![]() |
|
| Ayuda | Nuevo usuario |
|
|
Herramientas | Visualización |
|
#21
|
|||
|
|||
|
> O sea, que los vascos no han existido nunca como población de la raza caucásica, sino que son descendientes de las invasiones celtas acaecidas en épocas prerromanas. Si esto fuera así los marcadores genéticos de vardulos, caristiois, etc. tendrían que coincidir con los celtas pero no es así. Es más, esos marcadores indican que los autrigones, caristios, vardulos y demás, que Tellagorri dice que son celtas, son de la misma población que los vascones (que para Tellagorri son norte-africanos). Esto quiere decir que todas esas tribus que parecían no tener origen común sí lo tienen. Parece que ese origen podría ser bereber. Pero no de los bereberes traídos por los cartagineses, sino por aquellos que se vieron obligados a dejar el Sahara cuando el clima cambió y pasó de ser un vergel a ser el desierto que hoy conocemos.
En cuanto al idioma, no vale establecer semejanzas entre palabras, porque por la misma regla de tres se podría decir que el euskera y el hebreo tienen un tronco común, ya que hay también un montón de palabras que coinciden en estos dos idiomas. Para ver la relación entre dos idiomas no nos tenemos que quedar en el léxico; también hemos de recurrir a la semántica, la sintasis, etc. tellagorri dice que antes de la llegada de los celtas (más o menos 600 años antes de Cristo) no había nadie por estas tierras, pero no explica de dónde proceden todos los monumentos funerarios que hay en toda la geografía vasca, desde el Adur, en Bayona, hasta el Ebro, desde el valle de Isaba, hasta el monte Toloño. Esos monumentos están datados en varios milenios antes de Cristo. Como también olvida todos los yacimientos existentes en cuevas con sus restos, tanto animales como humanos, y las diferentes expresiones del arte prehistórico (tanto arte mueble como pinturas o incluso instrumentos musicales). Y al hilo de esto parece que hay indicios de que el euskera se formó en estas tierras, en la época paleolítica. Para argumentar esto se apoyan en ciertas palabras, todas ellas con la misma raiz: haitz (roca, piedra, peña), como aizkora (hacha), haitzur (azada), zuhaitza (árbol). Los que apoyan esta teoría dicen que las herramientas que hoy conocemos como metálicas se desarrollaron antes del descubrimiento de la metalurgia y en esos primeros tiempos fueron de piedra (haitz). Tellagorri se ha preocupado mucho en subrayar el caracter salvaje y criminal de las gentes de estas tierras, omitiendo que las gentes de aquí vivían del pastoreo, razón por la cual no había muchos asentamientos ni poblados. Por esto la fundación de las primeras ciudades era tan sorprendente para los vascos que las denominaron iruñas (Pamplona-Iruña, Iruña de Oca y alguna que otra más). Es evidente que hubo enfrentamientos armadoas en la tierra de Vasconia, y algunos bastante sangrientos, pero se podría explicar desde el punto de vista de las gentes que ven como su tierra es invadida por distintos pueblos que quieren imponerr sus costumbres y leyes a los indígenas. Estos lo que probablemente hiciero fue responder con los enfrentamientos que se han señalado. Pero es curioso, en el texto sólo se indica que los vascos eran los atacantes y salvajes sin comentar el talante de esos pueblos "civilizadores"> > > |
|
#22
|
|||
|
|||
|
La historia de cómo se preparó el asalto a Constantinopla en 1204
Es difícil establecer un punto de partida para el odio mutuo que se apoderó simultáneamente de bizantinos y latinos. Podríamos decir que sucedió en la época del patriarca Focio, el césar Bardas y el emperador Miguel III, que excomulgaron al Papa Nicolás en un sínodo de 867. O en el Cisma de 1054, reinando en Bizancio Constantino IX Monómaco, cuando el patriarca Miguel Cerulario y la embajada romana a Constantinopla se excomulgaron mutuamente, sin saber que esos actos constituirían la ruptura definitiva de las dos iglesias. O tal vez fuera en 1099, cuando los contingentes adelantados de la primera cruzada, después de atravesar el Bósforo e ingresar en Asia Menor, fueron masacrados por los turcos seljúcidas, y los latinos les echaron la culpa a los bizantinos tildándolos de traidores, incapaces de pensar que pudieran ser derrotados de otra manera, ya que iban con Dios de su lado... Constantinopla, la ciudad de oro, la de las iglesias enormes y riquísimas decoradas con mosaicos extraordinarios y los emperadores dadivosos que repartían oro y plata a sus súbditos y servidores, la ciudad del lujo, la seda y los monasterios de ladrillo con enormes riquezas, la ciudad cismática, la rebelde, el lugar donde el Papa significaba muy poco, fue poco a poco objeto del deseo de los occidentales. Hubo distintas formas de tentar una ocupación del territorio bizantino, según quien fuera el pretendiente. Por un lado, los normandos, que terminaron con la Italia bizantina en 1071 con la toma de Bari, el mismo año en que los turcos seljúcidas derrotaban a Romano IV Diógenes en Matzikert y se produjera una guerra civil desastrosa para Bizancio, saldada con la pérdida de importantísimos territorios de Asia menor. Los normandos cruzaron el Mar Adriático, sedientos de conquistas, con el ánimo de seguir reduciendo al Imperio, pero se encontraron con una dura resistencia dirigida por Alejo I Comneno, que los rechazó luego de años de violentos enfrentamientos. Los venecianos, en cambio, muy astutos y ya considerablemente enriquecidos por su comercio creciente con Oriente, se aprovecharon de la decadencia de la armada bizantina, de la cual imitaron los tipos de barcos y las rutas a seguir; y alimentados por los reinos latinos de Oriente, consiguieron en 1082 gracias a su habilidad diplomática, y a modo de intercambio por el servicio de sus naves en las batallas del emperador (muy poca cosa en realidad), la libertad de comerciar en todo el Imperio sin pagar tributo, lo que significó en pocos años, gran riqueza para Venecia, y pobreza cada vez más evidente para los bizantinos. Los señores venecianos trataban mal a los bizantinos, se movían por el Imperio como si fueran sus dueños y poco a poco se llevaban todos los recursos de Bizancio para su ciudad. Los venecianos tenían sus propios barrios acomodados en cada puerto y en cada isla bizantina importante, vivían en el lujo mientras los mercaderes locales, agobiados por los impuestos, no podían competir y se volvían cada vez más pobres. Hubo intentos de los siguientes emperadores de tratar de sacarse el yugo económico veneciano de encima, como el de Juan II Comneno en 1126, pero la flota veneciana respondía con serios ataques que los obligaban a volver a firmar pactos deshonrosos. Fue Manuel I Comneno quien se atrevió a firmar pactos con Génova (1169) y Pisa (1170) -aunque era una solución de cambiar un dueño por otro-, y a organizar una detención de todos los mercaderes venecianos, con confiscación de bienes y barcos el 12 de marzo de 1171. Venecia contestó devastando las islas de Chíos y Lesbos. Estos hechos, entre otros muchos, provocaron en mayo de 1182 un levantamiento del pueblo de Constantinopla contra los latinos que allí residían, probablemente instigados por Andrónico Comneno, futuro emperador y emblema antilatino. Todos los occidentales fueron masacrados de manera espantosa. Sus bienes fueron saqueados y sus barrios fueron incendiados en un ataque de furia desmedida, producto de un sentimiento de odio alimentado a través de muchos años. A partir de ese momento, la idea de tomar Constantinopla fue creciendo aún más en Occidente. En 1204, la organización de la cuarta cruzada le dio una excelente excusa al dux veneciano, Enrico Dándolo (quien aparentemente habría sido víctima del ataque a los latinos en la capital bizantina en 1182, quedando ciego), para, mediante ciertos ardides, desviar la atención de la cruzada hacia Constantinopla. No son los hechos de la toma de la ciudad cristiana por excelencia el objeto de este trabajo. Solamente queda decir que los soldados francos y venecianos, y todos los demás cruzados, una vez en posesión de la ciudad, se dedicaron a saquearla sistemáticamente, mataron a cuanta persona se les cruzara en el camino, entraron a las iglesias, a las casas, a los palacios, y los despojaron de todo lo que tenía valor, incendiaron edificios, casas, todo lo que no les interesara mantener, transformando la más grande ciudad cristiana del mundo en una ruina, tanto que jamás pudo sobreponerse a este golpe. El Imperio Latino de Oriente duró apenas 57 años, pero ese tiempo fue suficiente para robar o destruir casi todo lo que había logrado el Bizantino en casi 900 años. Pero incluso esto, aunque constituyó una pérdida irreparable, no fue lo más terrible: lo más penoso fue que unos cristianos le habían asestado el golpe mortal a otros cristianos; era la misma fe la que todos llevaban dentro, los bizantinos no eran los infieles que las cruzadas debían combatir, y el crimen que se cometió con el desvío de la cuarta cruzada fue una de las páginas más lamentables y vergonzosas de la Historia. |
|
#23
|
|||
|
|||
|
La relación entre la lengua vasca y las de tipo bereber no se debe a la supuesta presencia de tropas licenciadas por Anibal.
