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El euskera es la única lengua que se ha conservado viva de las que se hablaban en la Península Ibérica cuando llegaron los romanos, en este sentido es la más antigua y sirvió de sustrato como sus convecinas (celta e ibero) para la formación de las futuras lenguas romances a lo largo de ese complejo proceso histórico que fue la romanización.
El castellano se impuso en la Edad Media como lengua coinética por necesidades de comunicación e intercambio, una vez perdido el conocimiento del latín. Con el correr de los siglos y el desmembramiento del Imperio Romano, el latín que hablaba el vulgo fue mezclándose con las lenguas de las distintas regiones y diversificándose dio nacimiento a las lenguas romances. En un momento determinado, el gallego entiende al castellano pero no al catalán. El castellano, cuya cuna primigenia se encuentra en el País Vasco (Alava y Vizcaya), La Rioja y Burgos, se hace instrumento de comunicación imprescindible para el intercambio comercial en el eje Este Oeste, de tanta importancia en la época del Camino de Santiago. En el avance hacia el sur de los reinos cristianos del norte, el castellano se despliega en abanico y tiene un gran éxito que no le viene de ser la lengua compañera del Imperio (falta por venir algún que otro siglo) sino de ser la lengua mediática en la que todo el mundo hace las tasaciones económicas. Lingüísticamente hablando, el castellano es hijo del latín y nieto del euskera y desde su propio origen se habló en las zonas más romanizadas del País Vasco. Los euskaldunes llamaron al castellano "erdera", es decir, los que hablan la lengua del medio o del centro ('erdi' significa medio, centro); sentían evidentemente que el euskera era su lengua y el castellano era otra lengua que tenía un carácter mediador en las relaciones comerciales, precisamente esta cualidad dará al castellano un gran auge y una capacidad de comunicación que le hará prevalecer. En el País Vasco se hablan por tanto varias lenguas. La lengua más hablada es el castellano, que lo conoce el 100% de la población y lo habla de forma habitual más del 95%. El euskera es hablado por un 25% de la población de los que un 16% lo hablan en clara diglosia y un 9% son bilingües. Cuando en la actualidad algunos por intereses políticos dicen que el País Vasco es bilingüe, están generalizando al conjunto de la ciudadanía una identidad lingüística que posee un 10% de la población. La política educativa del Gobierno Vasco ha querido incidir directamente en el habla social de la población, euskaldunizando en primer lugar al profesorado para que fuera el motor de la llamada “normalización lingüística de Euskadi”. ¿Por qué, tras más de 20 años empleando muchos recursos económicos y humanos, no se ha conseguido? Podemos señalar dos como las principales causas: Por un lado, el coste social que ha provocado la diáspora del profesorado, extrañado en su propia identidad lingüística. Y por otro, la falta de realismo de los mapas lingüísticos en los que se basó la euskaldunización, sirva como ejemplo el caso de Basauri que es definido como población bilingüe cuando su realidad lingüística es castellana por encima del 90 %. Úlima edición por tellagorri fecha: 24/dic/05 a las 11:11. |
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Discurso de Unamuno en el Congreso el 9 de setiembre de 1.931 sobre las lenguas hispánicas y a propósito de la oficialidad del castellano
El Sr. Unamuno: "Señores diputados, el texto del proyecto de Constitución hecho por la Comisión dice: «El castellano es el idioma oficial de la República, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconocen a las diferentes provincias o regiones.» Yo debo confesar que no me di cuenta de qué perjuicio podía haber en que fuera el castellano el idioma oficial de la República (acaso esto es traducción del alemán), e hice una primitiva enmienda, que no era exactamente la que después, al acomodarme al juicio de otros, he firmado. En mi primitiva enmienda decía: «El castellano es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tendrá el derecho y el deber de conocerlo, sin que se le pueda imponer ni prohibir el uso de ningún otro.» Pero por una porción de razones vinimos a convenir en la redacción que últimamente se dió a la enmienda, y que es ésta: «El español es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tiene el deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada región se podrá declarar cooficial la Lengua de la mayoría de sus habitantes. A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional.» Entre estas dos cosas puede haber en la práctica alguna contradicción. Yo confieso que no veo muy claro lo de la cooficialidad, pero hay que transigir. Cooficialidad