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El PaÑuelo De Companys
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Viejo 16/oct/05, 13:01
bauprest
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Predeterminado El PaÑuelo De Companys

La asociación de terroristas de que se compone ERC, reclama, a 64 años de su muerte, el pañuelo que llevaba Luis Companys el día que, juzgado por varios asesinatos, lo fusilaron en Montjuich.
Para que vean ustedes qué clase de tropa nos está gobernando hoy en día lean ustedes el siguiente artículo que no tiene desperdicio:

El lado oscuro de Lluís Companys

Por José García Domínguez

Una semana antes de aquel 18 de julio de 1936 que habría de marcar para siempre la Historia del siglo XX español, la prensa de Barcelona recogía en sus páginas de sucesos las crónicas de un extraño crimen. En la puerta de La Criolla, famoso local de travestis del barrio chino de la Ciudad Condal, un habitual del establecimiento –al punto de ser conocido por el alias Pep de La Criolla– había sido asesinado por un grupo de individuos, al parecer mossos d’esquadra de paisano.

El del tal Pep, un personaje del lumpen barcelonés vinculado a los servicios de espionaje de la Generalitat, no sería ni el primer ni el último cadáver en una de las tramas más sórdidas y menos conocidas de la Cataluña de la República y la Guerra Civil. Se trata de ésa que alimentaría una catarata de odios fratricidas, traiciones, muertes violentas y conspiraciones políticas sobre la que todavía hoy pesa un pacto de silencio sepulcral entre los testigos que aún permanecen vivos, además de un compromiso tácito de discreción por parte de los historiadores oficiosos del mundo catalanista. Silencio que acaba de romper un prestigioso catedrático de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enric Ucelay da Cal. Así, el grueso de los datos recogidos en este artículo procede de un trabajo de investigación historiográfica que ese estudioso acaba de publicar bajo el título El “complot nacionalista” contra Companys, ensayo que, a su vez, ocupa un capítulo del tercer volumen de La Guerra Civil a Catalunya, obra colectiva promovida por Edicions 62.

Según compendia Ucelay en ese escrito, todo comenzó tres años antes de que sonara aquella ráfaga de disparos secos en la puerta de La Criolla. Fue en el transcurso de 1933, cuando un simple accidente de coche sin consecuencias graves devendría en el catalizador del oscuro drama. Quienes viajaban en aquel automóvil siniestrado camino de Manresa eran dos dirigentes de las JERC (Juventudes de Esquerra Republicana de Cataluña): Miquel Badía, más conocido entre sus seguidores como Capità Collons (Capitán Cojones), y Carles Duran. Este último, un protagonista secundario, únicamente significado por ser el marido de una joven y bella rubia, también militante del partido, Carme Ballester i Llasart.

La rotura de un neumático en la carretera que une Barcelona con Manresa abrirá, pues, la primera escena de una obra que habrá de concluir con la muerte a tiros del Capità Collons a manos de un pistolero a sueldo y una conjura posterior de sus seguidores para asesinar al mismísimo presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

De los testimonios que ha reunido el historiador se extrae que, tras aquel accidente, Badía fue trasladado al hospital de Manresa. Allí se encontraría con Carme Ballester, que, alarmada, habría acudido al centro en busca de su marido. Sin embargo, Carme no coincidiría con su esposo, ya que éste no habría considerado necesario recibir asistencia médica y optaría por retornar de inmediato a Barcelona.

Inesperadamente solos en la habitación hospitalaria, por lo visto, en determinado momento el encuentro casual entre Badía y la hermosa Carme “se calentó”, al tenor literal de lo recogido en la narración histórica. Fruto de aquellos instantes de ardor, al parecer, Badía se consideró depositario en lo sucesivo de ciertos derechos sobre la joven, y legitimado para ejercerlos cuando lo considerase oportuno. Hasta ahí, la peripecia parecía llamada a terminar en anécdota privada. Y así hubiese sido de no irrumpir en el argumento principal un tercero, el recién nombrado presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Y es que poco después de aquello Companys, ya cincuentón y separado de Mercè Picó, su mujer en el momento de acceder al cargo, se sentiría fuertemente atraído por esa misma compañera de partido que Badía creía suya. Una querencia que resultaría correspondida de inmediato por Carme y que, por razón de su intensidad, daría lugar a más de una situación embarazosa. Por ejemplo, ésta ambientada en la Gran Vía barcelonesa que recoge el estudio de Ucelay: “En cierta ocasión, Companys se dejó caer por el centro de la JERC en la Gran Vía de las Cortes Catalanas. Alguien abrió la puerta de un despacho y lo descubrió en plena acción; la historia, no hace falta decirlo, corrió por toda Barcelona”.