Anibal cruzo los Pirineos por su lado oriental (por la zona catalana) y no por la occidental. Además, las tropas que abandonó eran carpetanas y por tanto, de estirpe indoeuropea céltica. Quien si cruzó los Pirineos fue su hermano Asdrubal, que perecería en Metauro. Antes de la llegada de los indoeuropeos a la península, la mayor parte de las emigraciones que se había producido procedían del norte de Africa, por ello existe esa relación entre la lengua de los pueblos ibéricos, bereberes, guanches (indigenas canarios de origen norteafricano) y paleoeuskéricos. Las citas de Estrabón que menciona no se refieren a los vascones, sino a los "montañeses" que habitaban la costa cantábrica, es decir a los "galaicos, astures, cántabros y hasta los vascones en el Pirineo" (incluyendo de esta manera a vardulos, caristios y autrigones, pero sin incluir a los vascones, puesto que en griego "hasta" no tiene el carácter inclusivo que posee en castellano). Las citas sobre los saqueos vascones en territorio meseteño no se dieron hasta la época visigoda. Y los celtas no se aliaron con Roma para evitar las depredaciones vasconas, sino que precisamente fue a la inversa. Los celtíberos y lusitanos lucharon durante mas de 20 años, produciendo a los romanos casi 200.000 bajas. Los vacceos se enfrentaron durante casi 200 años al dominio púnico y romano (se enfrentaron a Aníbal y fueron definitivamente sometidos en el año 29 a.C.). Cántabros y astures lucharon frente a los romanos, primero como aliados de celtíberos, vacceos, aquitanos, sertorianos... y por último en unas crueles guerras que duraron 10 años y obligaron a Marco Vipssanio Agrippa a recurrir al genocidio. Por contra, Pompeyo fundo Pompaleo (Pamplona) en mitad del territorio vascón sin encontrar ninguna resistencia... y sabemos por Suetonio que la guardia personal de Augusto (que dirigió personalmente la conquista de Cantabria)estaba formada por vascones. Los celtas no fueron los primeros indoeuropeos que llegaron a Europa, sino que existieron muchas invasiones de otros pueblos de este tipo a lo largo de la Edad del bronce. Las deidades celtas mas importantes eran sin duda Lug (dios supremo de las artes), Taramis (dios del rayo), Epona (deidad relacionada con al fertilidad y los caballos), Cernnunos... no esos que usted menciona, que personalmente, como aficionado a la cultura céltica, no he oído mencionar nunca. Respecto a la inexistencia física de cultura vasca... la onomástica y toponimia que aparece en territorio autrigón, várdulo y caristio es céltica, no euskérica. En territorio vascón es celtiberica, ibérica y en menor medida paleuskérica, mientras que la mayor concentración de antropónimos protovascos (o paleuskéricos, es decir, de la lengua que mas tarde evolucionaría al euskera) se da en Aquitania. Es por ello que algunos autores como el linguísta alemán Jurgen Untermann piensen que hubo un desplazamiento en época visigoda desde el sur de Francia al territorio pirinaico occidental. En todo caso, no comparto su negativa imagen de la cultura de la zona, ni del pueblo vascon, ni de ese supuesto salvajismo que cita haciendose eco de Estrabón, pero olvidando que se refería a toda Hispania septentrional. Por lo demas, estoy de acuerdo con usted en destacar la manipulación histórica que realizan sectores del nacionalismo vasco, aunque pienso que la mejor forma luchar contra ella es aportando datos histórico-cientificos objetivos, veraces y desapasionados. Un saludo, Yeyo Balbás |
|
#24
|
|||
|
|||
|
Los Romanos
En el año 196 a.C. llegaron los romanos a tierras del País Vasco, con los que los antiguos vascos vivieron en paz y en cooperación. Tanto los romanos como las tribus vascas poseían los mismos enemigos comunes, lo que daría lugar a un buen entendimiento. Mientras los romanos colaboraron con las tribus vascas en expulsar a los celtas (llegados a tierras pirenaicas a partir del siglo VIII a.C.), las tribus vascas colaboraron con los romanos en sus guerras contra los cántabros y astures de origen celta. Como aliadas imperiales que eran las tribus éuscaras, las zonas que eran conquistadas por los romanos a los celtas, eran posteriormente repobladas por población de estas tribus vascas, lo que conllevó una extensión de las lenguas de la familia éuscara hacia el sur. Fue tal el grado de sintonía debido al respeto de los romanos a las diferentes tribus vascas y sus territorios, que incluso, hubo autrigones, vascones, caristios, várdulos y aquitanos enrolados en las legiones romanas en sus guerras contra los britanos. Unas guerras acaecidas en lo que hoy en día es conocido con el nombre de Gran Bretaña. Habiendo sido encontradas lápidas mortuorias de la época romana, con nombres e inscripciones eusquéricas, cerca de Londres, antigua Londinum romana. A través de esta buena relación, se asentarían colonos romanos al sur de las tierras de estas tribus y en zonas mineras como las de Somorrostro en Autrigonia (Bizkaia) o en las llanadas de Aquitania, lo que daría lugar a la colonias romanas de la Novempopulania (nueve pueblos), Aquitania Prima y Aquitania Secunda, en lo que hoy en día se conoce como Aquitania o Gascuña. Unos asentamientos que darían lugar siglos después al surgimiento de las lenguas y culturas pirenaicas de origen latino fruto del mestizaje de vascos y latinos (castellana, navarra, aragonesa, dialecto occidental del catalán y dialecto gascón del provenzal u occitano). Los Visigodos En la decadencia del Imperio Romano, surge el vacío de poder y las razzias de los pueblos germanos. En el 481 d.C. los visigodos ocupan Pamplona y otras ciudades vasconas y de la provincia Tarraconense. En las ciudades vasconas dominan esencialmente la política los vasco-romanos más o menos romanizados. Las relaciones entre las diferentes tribus vascas y los visigodos no fueron buenas, las guerras se sucedieron ininterrumpidamente. Los visigodos dieron tanta importancia a dominar a las diferentes tribus vascas que sus reyes se daban el título de Vascones Domuit (dominó a los vascones), algo que nunca consiguieron. En esta época encontramos en las zonas montañosas de Navarra y al oeste hasta parte de Catalunya, a vascones de estructura tribal y carácter primitivo, que viven del saqueo, y que en buena parte se están desplazando hacia las zonas más occidentales, ocupadas por los pueblos várdulo, caristio y autrigón, medianamente romanizados. Estos vascones eran paganos en su totalidad y toda la zona que poblaban vivía, además del saqueo, de la pequeña ganadería y de una agricultura de subsistencia. Por otro lado, en la zona central de Navarra, una población de mayoría vascona, medianamente romanizada, donde el carácter y la lengua vascona gana terreno, pero donde persisten instituciones políticas propias del Imperio Romano. El cristianismo apenas ha penetrado. La economía de la zona se basa en las explotaciones ganaderas, algunas de ellas importantes, con una actividad agrícola complementaria. Finalmente, en la zona del valle del Ebro, la población ha ido perdiendo sus características vasconas, tanto en costumbres como en lengua, y donde el cristianismo es mayoritario. Los habitantes de la zona, que hablan el dialecto romance navarro, están casi plenamente romanizados, y sus características étnicas vasconas, aunque persisten (atenuadas por una mayor aportación étnica foránea), no son muy perceptibles. Economicamente la zona se dedica basicamente a la agricultura, a menudo en grandes y medianas explotaciones. Las aldeas, valles y caseríos vascones disponían de un jefe de guerra (en algunos casos debían gobernarse por medio de Consejos de Ancianos). Los visigodos tratarían individualmente con los diversos dirigentes su sumisión. Puesto que los visigodos no pensaban establecerse en las tierras del norte, esta sumisión debía implicar solamente una alianza militar y una vinculación jurídica al dominio real visigodo, y evidentemente, un convenio de no agresión. Naturalmente, los jefes de aldeas y valles olvidarían pronto sus convenios cuando el ejercito visigodo abandonara el lugar, salvo que les reportaran algún beneficio. En cambio las ciudades respetaron sus compromisos, éstas (Pamplona y algunas ciudades del valle del Ebro) disponían de una administración que en sus aspectos principales era continuadora de la administración romana y consideraban a los visigodos (en proceso de romanización) como aliados imperiales, tal como habían actuado durante años. Los dirigentes vascones de las ciudades, generalmente