es tan complejo como cosoberanía; hay «cos» de éstos que son muy peligrosos. Pero al decir «A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional», se modifica el texto oficial, porque eso quiere decir que ninguna región podrá imponer, no a los de otras regiones, sino a los mismos de ella, el uso de aquella misma Lengua. Mejor dicho, que si se encuentra un paisano mío, un gallego o un catalán que no quiera que se le imponga el uso de su propia Lengua, tiene derecho a que no se les imponga. (Un señor diputado: ¿Y a los notarios?) Dejémonos de eso. Tiene derecho a que no se le imponga. Claro que hay una cosa de convivencia -esto es natural- y de conveniencia; pero esto es distinto; una cosa de imposición. Pero como a ello hemos de ir, vamos a pasar adelante. Estamos indudablemente en el corazón de la unidad nacional y es lo que en el fondo más mueve los sentimientos: hasta aquellos a quienes se les acusa de no querer más que vender o mercar sus productos -yo digo que no es verdad-, en un momento estarían dispuestos hasta a arruinarse por defender su espiritu. No hay que achicar las cosas. No quiero decir en nombre de quién hablo; podría parecer una petulancia si dijera que hablo en nombre de España. Sé que se toca aquí en lo más sensible, a veces en la carne viva del espíritu; pero yo creo que hay que herir sentimientos y resentimientos para despenar sentido, porque toca en lo vivo. Se ha creído que hay regiones más vivas que otras y esto no suele ser verdad. Las que se dice que están dormidas, están tan despiertas como las otras; sueñan de otra manera y tienen su viveza en otro sitio. (Muy bien.) Aquí se ha dicho otra cosa. Se está hablando siempre de nuestras diferencias interiores. Eso es cosa de gente que, o no viaja, o no se entera de lo que ve. En el aspecto lingüístico, cualquier nación de Europa, Francia, Italia, tienen muchas más diferencias que España; porque en Italia no sólo hay una multitud de dialectos de origen románico, sino que se habla alemán en el Alto Adigio, esloveno en el Friul, albanés en ciertos pueblos del Adriático, griego en algunas islas. Y en Francia pasa lo mismo. Además de los dialectos de las Lenguas latinas, tienen el bretón y el vasco. La Lengua, después de todo, es poesía, y así no os extrañe si alguna vez caigo aquí, en medio de ciertás anécdotas, en algo de lirismo. Pero si un código pueden hacerlo sólo juristas, que suelen ser, por lo común, doctores de la letra muerta, creo que para hacer una Constitución, que es algo más que un código, hace falta el concurso de los líricos, que somos los de la palabra viva. (Muy bien.) Y ahora me vais a permitir, los que no los entienden, que alguna vez yo traiga aquí acentos de las Lenguas de la Península. Primero tengo que ir a mi tierra vasca, a la que constantemente acudo. Allí no hay este problema tan vivo, porque hoy el VASCUENCE en el país vasconavarro no es la Lengua de la mayoría, seguramente que no llegan a una cuarta parte los que lo hablan y los que lo han aprendido de mayores, acaso una estadística demostrara que no es su Lengua verdadera, su Lengua materna; tan no es su verdadera Lengua materna, que aquel ingenuo, aquel hombre abnegado llegó a decir en un momento: «Si un maqueto está ahogándose y te pide ayuda, contéstale: «Eztakit erderaz.» «no sé castellano.»» Y él apenas sabía otra cosa, porque su Lengua materna, lo que aprendió de su madre, era el castellano. Yo vuelvo constantemente a mi nativa tierra. Cuando era un joven aprendí aquello de «Egialde guztietan toki onak badira bañan biyotzak diyo: zoaz Euskalerrira.» «En todas partes hay buenos lugares, pero el corazón dice: vete al país vasco.» Y hace cosa de treinta años, allí, en mi nativa tierra, pronuncié un discurso que produjo una gran conmoción, un discurso en el que les dije a mis paisanos que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en ciencia. Provocó aquello una gran conmoción, una mala alegría fuera de mi tierra, porque no es lo mismo hablar en la mesa a los hermanos que hablar a los otros: creyeron que puse en aquello un sentido que no puse. Hoy continúa eso, sigue esa agonia; es cosa triste, pero el hecho es un hecho, y así como me parecería una verdadera impiedad el que se pretendiera despenar a alguien que está muriendo, a la madre moribunda, me parece tan impío inocularle drogas para alargarle una vida ficticia, porque drogas son los trabajos que hoy se realizan para hacer una Lengua culta y una Lengua que, en el sentido que se da ordinariamente a esta palabra, no puede llegar a serlo. El vascuence, hay que decirlo, como unidad no existe, es un conglomerado de dialectos en que no se entienden a las veces los unos con los otros. Mis cuatro abuelos eran, como mis padres, vascos; dos de ellos no podían