No sé como explicar lo que eso significa, o por decirlo mejor, lo que significa para mí. Significa que amo la tierra de mi padre, porque en parte es también mi tierra, pero al mismo tiempo siento que otra parte de mi ser no pertenece a esa tierra, y lo mismo con respecto a la tierra de mi madre. Es una sensación curiosa, pero es la que yo siento y la que he sentido siempre.
Al mismo tiempo entiendo a los que son y se sienten vascos, puros vascos, o catalanes, puros catalanes, o aragoneses, puros aragoneses, o valencianos, puros valencianos, o murcianos, puros murcianos, o andaluces, puros y duros andaluces, o castellanos, puros, adustos y sobrios castellanos.
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Lo digo como preámbulo a un artículo que ha publicado en El País don Javier Tussell y que voy a comentar. Antes diré lo que ya he dicho otras veces, mi preferencia se inclina por una España plurinacional, pero no por una España imperial. Por eso me parece esencial reconocer y proteger el derecho a la autodeterminación de cada una de sus nacionalidades históricas o de cada uno de sus diferentes pueblos.
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Unidos, como defendía Kant, los que voluntariamente quieran estar unidos en la defensa de sus derechos y de sus intereses legítimos, porque la unidad por fuerza no es verdadera unidad y conduce a la opresión, de los unos por los otros, que es servidumbre de todos.
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Aznar y la vertebración de España
Javier Tusell
Este artículo no pretende en absoluto ser regocijado ni tampoco denigratorio. Sería lo último si quisiera centrarse en el uso que se ha hecho de los medios públicos en una campaña electoral. No puede ser lo primero porque, por más que la polémica acerca de las elecciones vascas haya dominado la escena política española durante meses enconando posiciones contrapuestas, a fin de cuentas son los vascos quienes han decidido y no el resto de los españoles. Además, ni las elecciones se van a repetir, ni tiene sentido abundar en argumentos que en su momento se utilizaron hasta la saciedad, ni menos aún hacerlo al ritmo de las acciones de ETA. Tendríamos, por el contrario, que hacer un serio esfuerzo por respetar los resultados, tratar de aprender de ellos y situar la polémica en terreno distinto de aquel en que la hemos tenido durante muchos meses. Así llegaría a ser constructiva y no exasperante, como ha acabado por resultarnos a todos. Así, además, cabría referirse a algunas cuestiones de principio con cierta distancia y ánimo de entendimiento.
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Curioso, pero comparto la idea, es la misma que yo tengo desde hace ya algunos días cuando leo las intervenciones de Kaos. Pienso que hay que cambiar el chip y pasar a una fase nueva, desde el respeto a la voluntad general expresada por los vascos en las últimas elecciones, con espíritu constructivo y ánimo de entendimiento.
No obstante también me pregunto si por espíritu constructivo y ánimo de entendimiento entendemos todos los mismo. Y me respondo a mí mismo que dudo de que sea así.
Hasta ahora, por lo menos, cada uno de los que perdieron entiende por entendimiento que el ganador abdique de sus propias posiciones para avenirse a las suyas.
¿O es sólo una impresión mía?
Veremos
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Uno de los aspectos de la lucha electoral pasada está relacionado con el propósito, genérico pero persistente, del presidente del Gobierno por vertebrar España. Con eso no quiero decir ni que todos los que se alineaban con la llamada opción 'constitucionalista', calificativo que habría que comenzar por desterrar, pensaran ni remotamente lo mismo ni tampoco que el propósito de Aznar carezca de sentido. Sin duda ésa ha sido una preocupación primordial del presidente del Gobierno que nace de convicciones profundas. Nada de lo sucedido en cuestiones como la reforma de las Humanidades puede entenderse sin partir de ellas. Pero, con mayoría absoluta o antes sin ella, lo que ha cosechado por el momento a la hora de tratar de llevar a la práctica ese propósito han sido espejismos, actos fallidos, alguna derrota y sobre todo mucha gresca. Cuando, a comienzos de siglo, Unamuno y Maragall debatieron sobre la España plural, el primero recordaba que en tal tipo de controversias muy a menudo se acudía a rebatir no lo que se decía, sino lo que cada uno imaginaba que se había dicho. El desencuentro de esta manera suele convertirse en agónico e interminable.
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Creo que hay veces en que conviene ser claro y don Javier no lo es. Aznar nunca buscó vertebrar, buscó tan sólo imponer su particular concepto y su particular visión falangista de España. Todavía no ha entendido que España, como realidad histórica, no es más que un conjunto heterogéneo de pueblos sometidos a un mismo poder, el de la Monarquía Hispánica, heredera de los Reyes Católicos, nunca ha sido una Nación, salvo en la voluntad de imponérsela a todos los disidentes, empezando por los propios castellanos cuyos fueros se abolieron ya en tiempos de Carlos V.
Tampoco lo es cuando afirma que debemos desterrar el término "constitucionalista". ¿Por qué? ¿No hay "constitucionalistas"? ¿No hay quienes han erigido nuestra actual Constitución, o una parte de la misma, en bandera y, enarbolando la misma, han arremetido con fuerza contra quienes entendemos que como constitución es falsa, porque no cumple ni contribuye a cumplir ninguno de los propósitos que enuncia en su breve preámbulo?