propietarios más o menos ricos, no se opondrían a una dominación diferente a la imperial, pero que garantizara su tranquilidad y sus propiedades. Conquista vascona de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa Debió ser en esta época (hacia el 482) que en el valle del Ebro y probablemente también en la zona de Pamplona se establecieron los primeros propietarios visigodos, los cuales irían acompañados de sus familias, de sus esclavos y de sus servidores. Esta afluencia hacía imposible la supervivencia normal en las montañas, y esta presión demográfica forzó el desplazamiento de los nuevos llegados, o de vascones asentados de antiguo en las montañas, hacia Vascongadas (desde el 456 hasta el 481), donde, a causa de los saqueos que ya duraban varios años, se había producido un despoblamiento acusado de sus poblaciones autóctonas, y donde ya se habían asentado algunos vascones y vasconizados. Este desplazamiento supuso una catástrofe para Vardulia (Gipuzkoa y parte de Alava) y Caristia (Bizkaia y parte de Alava), cuya reducida población no pudo hacer frente a los nuevos llegados, quienes ahora no solo saqueaban y se retiraban, sino que ocupaban las posesiones de los que morían en la lucha o de los que escapaban hacia zonas más seguras. Várdulos y caristios huyeron hacia los territorios de los autrigones, cántabros, berones y turmogos. Los que no huyeron fueron asesinados, esclavizados o acabaron fundiéndose entre los invasores. Hacia el oeste los vascones de las montañas habían practicamente concluido en el año 507 la conquista de Vardulia y Caristia. Miles de vascones montañeses se habían asentado en las nuevas zonas conquistadas. La población local que había sobrevivido a los ataques y saqueos, se había mezclado con los grupos de recién llegados, y se iniciaba un proceso rápido de vasconización, seguramente favorecido por la tendencia a nuevas llegadas de vascones, a la emigración de los indígenas, y a que la población que permaneció en la zona estaba formada en mayoría por mujeres, mientras que buena parte de los hombres que siguieron sobre el terreno no eran etnicamente várdulos o caristios: parte de ellos eran esclavos o colonos de diversos orígenes (incluso algunos vascones). |
|
#25
|
|||
|
|||
|
Durante el primer tercio del siglo X, el omeya español Adderramán III restauró y amplió el emirato de Al-Andalus y se convirtió en el primer califa español.
La proclamación del califato tenía un doble propósito: en el interior, los omeyas querían reforzar el reino peninsular. Fuera del país, querían consolidar las rutas comerciales del Mediterráneo, garantizar una relación económica con el Bizancio oriental y asegurar el suministro de oro. Melilla fue ocupada en el año 927 y, a mediados de ese siglo, los omeyas controlaban el triángulo formado por Argelia, Siyimasa y el Atlántico. El poder del Califato andaluz también es extendió a Europa occidental, y hacia el año 950 el Imperio Romano-Germánico intercambiaba embajadores con el Califato cordobés. Unos años antes, Hugo de Arles pidió salvoconductos al potente Califato español para el tráfico de sus barcos mercantes por el Mediterráneo. Las pequeñas plazas fuertes cristianas del norte de la península se convirtieron en modestas posesiones feudales del Califato, al que reconocían su superioridad y arbitraje. Los cimientos en los que se basó la hegemonía andaluza fueron: una considerable capacidad económica, fundamentada en un importante comercio; una industria artesana desarrollada, y una técnica agrícola, que era mucho más eficiente que cualquier otra del resto de Europa. El Califato cordobés tenía una economía basada en la moneda, y la introducción de la acuñación representó un papel fundamental en su esplendor financiero. La moneda cordobesa de oro se convirtió en la más importante de ese periodo y probablemente fue imitada por el Imperio carolingio. Por lo tanto, el Califato de Córdoba fue la primera economía comercial y urbana que floreció en Europa desde la desaparición del Imperio Romano. La capital y ciudad más importante del Califato, Córdoba, tenía alrededor de 100.000 habitantes, constituyéndose en la principal concentración urbana de esa época. La España musulmana produjo una cultura floreciente, sobre todo tras la llegada al poder del califa Al-Hakam II (961-976). Se le atribuye la fundación de una biblioteca de cientos de miles de volúmenes, que era inconcebible en la Europa de ese tiempo. El rasgo más distintivo de esta cultura fue la temprana asunción de la filosofía clásica por parte de Ibn Masarra, Abentofain, Averroes y el judío Maimónides. Pero los pensadores hispano-musulmanes destacaron, sobre todo, en Medicina, Matemáticas y Astronomía. La fragmentación del Califato de Córdoba tuvo lugar al final de la primera década del siglo XI; esto se produjo como consecuencia del enorme esfuerzo bélico que realizaron los dirigentes cordobeses, y de la agobiante presión fiscal. Los treinta y nueve sucesores del Califato unido fueron considerados como los primeros (1009-1090) Taifas (pequeños reinos), denominación que se ha incorporado a la lengua española como sinónimo de la ruina generada por la fragmentación y desunión de la Península. Esta división se reprodujo posteriormente, y así se crearon más Taifas en otras ocasiones y tuvieron lugar nuevas invasiones desde el Norte de Africa. La primera vez los almorávides (1146) y la tercera, los banu marins (1224). Este progresivo debilitamiento significó que, a mediados del siglo XIII, la España islámica quedó reducida al reino nazarí de Granada. Situado entre el estrecho de Gibraltar y el cabo de Gata, este histórico reducto no capituló hasta el 2 de enero de 1492, al final de la Reconquista. |
|
#26
|
|||
|
|||
|
Teoría
rigenes ibero-célticos http://www.el-espacio.de/vasconia/ - Foro Los nacionalistas vascos no admiten otro origen que el indoeuropeo y paralelo al de los IBEROS, descartando que los habitantes caristios, autrigones y várdulos de Vascongadas fueran CELTAS, como así ha quedado demostrado. He aquí un ejemplo: La historia de los vascos comenzó hace miles de años atrás en lo que hoy conocemos con el nombre de Navarra. La tierra de los navarros fue llamada por los romanos con el nombre de Vasconia. Cuna de la linguæ navarrorum (lengua de los navarros) o euskara, y de la cultura que surge alrededor de ella. Los vascones de Navarra, como tribu vasca más importante dio a las demás tribus, el apelativo de vascas (el término vasco es una contracción medieval de la palabra vascón). Según los últimos hallazgos arqueológicos y las investigaciones antropogenéticas llevadas a cabo en la zona cantábrica oriental y en los Pirineos, tanto la tribu de los vascones como el resto de las tribus éuscaras (aquitanos, autrigones, caristios, iacetanos, oscetanos y várdulos), pertenecían a lo que los antropológos denominan grupo pirenaico-occidental, un subgrupo dentro del caucásico surgido de la evolución en la zona pirenaica del hombre de Cro-Magnon. Un grupo humano que se extendió ya en el magdaleniense, hace más de 13.000 años, a un lado y a otro de los Pirineos y cuya lengua era el protoeuskara. Esta etnia se dividió con el paso del tiempo, en diferentes tribus, cada una de las cuales poseía su propio idioma surgido de la evolución del protoeuskara, siendo la lengua de los vascones, el euskara, la única lengua que ha sobrevivido hasta la actualidad de este grupo lingüístico éuscaro. Hoy en día se pueden encontrar individuos del grupo pirenaico-occidental, aunque viéndose atenuados sus caracteres debido al mestizaje, en Burgos, La Rioja, norte de Aragón, norte de Catalunya y Aquitania. Zonas en las que antiguamente se habló euskara. Siendo en el País Vasco continental y peninsular, así como en Navarra, donde se ha conservado mejor este subgrupo caucásico, fruto de la endogamia y por lo tanto, menor mestizaje, surgidos del aislamiento en el que han vivido los individuos de esta zona, durante milenios, del resto de sus vecinos peninsulares y continentales. Gracias a la antropogenética, nueva disciplina de gran auge dentro de la Arqueología y la Antropología en general, se ha podido dilucidar que la tribu de los berones que habitaba en la época preromana en la parte oeste de La Rioja (el resto estaba habitado por los vascones) y que era considerada por algunos historiadores como una tribu éuscara, geneticamente, no era afín a estas tribus, dado que los estudios antropogenéticos han manifestado, que era una tribu íbera