruecos, se siente mucho más cómodo con el Gobierno de Zapatero. El giro de la política exterior española ha producido una alianza desproporcionada, en la que Marruecos recibe de España mucho más de lo que aporta a la relación. Rabat ha dejado que algunos implicados en la trama terrorista del 11-M vivan en libertad. La presión sobre Ceuta y Melilla ha aumentado, como demuestra el asalto de la valla de seguridad por centenares de inmigrantes ilegales. Las pateras siguen saliendo de Marruecos, rumbo a Canarias o al sur de la Península. Desde el 14 de marzo de 2004, Marruecos se permite casi cualquier licencia con España, como se comprobó con la entrevista concedida por Mohamed VI a El País, en la que no dudó en manifestar su desprecio por el ex presidente del Gobierno, José María Aznar.
Lo que no ha hecho Rodríguez Zapatero es pedir a Rabat que se abra al mundo de los derechos humanos y que mejore las penosas condiciones de control y censura que hacen de su legislación sobre la prensa libre una broma. Tampoco se ha interesado por las condiciones de los presos en las cárceles marroquíes; ni ha intercedido por los prisioneros saharauis. Por no hablar de la ayuda para el esclarecimiento de los atentados del 11-M.
El problema de fondo es que la política de contentar a Marruecos surge del miedo. Moratinos y Rodríguez Zapatero creen que un vecino en el sur, incapaz de desarrollarse, demográficamente explosivo y crecientemente islamizado es una bomba. Y tiene razón. Pero la terapia que acompaña a su diagnóstico no es forzar un cambio político hacia la liberalización, sino apuntalar al régimen actual. En lugar de promover la democracia, la promoción de la actual corrupción.
Dos años después de las Elecciones Generales del 14 de marzo, España es un poco más débil, está más aislada y cuenta menos en el mundo. Los grandes aliados de Zapatero, o ya no mandan - como Schröder, en Alemania -, o decaen - Chirac - o no recompensan -Mohamed VI - . Madrid se ha convertido en una capital fácil hasta para Evo Morales, que hizo en ella voto de humildad y, nada más regresar a La Paz, ha ordenado la detención de los directivos de Repsol-YPF.
Todo ha cambiado excepto...
Zapatero no es el gobernante tranquilo, transparente, tolerante, sensible y atento a la opinión de las mayorías que él mismo anunció que sería. Dos años, desde su triunfo electoral, han bastado a la sociedad española para desenmascarar una exitosa impostura.
En la España del 14 de marzo de 2006, todo ha cambiado, excepto Zapatero.
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