Una verdadera constitución es una norma, y una norma garantista de los ciudadanos frente a quienes en su nombre ejercen el poder que les delegan. La nuesta más se parece, como tantas veces dije, a la Ley de Principios del Movimiento Nacional, al servicio del Poder, no al servicio de sus súbditos.
Tampoco lo es cuando afirma que no dice que el propósito de Aznar carezca de sentido. ¿Si el propósito de Aznar tuviera en verdad sentido, y don Javier así lo viera, a qué viene que cuestione casi todos sus principios? ¿O es que pretende decirnos que "el espíritu constructivo" y el "ánimo de entendimiento" de los que hablaba en principio guardan cierta relación, o alguna similitud, con el propósito imperialista que inspira la posición "constitucionalista" impulsada por Aznar?
No es claro, tampoco, cuando habla de preocupación por las Humanidades. Por las Humanidades se preocupaban el valenciano Luis Vives o el castellano Fray Luis de León, pongamos por un ejemplo, pero ya me contaréis vosotros que semejanza encontráis entre ambos dos pensadores y el propósito de Aznar. Su afán no es recuperar el gusto por el pensamiento, ni clásico ni actual, sino indoctrinar de nuevo en los "irrenunciables" y "sempiternos" principios del Movimiento Nacional, en la unidad imperial y en la obediencia al caudillo providencial designado por Dios mismo ("caudillo de España por la Gracia de Dios").
No lo es cuando afirma que "lo que ha cosechado por el momento a la hora de tratar de llevar a la práctica ese propósito han sido espejismos, actos fallidos, alguna derrota y sobre todo mucha gresca.", porque además se ha llevado por delante bastantes principios éticos y algunos derechos humanos (a la libertad, a la igualdad ante las leyes, a la información, etc,, etc, etc.) "Nosotros los demócratas" somos tan "demócratas" que se nos nota muy poco y tan "constitucionalistas" que nunca nos acordamos de los derechos humanos ni del art. 10.1 de nuestra propia Constitución.
Es cierto, sin embargo, lo que afirma de Unamuno y Maragall. Y es que nada hay nuevo bajo el sol, al principio de mi venida a este foro, y durante bastante tiempo después, me he quejado inutilmente de lo mismo, de que mientras que yo digo una cosa Ehécatl lee las que quiere, y como Ehécatl bastantes.
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El propósito, por otro lado, puede ser considerado deleznable por algunos, pero no tiene por qué serlo en una sociedad muy fragmentada y necesitada de coincidencias. A mí me parece correcto; lo que me resulta profundamente errado es el método para llegar a él. No se trata, por tanto, de que la sociedad o la situación vasca no estén maduras para un Gobierno no nacionalista como de que el procedimiento para lograrlo es tan desacertado como para resultar contraproducente por completo.
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Seguro que Nicolás Maquiavelo cuando justificó los medios en atención a los fines no pensó que algunos españoles imbéciles lo iban a interpretar tan mal. Los medios son lícitos si se adecuan a los fines y los fines también lo son. No es que el propósito de Aznar sea lícito y el medio desacertado, como sin decir por qué afirma el Sr. Tusell, es que por los medios de Aznar, como por los medios de ETA, es absolutamente imposible alcanzar ningún fin lícito.
Si se persigue la paz, lo primero que hay que hacer es procurar fundamentos, y el fundamento de la paz es el respeto a la dignidad y a los inalienables derechos de los demás. Si se pretende violarlos, reducirlos, someterlos, no se pretende la paz, sino el imperio, y el imperio no es la paz, como entiendo que se muestra en el extenso poema de don Alonso de Ercilla y Zúñiga que estoy reproduciendo a trozos.
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No se vertebra mediante la confrontación. No ya el caso de Cataluña durante los años ochenta, sino también el de Andalucía en los setenta, como el País Vasco luego, testimonian que en el momento en que existen unos temores -reales o imaginados- sobre el respeto a la propia identidad la confrontación concluye en un resultado reactivo. A algunos comentaristas les hemos leído que, tras la supuesta victoria 'constitucionalista', vendría la inyección de sentimiento nacional (español, por supuesto); otros han recordado que bastante habían hecho ellos con admitir el Estatuto. Debían saber que la confrontación en materias de identidad colectiva tiene efectos lamentables, incluso para quien la provoca. Los ultraespañolistas del pasado no nacieron en Valladolid; fueron, como Maeztu o Sánchez Mazas, vascos o, como D'Ors, catalanes. Igual sucede en el momento actual: Jiménez Losantos fue aragonesista radical en Barcelona y Jon Juaristi nacionalista vasco. Lo pésimo, en fin, del propósito de crear conciencia de identidad nacional española desde fuera es que, como mínimo, se pretende un resultado ucrónico. Bien se puede decir de él, en efecto, que no sólo no ha sido viable en ningún lugar, sino que es impropio del tiempo en que vivimos. Si éste impulsa a la globalización también incita, en cierta manera y como actitud inevitable, al cuidado de la propia identidad.
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Sólo hay un modo de vertebrar, y lo expuso John Locke hace ya algunos siglos, en uno de sus tratados sobre el gobierno civil, publicados en 1690. Los pueblos de España nunca se vertebraran a la manera en que ha querido vertebrarlos la Monar