con un aporte genético indoeuropeo de origen celta. Se sabe que antes de la existencia de la tribu vascona, existían los barskunes (posiblemente el término vascones derive de éste) etnia que se encontraba dividida en dos, la de las montañas pirenaicas de Navarra, que eran barskunes culturalmente más puros y sin grandes influencias íberas; y por otro lado los barskunes de la llanada y la ribera del Ebro, que eran barskunes celtiberizados. Los montañeses conquistaron a los barskunes celtiberizados de la llanada y la ribera del Ebro. De su mestizaje surgiría la tribu que conocemos hoy en día con el nombre de vascona, que posteriormente comenzaría a extender su idioma, el euskara, por toda la zona pirenaica y el Cantábrico. Una tribu que adoptó muchas costumbres y usos celtíberos: El culto a la Luna (también de origen ibérico). En los plenilunios probablemente se celebraban danzas rituales para adorar a la Luna, costumbre que en su caso, los vascones adoptaron de los celtíberos. El culto de los bosques, las montañas, los ríos, el fuego, etc... (de origen celtibérico). El gobierno por un Consejo de Ancianos (quizá derivado de los íberos aunque el sistema es propio de muchas culturas). Los magos (seguramente de origen ibérico) y augures (quizá de origen celta). Los augures vascones interpretaban el futuro mediante el examen de víctimas, a menudo humanas (probablemente prisioneros de guerra). La elección de un jefe de guerra de las diversas tribus o grupos, sistema copiado de los celtíberos. Al parecer el jefe de guerra debía ser un notable (en los celtíberos el jefe de guerra surgía de alguna de las castas superiores de cada tribu). Desde hacía siglos una parte de los barskunes (antecesores inmediatos de los vascones) habitaba en las zonas montañosas del país, donde se dedicaban a la ganadería y a una economía de subsistencia basada en la caza y la recolección. Incluso aquellos que vivían en zonas menos agrestes tenían la caza y la ganadería como actividad principal. La agricultura sólo era practicada en las zonas llanas de la región entre Pamplona y el Ebro, por los antiguos barskunes celtizados, después celtiberizados, y posteriormente, barskunizados o rebarskunizados. Los indoeuropeos habían introducido diversos cultivos, pero no se practicaban a gran escala. En las zonas del sur existía una aristocracia local, descendiente de los elementos dominantes celtas llegados con las oleadas indoeuropeas, que hacía que la región se asemejase más, socialmente, a otros puntos de la península Ibérica. Pero no obstante, también en estas regiones la caza y la ganadería son ocupaciones habituales, situación que no se modificará hasta el siglo II d.C. La tribu de los vascones a partir de diferentes expansiones a lo largo de la historia, extendió su lengua desde Navarra: Durante los siglos III a.C. al II a.C. hacia el este, hasta parte de Catalunya, vasconizando las tribus iacetana, oscetana y parte de la ilergete. Lo que acarreará la pérdida de sus idiomas que eran de la misma familia lingüística que el euskara de los vascones (en el caso de los iacetanos y oscetanos), y por otro lado, la desaparición de la lengua íbera hablado por los ilergetes, ya vasconizados después de esta expansión. Entre los siglos V d.C y VI d.C., en dirección noroeste, por el Cantábrico, hasta el río Asón de Cantabria, conquistando las tribus várdula, caristia y finalmente la tribu autrigona. Unas etnias que no hablaban euskara, sino unas lenguas hermanas a ésta, dado que el euskara solamente era la lengua de los vascones y no de los autrigones, caristios y várdulos, que poseían su propia lengua procedente del mismo tronco protoéuscaro que la lengua de los vascones. Por esta razón, a Araba, Bizkaia y Gipuzkoa se les llama provincias vascongadas, ya que se les llamó a las tribus que las habitaron, vasconicatas, que significaba en latín hechas vasconas, dado que se vasquizaron o vasconizaron debido a la conquista de los vascones procedentes de Navarra, Aragón y Catalunya. Todas ellas NO ERAN CELTAS. En el siglo VI d.C., los vascones de la zona de Navarra, Aragón y Catalunya comenzaron las incursiones y posterior invasión de la Novempopulania (nueve pueblos), de la Aquitania Prima y de la Aquitania Secunda, aprovechándose de la debilidad y caos generado por la guerra entre francos y visigodos a través de la cual la zona quedó desguarnecida de tropas militares. Extendiendo el euskara por todo el sudoeste de Francia hasta Burdeos (río Garona) y al sur hasta la actual frontera franco-española en LLeida. La presencia del euskara en estas tierras a lo largo de diferentes épocas (a través de la lengua aquitana del mismo tronco lingüístico que el euskara) nos es revelada gracias a la presencia de topónimos como el de la actual ciudad francesa de Toulouse, que posee el mismo origen etimológico que el guipuzcoano Tolosa. Pero la presencia de topónimos se puede encontrar también, muy al este y al sur, fruto de emigraciones muy antiguas de pequeños grupos humanos de lengua éuscara a estos lugares: Hasta el Mediterráneo catalán (se encuentran topónimos en la costa meditarránea del Rosselló o Catalunya francesa) Al sudoeste por los montes de Oca (Oka mendiak, óka mendí-ak), La Bureba (Bureba, buréba), Valle de Mena (Mena Harana, ména arána) en Burgos, La Rioja (Errioxa, errí-oshá) y Soria (Oria, oría). El límite de topónimos éuscaros lo pone el monte Amaya de 1.362 m en la provincia de Burgos, muy cerca de Palencia (Amaia en euskara significa, el fin, en este caso simbolizaba el final de las poblaciones éuscaras). Todas estas tierras fueron posteriormente revasquizadas en los primeros años de la reconquista, lo que hizo que Castilla en sus comienzos fuese mayoritariamente vascoparlante. Aunque zonas como La Rioja o Burgos fueron hablantes de lengua éuscara ininterrumpidamente, desde tiempos muy remotos hasta los siglos XV - XVI de nuestra era, en los que el castellano (1) sustituyó al euskara en el habla de los lugareños. Castellano o español, lengua vasco-románica surgida en la reconquista. Sus orígenes se encuentran en la lengua astur-leonesa (astur-llïonés o bable) hablada por los cántabros, burgaleses y los habitantes de la comarca vizcaína de las Encartaciones. En el siglo V d.C. muchos várdulos, caristios y autrigones(todos ellos celtas y actualmente ubicados en Vizcaya,Guipúzcoa y Alava) se vieron obligados a escapar de la conquista vascona de sus tierras, una emigración hacia Cantabria y Burgos causada por los saqueos y quemas de sus propiedades por parte de los vascones. Del mestizaje de esta población de lenguas éuscaras y de los hablantes de lengua astur-leonesa en Cantabria y Burgos, surgiría el dialecto cántabro o cantabriegu del astur-leonés, que puede ser escuchado hoy en día en la comarca cántabra de Liébana. Un dialecto con fuerte influencia fonética éuscara, que se caracteriza por la pérdida casi total de las efes iniciales al comienzo de la palabra y conversión de éstas en hache aspirada [ fuerte (astur-leonés) -> juerti (cantabriegu) -> fuerte (castellano), facer (astur-leonés) -> jacir (cantabriegu) -> hacer (castellano) ], dado que en las lenguas caristia, várdula y autrigona al igual que en el euskara de los vascones, no existió hasta la Edad Media el sonido efe, mientras que por el contrario, existía una fuerte aspiración al comienzo de las palabras, lo que causó esa evolución fonética en el cantabriegu. Esta misma evolución se puede encontrar también en el dialecto gascón del provenzal u occitano que surgió del mestizaje de aquitanos latinizados y vascones [ far (provenzal) -> har (gascón) -> hacer (castellano) ]. En la reconquista, este dialecto cántabro del astur-leonés se fundió con el romance hablado por los mozárabes dando forma al actual castellano. El mestizaje con la fonética éuscara (en la que no existen los diptongos ascendentes /je/ y /we/) ocasionó en el castellano la reducción de la fuerte diptongación del astur-leonés en las antiguas es y oes latinas acentuadas [ güey (astur-leonés) -> hoy (castellano), yera (astur-leonés) -> era (castellano) ], así como dotar al castellano de cinco vocales sin distinción de grados ( /a/, /e/, /i/, /o/ y /u/) y de la distinción fonética entre r y r doble. Mientras que el mestizaje del castellano con el mozárabe redujo la pérdida generalizada de la efe inicial del cantabriegu y conversión de éstas en hache aspirada. Todavía en la época medieval, era usual escuchar euskara: En el Pirineo catalán, por ejemplo, en el Valle de Arán [ haran, áran; significa valle en euskara ]. La lengua vasca se habló en pueblos pirenaicos de LLeida hasta los siglos XIII - XIV. Se habló en pueblos de la provincia de Huesca (Oska, óska) y en el occidente de la provincia de Zaragoza hasta el siglo XVIII. En la comarca zaragozana de Las Cinco Villas de Aragón, al sureste de Navarra, se habló euskara ininterrumpidamente desde épocas preromanas hasta el siglo XVIII. En dos pueblos de la zona llamados hoy Sádaba y Sofuentes se han encontrado inscripciones romanas en las que se leen nombres de persona en euskara. Datos del siglo XVI y XVII nos hablan también de la condición euskaldun de Sos del Rey Católico (antiguo Zauze, sáuse). No, podemos olvidar, en este sentido, que gran parte de la zona perteneció al obispado de Pamplona hasta el año 1785 dado su carácter vascófono. Se habló también en la riojana Nájera (Naiara, nai-ára; antigua capital estival del Reino de Navarra) así como en diferentes pueblos de La Rioja hasta el siglo XVI. http://el-espacio.de/tellagorri/ - historia |