Así las cosas, el choque entre los dos hombres sólo podía ser una cuestión de tiempo. De un tiempo que el azar quiso que coincidiera con el golpe contra la República de octubre del 34. Una asonada en la que Companys asumiría el protagonismo desde las instituciones y el otro, Badía, el liderazgo en la calle como jefe de las milicias subversivas. Ése sería el reparto de papeles, a pesar de que un mes antes de revolverse contra la legalidad democrática española, en septiembre del 34, Companys había decidido cesar a su competidor, hasta ese momento comisario general de Orden Público de la consejería de Gobernación.

Fue ésa una maniobra en la que el president no ponderó suficientemente la fuerza real de su enemigo personal y político dentro de ERC. En efecto, la presión de los partidarios de aquél forzaría a Companys a anunciar públicamente que su decisión había sido un error, y la disposición presidencial a reponerlo en su puesto al mando de las fuerzas de seguridad de la Generalitat. Compromiso que el otro se apresuro a exigirle que cumpliera en una acalorada entrevista personal.

En ese encuentro era inevitable que surgiera lo que ninguno de los dos podía tolerar del otro. Y surgió. “Ese cargo no es para un hombre como tú”, grita Companys. “¿Qué quieres decir con eso?”, replica enfurecido Badía. “¡Ella es una santa!”, clama fuera de sí Companys. Y ahí, en el clímax del enfrentamiento, es cuando Badía no resiste contenerse por más tiempo y procede a relatar al president la confraternización manresana con todo lujo de detalles. En ese instante de la discusión, según pregonarían luego los seguidores de Badía, éste pudo haber firmado su propia sentencia de muerte.

Tras los gritos y el portazo final, Companys, consternado por lo que acaba de oír, convocará a algunos presentes en la jornada de Manresa para intentar que le confirmen los hirientes hechos de los que acaba de alardear su rival. Terminará este segundo acto de la tragedia con lo que, asegura el catedrático, el “todo Barcelona” conoció como “la misa negra en la cama de Macià”. En el dormitorio de la Casa dels Canonges, residencia oficial de los presidentes de la Generalitat, y sobre el lecho que perteneciera a su antecesor, Francesc Macià, Companys obligará a Carme a ofrecerle un juramento formal de fidelidad.

Ya con esa situación de odio personal en el punto álgido, se entiende que la coordinación entre los dos líderes de la Esquerra durante las jornadas de Octubre fuera pésima. Y que, tras una breve lucha y la rendición de los separatistas ante la pequeña guarnición que mandaba el general Batet, aquella astracanada concluyese como lo hizo: con Companys detenido y depuesto y con su compañero y rival huyendo por una salida secreta de la consejería de Gobernación que daba acceso a las cloacas de Las Ramblas. Ya a salvo, este último emprendería camino hacia un corto exilio parisino. A partir de ese momento, el entorno de Companys, coordinado por Jaume Miravitlles, pondría en marcha una intensa campaña para desviar toda la responsabilidad de la intentona y de su fracaso exclusivamente hacia la persona de Miquel Badía. Corría el invierno de 1934, y los días del Capità Collons estaban contados.

Companys, hasta entonces preso en Cádiz, retornará a Barcelona en loor de multitud tras la victoria de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936. Justo dos meses después, Badía partirá hacia el otro mundo. En efecto, sesenta días más tarde, el 28 de abril, aparecerá su cadáver (y el de su hermano) en un portal de la calle Muntaner del Ensanche barcelonés. Un tal Justo Bueno, sindicalista de la CNT y pistolero a sueldo de la FAI que no conocía de nada a sus víctimas, había vaciado el cargador de una browning sobre el líder de la Juventud de la Esquerra y su acompañante. Necesariamente, alguien hubo de señalar el objetivo a Bueno.

Llegado a ese punto crítico de la investigación, Ucelay escribe: “Todos los nacionalistas de convicción que simpatizaban con Badía sabían que la información había salido de Companys”. Por su parte, la Policía, en ese momento ya bajo el control directo de un hombre del círculo íntimo del president, Frederic Escofet, atribuirá de forma vaga el rol de instigadores del crimen a “los falangistas”.

continua...
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  #2  
Viejo 16/oct/05, 15:03
tellagorri
Usuario muy activo
 
Fecha de ingreso: 19/sep/05
Localización: Europa
Mensajes: 1.962
Predeterminado Y tras eso que cuentas...............

¿De qué pueden presumir los esquerros hoy? ¿De ser los herederos de cuadrillas de asesinos natos? ¿de ser los herederos de destructores sociales?
Más les valdría callar y desaparecer.
De signo menos violenta pero más cobarde y ruí aún son los herederos de los peneuveros. Aquellos no asesinaban directamente pero dejaban que las hordas aseisinaran a los opuestos (Monzón, Jose ANtonio Aguirre, Ajuriaguerra, etc.).
__________________
Tellagorri
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