|
#27
|
|||
|
|||
|
Gengis Khan
Gengis Kan, nombre por el que es conocido Timuyin (c. 1167-1227), conquistador mongol, sus ejércitos nómadas crearon un vasto Imperio bajo su poder que se extendía desde China hasta Rusia. Nació cerca del lago Baikal (en la actual Rusia), hijo de Yesugei, jefe y dirigente mongol de una extensa región entre el río Amur y la Gran Muralla china. A la edad de trece años, Timuyin sucedió a su padre como jefe tribal. Su temprano reinado se vio marcado por las sucesivas revueltas de sus tribus y por una intensa lucha por mantener su liderazgo, pero el dirigente mongol mostró muy pronto su capacidad militar y no sólo conquistó a sus indisciplinados súbditos sino también a sus hostiles vecinos, asesinando despiadadamente a todos los que se le oponían. En 1206 Timuyin ya era el dueño de casi toda Mongolia. Ese mismo año, la asamblea de las tribus dominadas le proclamaron Gengis Kan (chêng-sze, en chino ‘guerrero valeroso’ en turco khan, ‘señor’), líder de las tribus mongoles y tártaras unidas, y la ciudad de Karakorum (Karakoram) fue designada como su capital. Fue entonces cuando el kan inició la conquista de China, con el pretexto de buscar un lugar de pasto para sus caballos en los fértiles campos chinos. En 1208 ya había establecido un punto de apoyo dentro de la Gran Muralla, y en 1213 dirigió a sus ejércitos hacia el Sur y el Oeste y se adentró en el territorio dominado por la dinastía Jin (1122-1234), sin detenerse hasta alcanzar la península de Shandong. En 1215 sus ejércitos tomaron la ciudad de Yenking o Zhong-du (actual Pekín), la última fortaleza china al norte del país, y en 1218 la península coreana cayó en manos de los mongoles. En 1219, en venganza por el asesinato de algunos comerciantes mongoles, Gengis Kan envió a sus ejércitos hacia el oeste, invadiendo Jwarizm, un extenso Imperio turco formado por los actuales países de Irak, Irán y parte del Turkestán occidental. Los mongoles arrasaron Turkestán y saquearon las ciudades de Bujara y Samarkand, adquiriendo con sus asesinatos fama de espantosa ferocidad. En lo que hoy en día es el norte de la India y Pakistán, los invasores conquistaron las ciudades de Peshawar y de Lahore así como sus territorios próximos. Al parecer, en aquellos años consejeros musulmanes habían enseñado a Gengis a apreciar el valor de las ciudades como fuentes de riqueza. En 1222 los mongoles entraron en lo que es en la actualidad Rusia y saquearon la región que se extendía entre los ríos Volga y Dniéper y desde el golfo Pérsico hasta casi el océano Ártico. La grandeza del kan como líder militar no sólo se debió a sus conquistas sino también a la excelente organización, disciplina y maniobrabilidad de sus ejércitos. Además, el dirigente mongol fue un admirable hombre de Estado; su Imperio estaba tan bien organizado que, según se decía, los viajeros podían ir desde un extremo a otro de sus dominios sin ningún tipo de temor o peligro. Sin embargo, mostró un salvajismo sin límites hacia sus rivales y enemigos, y utilizó el asesinato como arma habitual en sus conquistas. A su muerte, ocurrida el 18 de agosto de 1227, el Imperio mongol quedó dividido entre sus tres hijos. Cuatro de sus nietos (especialmente Batu Kan y Kublai Kan) se convirtieron en grandes líderes mongoles por propio derecho. Las invasiones de Gengis Kan siguieron gozando de una gran importancia histórica mucho después de su muerte. Visita el Foro de Debate http://www.el-espacio.de/vasconia/ - Foro > Invitado ha escrito: > La historia de cómo se preparó el asalto a Constantinopla en 1204 > > > Es difícil establecer un punto de partida para el odio mutuo que se apoderó simultáneamente de bizantinos y latinos. > > Podríamos decir que sucedió en la época del patriarca Focio, el césar Bardas y el emperador Miguel III, que excomulgaron al Papa Nicolás en un sínodo de 867. O en el Cisma de 1054, reinando en Bizancio Constantino IX Monómaco, cuando el patriarca Miguel Cerulario y la embajada romana a Constantinopla se excomulgaron mutuamente, sin saber que esos actos constituirían la ruptura definitiva de las dos iglesias. > O tal vez fuera en 1099, cuando los contingentes adelantados de la primera cruzada, después de atravesar el Bósforo e ingresar en Asia Menor, fueron masacrados por los turcos seljúcidas, y los latinos les echaron la culpa a los bizantinos tildándolos de traidores, incapaces de pensar que pudieran ser derrotados de otra manera, ya que iban con Dios de su lado... > > Constantinopla, la ciudad de oro, la de las iglesias enormes y riquísimas decoradas con mosaicos extraordinarios y los emperadores dadivosos que repartían oro y plata a sus súbditos y servidores, la ciudad del lujo, la seda y los monasterios de ladrillo con enormes riquezas, la ciudad cismática, la rebelde, el lugar donde el Papa significaba muy poco, fue poco a poco objeto del deseo de los occidentales. > > Hubo distintas formas de tentar una ocupación del territorio bizantino, según quien fuera el pretendiente. > > Por un lado, los normandos, que terminaron con la Italia bizantina en 1071 con la toma de Bari, el mismo año en que los turcos seljúcidas derrotaban a Romano IV Diógenes en Matzikert y se produjera una guerra civil desastrosa para Bizancio, saldada con la pérdida de importantísimos territorios de Asia menor. > > Los normandos cruzaron el Mar Adriático, sedientos de conquistas, con el ánimo de seguir reduciendo al Imperio, pero se encontraron con una dura resistencia dirigida por Alejo I Comneno, que los rechazó luego de años de violentos enfrentamientos. > > Los venecianos, en cambio, muy astutos y ya considerablemente enriquecidos por su comercio creciente con Oriente, se aprovecharon de la decadencia de la armada bizantina, de la cual imitaron los tipos de barcos y las rutas a seguir; y alimentados por los reinos latinos de Oriente, consiguieron en 1082 gracias a su habilidad diplomática, y a modo de intercambio por el servicio de sus naves en las batallas del emperador (muy poca cosa en realidad), la libertad de comerciar en todo el Imperio sin pagar tributo, lo que significó en pocos años, gran riqueza para Venecia, y pobreza cada vez más evidente para los bizantinos. > > > > Los señores venecianos trataban mal a los bizantinos, se movían por el Imperio como si fueran sus dueños y poco a poco se llevaban todos los recursos de Bizancio para su ciudad. > > Los venecianos tenían sus propios barrios acomodados en cada puerto y en cada isla bizantina importante, vivían en el lujo mientras los mercaderes locales, agobiados por los impuestos, no podían competir y se volvían cada vez más pobres. > > > > Hubo intentos de los siguientes emperadores de tratar de sacarse el yugo económico veneciano de encima, como el de Juan II Comneno en 1126, pero la flota veneciana respondía con serios ataques que los obligaban a volver a firmar pactos deshonrosos. > > Fue Manuel I Comneno quien se atrevió a firmar pactos con Génova (1169) y Pisa (1170) -aunque era una solución de cambiar un dueño por otro-, y a organizar una detención de todos los mercaderes venecianos, con confiscación de bienes y barcos el 12 de marzo de 1171. Venecia contestó devastando las islas de Chíos y Lesbos. > > Estos hechos, entre otros muchos, provocaron en mayo de 1182 un levantamiento del pueblo de Constantinopla contra los latinos que allí residían, probablemente instigados por Andrónico Comneno, futuro emperador y emblema antilatino. Todos los occidentales fueron masacrados de manera espantosa. Sus bienes fueron saqueados y sus barrios fueron incendiados en un ataque de furia desmedida, producto de un sentimiento de odio alimentado a través de muchos años. > > A partir de ese momento, la idea de tomar Constantinopla fue creciendo aún más en Occidente. > > En 1204, la organización de la cuarta cruzada le dio una excelente excusa al dux veneciano, Enrico Dándolo (quien aparentemente habría sido víctima del ataque a los latinos en la capital bizantina en 1182, quedando ciego), para, mediante ciertos ardides, desviar la atención de la cruzada hacia Constantinopla. > > No son los hechos de la toma de la ciudad cristiana por excelencia el objeto de este trabajo. > > Solamente queda decir que los soldados francos y venecianos, y todos los demás cruzados, una vez en posesión de la ciudad, se dedicaron a saquearla sistemáticamente, mataron a cuanta persona se les cruzara en el camino, entraron a las iglesias, a las casas, a los palacios, y los despojaron de todo lo que tenía valor, incendiaron edificios, casas, todo lo que no les interesara mantener, transformando la más grande ciudad cristiana del mundo en una ruina, tanto que jamás pudo sobreponerse a este golpe. > > El Imperio Latino de Oriente duró apenas 57 años, pero ese tiempo fue suficiente para robar o destruir casi todo lo que había logrado el Bizantino en casi 900 años. > > Pero incluso esto, aunque constituyó una pérdida irreparable, no fue lo más terrible: lo más penoso fue que unos cristianos le habían asestado el golpe mortal a otros cristianos; era la misma fe la que todos llevaban dentro, los bizantinos no eran los infieles que las cruzadas debían combatir, y el crimen que se cometió con el desvío de la cuarta cruzada fue una de las páginas más lamentables y vergonzosas de la Historia. > > |
|
#28
|
|||
|
|||
|
La entrada de los almoravides norteafricanos, sus victorias sobre Alfonso VI (Sagrajas, 1086; Consuegrra, 1097; Uclés, 1108) y su dominio político en al-Andalus, frenaron la expansión y el hegemonismo castellano-leones tanto como la crisis del reino a la muerte de Alfonso VI, al tiempo que los reyes de Aragón y Navarra, Pedro I y Alfonso I (1104-1134) conseguían ampliar su reino en el valle medio del Ebro (conquistas de Huesca, 1096, y Zaragoza, 1118), y Ramón Berenguer III lanzaba una primera expedición contra Mallorca y conquistaba Tarragona entre 1118 y 1126.
La decadencia del poder almoravide permitió un nuevo avance cristiano pero el equilibrio político entre los reinos comenzaba a modificarse: Alfonso VII de Castilla y León (1126-1157) mantuvo el titulo de "emperador" y una hegemonía política sobre otros reyes y poderes cristianos y musulmanes basada en pactos vasalláticos, pero Navarra volvió a tener rey propio desde 1134, aunque perdió definitivamente la frontera con al-Andalus, mientras que Aragón y Cataluña se unieron bajo Ramón Berenguer IV desde 1137 y el condado de Portugal pasó a ser reino independiente desde 1139-1143. A la muerte de Alfonso VII, León y Castilla se separaron, hasta 1230, de modo que aquella época de la reconquista estuvo protagonizada por la colaboración y la competencia entre los cinco reinos. En la gran ofensiva de los años cuarenta, Alfonso VII tomó Coria (1142), completó el dominio de la cuenca del Tajo en su sector castellano, y conquistó por unos años Baeza y Almería (1147), mientras que Alfonso I de Portugal tomaba Lisboa (1147) y Ramón Berenguer IV Tortosa, Lérida y Fraga, y establecía con Alfonso VII el tratado de Tudillén (1151) asegurando su espacio de futuras conquistas en Valencia y Denia. En la segunda mitad del siglo XII, las combinaciones de alianzas y guerras entre los reinos cristianos y la presión creciente de los almohades -que acaban hacia 1172 con todos los poderes independientes andalusíes- frenaron parcialmente el avance conquistador y obligaron a nuevos esfuerzos de organización militar (expansión de las órdenes militares; importancia de las huestes de los concejos). Alfonso II de Aragón conquistó Teruel (1171), ayudó a Alfonso VIII de Castilla en la toma de Cuenca (1177) y en 1179 ambos firmaron el tratado de Cazorla, que delimitaba las fronteras de ambos reinos y sus zonas de expansión futura. En 1186, Alfonso VIII fundó Plasencia frente a los almohades, que mantenían la línea del Tajo, en la actual Extremadura, y lanzaron varias ofensivas que culminan en su victoria de Alarcos (1195), muy dañina para los avances castellanos en La Mancha. La reacción cristiana tardó en llegar: en julio de 1212 Alfonso VIII, con apoyo de otros reyes peninsulares y de cruzados europeos, obtuvo una gran victoria en Las Navas de Tolosa. Poco después se iniciaba el desmoronamiento del Imperio almohade, tanto en el Magreb como en al-Andalus, y las divisiones internas de los musulmanes facilitaban el rápido avance conquistador de los cristianos. Portugal, después del tratado de Sabugal (1231) con Castilla y León sobre zonas de expansión, completó la conquista del Alentejo (Serpa, Moura, 1232) y la del Algarbe al Este del Guadiana (Ayamonte, 1239). Después de 1249 sólo hubo algunos reajustes fronterizos con Castilla y León que, desde 1232, había puesto bajo su protección al reino taifa de Niebla pare evitar la posible conquista por los portugueses. En el ámbito leones, el avance prosiguió por la actual Extremadura, zona de máxima resistencia militar musulmana: Valencia de Alcántara (1221), Cáceres (1229), Mérida y Badajoz (1230), Trujillo (1232). Mientras tanto, se progresaba en la otra gran línea de avance, específicamente castellana, a partir de La Mancha y alto Guadalquivir: Alcaraz (1215), Quesada y Cazorla (1224), Baeza (1232) y Córdoba (1236). Por entonces, desde 1230, Castilla y León habían vuelto a unirse en una misma Corona, bajo Fernando III (m. 1252), lo que aumentó su capacidad ofensiva justamente cuando desaparecían los últimos restos del poder almohade en al-Andalus. La caída de Córdoba, que era un símbolo del pasado esplendor de al-Andalus, permitió el rápido dominio de la campiña del Guadalquivir; mucho más difícil fue la tome de Jaén (1246), conseguida por pacto, a cambio de reconocer la existencia del emirato de Granada, como vasallo de Castilla, en las zonas montañosas de la Andalucía oriental. Dos años antes, el infante Alfonso, hijo y heredero de Fernando III, había sujetado a protectorado militar el reino taifa de Murcia, y alcanzado con Jaime I de Aragón (1214-1276) el tratado de Almizra (1244), que señalaba los límites de su expansión hacia el sur: en efecto, el rey de Aragón había llevado a cabo ya la conquista de su zona de influencia; tomó Mallorca e Ibiza entre 1229 y 1235 y, en la península, ocupó entre 1232 (conquista de Morella) y 1246 (Denia) todo lo que sería el nuevo reino de Valencia, cuya capital cayó en 1238. La culminación de las conquistas ocurrió cuando Fernando III entró en Sevilla, antigua capital andalusí de los almohades (1248). Unos años más tarde, en 1262-1263, Alfonso X (1252-1284) incorporó por completo las sierras de la baja Andalucía sujetas hasta entonces sólo a protectorado y control militar: Cádiz y Niebla (1262). La revuelta de los musulmanes mudéjares andaluces y murcianos en 1264, con apoyo del emirato de Granada, y su derrota, consumó los efectos de las conquistas anteriores: Alfonso X expulsó a casi todos los musulmanes de la Andalucía cristiana y, con ayuda de Jaime I, completó el dominio de Murcia, cosa imprescindible pare el rey aragonés tanto para asegurar su victoria sobre los mudéjares valencianos, que produjeron revueltas parciales hasta 1276, como para señalar sus pretensiones más allá de los límites fijados en Almizra: años después, Jaime II, tras una guerra con Castilla, anexionó a Valencia la parte norte del reino de Murcia en 1304. El cambio general de circunstancias políticas y económicas y la dificultad para completar la colonización de las tierras conquistadas pusieron fin al avance de los reyes cristianos en el último tercio del siglo XIII. A ello se unió la fuerte capacidad defensiva del emirato de Granada y el apoyo que recibió de los meriníes norteafricanos entre 1275 y 1350. |
|
#29
|
|||
|
|||
|
La herencia de Enrique II fue a parar a manos de Ricardo I (Corazón de León), hombre bien capacitado políticamente. Acompañando a Felipe Augusto y a los alemanes de Federico Barbarroja en la Tercera Cruzada, dio muestras de extraordinario talento militar.
A su regreso de Tierra Santa fue hecho prisionero por el duque Leopoldo de Austria, circunstancia aprovechada por Felipe de Francia para intentar la conquista de Normandía. El Capeto fue hombre que aprovechó a fondo las contradicciones del mundo angevino cuya unidad sólo se mantenía gracias a la pericia de los monarcas ingleses. Ya en 1186, a la muerte de Godofredo de Bretaña y aprovechando la minoridad de su heredero Arturo, se había erigido con la guarda del ducado. Sin embargo, la liberación de Ricardo en 1194 fue fatal para los intereses de París. El Plantagenet se dispuso a rehacer sus dominios en Francia infligiendo una terrible derrota a Felipe cerca de Freteval (1194). Por mediación pontificia, ambos rivales llegaron a suscribir una tregua durante la cual Ricardo murió delante del castillo de Chalus en una escaramuza contra un vizconde rebelde. Sin herederos legítimos, la herencia de Ricardo fue objeto de inmediata disputa. Su hermano Juan no tuvo dificultades para controlar Inglaterra y Normandía; su anciana madre Leonor seguía como señora de Aquitania; los barones de Anjou optaron por Arturo de Bretaña. En julio de 1202, Juan obtuvo sobre sus rivales, atizados por Felipe Augusto, un resonante triunfo en Mirabeau con prisión de Arturo incluida. Sin embargo, el monarca inglés, un ciclotímico no más cruel que cualquiera de sus contemporáneos, despilfarró su éxito en muy pocos meses. La misteriosa muerte de Arturo fue la señal para una vasta rebelión en el continente. Perdidos la mayor parte de los apoyos, Poitou, Anjou, Maine y Turena escaparon a la autoridad de Juan. Felipe Augusto aprovechó la oportunidad para, en fulgurante campaña, invadir Normandía y entrar en Rouen el 16 de abril de 1203. En el frente Sur, la muerte de Leonor de Aquitania desató las ambiciones de Alfonso VIII de Castilla que trató de hacer efectivos los derechos al ducado de su esposa también llamada Leonor y hermana de Juan. En 1205 el Imperio angevino estaba en ruinas. En los meses siguientes, Juan pudo rehacerse parcialmente: el arzobispo de Burdeos organizó la defensa contra los castellanos y el Plantagenet lograba recuperar algunas posiciones al suroeste del Poitou: Saintonge, Angulema y Aunis. A lo largo de los años siguientes, las campañas en Francia se condujeron de forma más relajada. Juan lo aprovechó, sobre todo, para acometer operaciones de castigo en la frontera escocesa, en Irlanda y en Gales. Ello permitió a Londres ejercer una autoridad sobre la periferia británica como nunca hasta entonces se había logrado. Un nuevo enfrentamiento con el pontificado provocó una larga crisis que, desde 1213, llevará a una reanudación de las hostilidades. Un intento de desembarco francés en Inglaterra con el beneplácito pontificio fracasó estrepitosamente. Juan volvió a la sumisión a la Santa Sede, pero el sistema de alianzas se había reavivado tan peligrosamente que la guerra generalizada se hacia inevitable. Autores del siglo XIII como el cronista Alberico des Trois-Fontaines o del presente como Yves Renouard, han destacado la importancia de los acontecimientos que se desarrollaron en Europa a partir de 1212. En esta fecha los hispanocristianos obtienen la resonante victoria de Las Navas de Tolosa; en 1213 el ejercito cruzado de Simón de Montfort derrotaba a Pedro II de Aragón aliado "malgre lui" de los señores filoalbigenses del Mediodía de Francia. Muret fue un éxito militar del vencedor en el campo de batalla y un éxito espiritual de la Iglesia romana en su lucha contra la disidencia religiosa. A la larga lo sería también de la realeza Capeto ya que le dejaría un terreno abonado para intervenir directamente en los asuntos del Midi. De efectos mucho más inmediatos para Felipe Augusto de Francia lo fue otro éxito militar: la batalla de Bouvines librada el domingo 27 de julio de 1214. Bouvines fue el desenlace del largo contencioso mantenido por la realeza Capeto con sus rivales Plantagenet y con sus entonces aliados: los condes de Flandes y Boulogne y el ocupante del trono imperial Otón IV de Brunswick. Textos de la época redactados a mayor gloria de Felipe Augusto (poema de Guillermo el Bretón) y del presente siglo (el magistral estudio de G. Duby) han destacado la trascendencia militar y política de este acontecimiento. Desde la habilidad táctica del consejero militar del Capeto, el obispo Guerin de Senlis a la hora de distribuir las fuerzas reales, pasando por el valor militar derrochado en ambos bandos, hasta desembocar en la huida de Otón y la prisión de los condes de Flandes y Boulogne por Felipe Augusto. Bouvines suponía el mayor triunfo de los Capeto en el campo de batalla y ratificaba con creces la pequeña victoria que unos meses antes el heredero de la Corona, Luis, había obtenido en el Sur (escaramuza de La Roche-Aux-Moines) sobre un contingente inglés. Bouvines tuvo otros efectos no menos resonantes. Para la imagen de la monarquía Capeto se creó el mito de la victoria sobre una feudalidad de fidelidades cambiantes. Y ello, gracias al concurso de las "buenas ciudades" que, con sus milicias, habían apoyado la causa del rey. Bouvines -y no es poco- había supuesto también la derrota del peligro proveniente del Este, del Imperio, por mas que Otón de Brunswick fuera a la sazón un soberano cuestionado en sus derechos por los partidarios del rey Federico de Sicilia, futuro Federico II. Pero, ante todo, Bouvines había hecho abortar los intentos de los Plantagenet por recuperar las posiciones perdidas años atrás. A Juan Sin Tierra no le quedaba en el continente más que algunos restos de la vieja y amplia AQUITANIA. Los territorios del norte de Francia entraban en la órbita Capeto. La relación de fuerzas experimentaba una trascendental inversión: desde 1213 el litoral meridional de Inglaterra se hacía vulnerable a los propósitos expansionistas de París. Felipe Augusto era, así, algo más que el "muñidor de tierras" o el "arquitecto del Estado nacional francés". Una visión muy esquemática ha presentado la historia de Inglaterra y Francia tras Bouvines como la de dos países que iniciaron dos trayectorias políticas distintas. Inglaterra se habría encaminado por la senda de un protoconstitucionalismo. Francia se habría erigido en una especie de monarquía carismática. De hecho, la estructura de ambos países -y la de los demás del Occidente- presentaba abundantes rasgos comunes: los dos eran monarquías feudales con ciertos elementos calificables de suprafeudales. Dos referencias siguen siendo obligadas para los historiadores: la Carta Magna en Inglaterra y el gobierno de Luis IX en Francia. |
|
#30
|
|||
|
|||
|
Las ciudades, que habían constituido la gran novedad en la época de la plenitud medieval, es decir, en el periodo comprendido entre los siglos XI y XIII, continuaron su desarrollo en las dos últimas centurias de la Edad Media.
En contraste con lo que aconteció en el medio rural, en donde se multiplicaron los despoblados, en el ámbito urbano continuó el proceso expansivo que venia de siglos anteriores, si bien el mismo se desarrolló a un ritmo mucho más suave. Ciertamente, el auge de los núcleos urbanos del periodo 1000-1300 era prácticamente inalcanzable. Pero hay que tener en cuenta que aquél casi partía de cero, lo que explica que se hable sin más de renacimiento de la vida urbana pare referirse al proceso que conoció Europa después del año 1000. Por de pronto encontramos en la época que nos ocupa la creación de nuevas ciudades, aun admitiendo que esta práctica no fue muy frecuente. En ocasiones se trataba simplemente del paso de una antigua aglomeración de carácter rural a otra de indudable porte urbano, en función de factores específicos. Así sucedió, por ejemplo, con la localidad alemana de Buxtehude, próxima a HAMBURGO, que prosperó debido a su excepcional localización, pues se encontraba en la ruta mercantil que unía dos gigantes de la economía europea bajomedieval, BRUJAS y LÜBECK. En otros casos se fundaban nuevos núcleos urbanos por razones de índole militar, como aconteció en la región francesa de Gascuña, en función de la guerra sostenida contra los ingleses. Pero también pudo ser el punto de partida de la fundación de nuevas villas, simplemente la puesta en práctica de una reordenación del poblamiento. Es lo que ocurrió en las tierras hispanas del PAIS VASCO, testigo en el siglo XIV de la fundación de diversas villas, entre ellas la de Bilbao, creada en el año 1300 por iniciativa del señor de Vizcaya. De todos modos fueron muy pocas las nuevas ciudades que surgieron en el final de la Edad Media. Más significativo fue, por el contrario, el desarrollo urbano de las viejas ciudades. El mejor testimonio de ese crecimiento lo constituye, sin duda, el hecho de que, en pleno siglo XIV, es decir, en una época de crisis, se erigieran nuevas murallas en numerosas ciudades europeas, tanto de Francia, como de Italia o del Imperio germánico. Mencionemos algunos de los casos más destacados: Hamburgo y Orleans, en 1300; Ratisbona, en 1320; Metz, en 1324; París, en 1360; Augsburgo, en 1380. También data del siglo XIV la tercera muralla que se levantó en Florencia. Asimismo, el crecimiento urbano en la décimo cuarta centuria está atestiguado en ciudades como Colonia, Génova o Milán. El núcleo urbano de París, por descender a un caso concreto, había pasado de unas 275 hectáreas, con las que contaba al finalizar el siglo XII, a las casi 450 que tenía en la segunda mitad de la decimocuarta centuria, en tiempos del rey Carlos V, monarca que ordenó construir una nueva cerca. Es cierto que a veces se levantaba una muralla pensando en una posible expansión futura, que a lo mejor no llegaba, caso de la ciudad de Gante a fines del siglo XIV. Pero esto era excepcional. Lo habitual era que la construcción de nuevas cercas fuera la consecuencia de una expansión del tejido urbano, cuando no el puro y simple deseo de amparar, física y jurídicamente, a los arrabales que habían crecido fuera del antiguo muro. El desarrollo urbano de los siglos XIV y XV está estrechamente ligado con el crecimiento de la población de las ciudades. Sin duda las pestes causaron graves daños en los núcleos urbanos. Pero ello no impidió que las ciudades fueran, por lo general, lugares de acogida de gentes del campo, que, tras huir despavoridas de los terrores de la época, pensaban encontrar un refugio, físico y sobre todo psicológico, detrás de los muros urbanos. Por lo demás, la crisis que afectó al medio rural en el siglo XIV alentó la emigración desde el campo hacia la ciudad. Numerosos labriegos abandonaban el terruño, pues estaban convencidos de que iban a encontrar mejores oportunidades de trabajo en las urbes. Un dato suficientemente revelador, a este respecto, nos lo proporciona Génova: el 90 por 100 de todos los que trabajaban en dicha ciudad en la industria de la seda, a finales de la decimocuarta centuria, eran originarios de los campos colindantes. Pero los ejemplos podrían multiplicarse por doquier. A. Rucquoi ha demostrado cómo VALLADOLID fue, en el transcurso de los siglos XIV y XV, un centro de acogida de emigrantes que procedían, en su mayor parte, de las zonas rurales del entorno. Claro que, junto a los movimientos migratorios masivos, por supuesto los más frecuentes, hubo también migraciones selectivas. Tales fueron los casos de los hombres de negocios genoveses que se asentaron en ciudades de la Andalucía Bética, de los artesanos flamencos que acudieron a Inglaterra para enseñar las sutilezas de su oficio o de los mercaderes de diversos países que establecieron colonias en Brujas. Quizá la diferencia más sustantiva entre las ciudades y el campo se hallaba en las funciones que aquellas desempeñaban. La ciudad era, por encima de todo, un centro de localización de las actividades artesanales y del comercio. Núcleos como Brujas o Venecia, Hamburgo o Génova, Lübeck o Florencia, ejemplifican, en su grado máximo, el significado de la ciudad bajomedieval como foco de actividad económica ligada a la transformación de materias primas y al intercambio. Pero también participaban de esa misma sustancia las modestas villas que funcionaban como centros del comercio regional de su entorno. Ahora bien, un rasgo sobresaliente de las ciudades medievales de fines del Medievo fue la asunción creciente de otras funciones. En primer lugar nos encontramos con el papel de la ciudad como centro de la vida política y administrativa, fenómeno que corre parejo con la gestación de los Estados modernos. En ese capitulo cabria incluir, como ejemplos de indudable relieve, a París, Londres, Roma, Nápoles, Barcelona o Valladolid, todos ellos en cierto modo capitales de sus respectivos núcleos político-territoriales, sin olvidar a Aviñón, que durante algo más de un siglo fue la sede del Pontificado. En otro orden de cosas se situarían los núcleos urbanos que prosperaron gracias a la presencia de una universidad, lo que permitiría hablar, si la expresión no resultara demasiado forzada, de una función intelectual. Es lo que sucedió, en tierras hispanas, con SALAMANCA, o con OXFORD y CAMBRIDGE en Inglaterra. Por eso se puede afirmar que la ciudad europea bajomedieval tenía, como rasgo más sobresaliente, la polifuncionalidad. Si fijamos nuestra atención en la estructura social de las ciudades de los siglos XIV y XV observaremos, dentro de la diversidad de situaciones existentes, una tendencia común: la polarización en torno a dos grupos fundamentales, por lo demás ubicados en posiciones no solo alejadas entre si sino incluso antagónicas. J. Heers habló, para referirse a los mencionados grupos, de aristocracia y proletariado. La aristocracia tenía el poder económico y político, el proletariado simplemente suministraba la fuerza de trabajo. La aristocracia urbana equivalía a lo que en muchos lugares se denominaba patriciado. Es cierto que también se utiliza con frecuencia en el ámbito historiográfico la expresión oligarquía urbana, pero este término tiene que ver, ante todo, con la forma concreta de ejercer el gobierno. La expresión proletariado, por otra parte, no nos parece tampoco muy adecuada para referirnos a los siglos XIV y XV. Quizá sea mejor hablar del COMUN, la gente menuda, la plebe o simplemente el pueblo. En cualquier caso la contraposición entre ambos grupos era palmaria. Por otra parte, en textos castellanos del siglo XV encontramos con frecuencia alusiones a la pugna entre caballeros y pueblo o entre principales y pueblo. Se nos dirá, no obstante, que también hay textos de fines de la Edad Media que señalan, a propósito de las sociedades urbanas, la existencia de una estructura tripartita, integrada por grandes, medianos y pequeños. Ciertamente, el poder de la aristocracia tenía sus fundamentos en el control de la actividad económica de sus respectivas ciudades. El patriciado lo integraban, ante todo, grandes hombres de negocios, es decir, gentes dedicadas básicamente al comercio de larga distancia pero también personas relacionadas con el mundo de las finanzas, en particular de la banca. Asimismo podían pertenecer al patriciado los maestros de las principales corporaciones de oficios. Los Médicis florentinos o el francés Jacques Coeur pueden ponerse como ejemplos paradigmáticos del patriciado europeo bajomedieval. Pero junto al poder económico la aristocracia urbana controlaba también el poder político. El proceso de monopolización, o si se quiere oligarquizáción, del poder municipal por la aristocracia urbana venía de atrás. En cualquier caso puede decirse que estaba consumado en los albores del siglo XIV. A través de sistemas de cooptación las grandes familias lograron acaparar el gobierno de sus ciudades. Sin duda hay significativos matices de unos países a otros. En la Corona de Castilla, en donde desempeñaron un papel muy importante los linajes, se produjo una fusión entre la nobleza local, en principio grupo dominante, y los hombres de negocios, habitualmente por la vía de los enlaces matrimoniales, dando lugar a lo que C. Carlé ha denominado, muy expresivamente, caballeros-patricios. En el otro extremo del abanico social se hallaba el común. Sin duda no era éste un grupo homogéneo, pero, aun admitiendo la estratificación que se observaba en su seno, no dejaba de poseer también algunos rasgos que lo singularizaban. Recordemos los más significativos: en el plano económico, su dependencia de los patricios; en el terreno político, la práctica imposibilidad de la gente menuda de acceder al gobierno municipal. Por lo demás, también separaban al común de la aristocracia el estilo de vida de unos y otros, la ropa que utilizaban, el tipo de alimentación, los hábitos de comportamiento e incluso el lenguaje que utilizaban. |