entenderse entre sí en vascuence, porque eran de distintas regiones: uno de Vizcaya y el otro de Guipúzcoa. ¿Y en qué viene a parar el vascuence? En una cosa, naturalmente, tocada por completo de castellano, en aquel canto que todos los vascos no hemos oído nunca sin emoción, en el Guernica Arbola, cuando dice que tiene que extender su fruto por el mundo, claro que no en vascuence. «Eman ta zabalzazu munduan frutua adoratzen raitugu, arbola santua» «Da y extiende tu fruto por el mundo mientras te adoramos, árbol santo.» Santo, sin duda; santo para todos los vascos y más santo para mí, que a su pie tomé a la madre de mis hijos. Pero así no puede ser, y recuerdo que cantando esta agonía un poeta vasco, en un último adiós a la madre Euskera, invocaba el mar, y decía: «Lurtu, ichasoa.» «Conviértete en tierra, mar»; pero el mar sigue siendo mar. Y ¿qué ha ocurrido? Ha ocurrido que por querer hacer una Lengua artificial, como la que ahora están queriendo fabricar los irlandeses; por querer hacer una Lengua artificial, se ha hecho una especie de «volapuk» perfectamente INCOMPRENSIBLE. Porque el vascuence no tiene palabras genéricas, ni abstractas, y todos los nombres espirituales son de origen latino, ya que los latinos fueron los que nos civiizaron y los que nos cristianaron también. (Un señor diputado de la minoría vasconavarra: Y «gogua» ¿es latino?) Ahí voy yo. Tan es latino, que cuando han querido introducir la palabra «espíritu», que se dice «izpiritué», han introducido ese gogo, una palabra que significa como en alemán «stimmung», o como en castellano «talante» es estado de ánimo, y al mismo tiempo igual que en catalán «talent», apetito. «Eztankat gogorik» es «no tengo ganas de comer, no tengo apetito». (Un señor diputado interrumpe, sin que se perciban sus palabras.- Varios señores diputados: ¡Callen, callen!) Me alegro de eso, porque contaré más. Estaba yo en un pueblecito de mi tierra, donde un cura había sustituido -y esto es una cosa que no es cómica- el catecismo que todos habían aprendido, por uno de estos catecismos renovados, y resultaba que como toda aquella gente había aprendido a santiguarse diciendo: «Aitiaren eta semiaren eta izpirituaren izenian» (En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), se les hacia decir: «Aitiaren eta semiaren eta Crogo dontsuaren izenian», que es: «En el nombre del Padre, del Hijo y del santo apetito.> (Risas.) No; la cosa no es cómica, la cosa es muy seria, porque la Iglesia, que se ha fundado para salvar las almas, tiene que explicar al pueblo en la Lengua que el pueblo habla, sea la que fuere, esté como esté; y así como hubiera sido un atropello pretender, como en un tiempo pretendió Romero Robledo, que se predicara en castellano en pueblos donde el castellano no se hablaba, es tan absurdo predicar en esas Lenguas. Esto me recuerda algo que no olvido nunca y que pasó en América: que una Orden religiosa dió a los indios guaraníes un catecismo queriendo traducir al guaraní los conceptos más complicados de la Teología, y, naturalmente, fueron acusados por otra Orden de que les estaban enseñando herejías; y es que no se puede poner el catecismo en guaraní ni azteca sin que inmediatamente resulte una herejía. (Risas.) Y después de todo, lo hondo, lo ínfimo de nuestro espíritu vasco, ¿en qué lo hemos vertido? El hombre más grande que ha tenido nuestra raza ha sido Iñigo de Loyola y sus Ejercicios no se escribieron en vascuence. No hay un alto espíritu vasco, ni en España ni en Francia, que no se haya expresado o en castellano o en francés. El primero que empezó a escribir en vascuence fue un protestante, y luego los jesuítas. Es muy natural que nos halague mucho tener unos señores alemanes que andan por ahí buscando conejillos de Indias para sus estudios etnográficos y nos declaren el primer pueblo del mundo. Aquí se ha dicho eso de los vascos. En una ocasión contaba Michelet que discutía un vasco con un montmorency, y que al decir el montmorency: «¿Nosotros los montmorency datamos del siglo.., tal», el vasco contestó: «Pues nosotros, los vascos, no datamos.» (Risas.) Y os digo que nosotros, en el orden espiritual, en el orden de la conciencia universal, datamos de cuando los pueblos latinos, de cuando Castilla, sobre todo, nos civilizó. Cuando yo pronunciaba aquel discurso recibí una carta de D. Joaquín Costa lamentándose de que el vascuence desapareciese siendo una cosa tan interesante para el estudio de las antig|edades ibéricas. Yo hube de contestarle: «Está muy bien; pero no por satisfacer a un patólogo voy a estar conservando la que creo que es una enfermedad.» (Risas.- El señor Leizaola pide la palabra.) Y ahora hay una cosa. El aldeano, el verdadero aldeano, el que no está perturbado por nacionalismos de señorito resentido, no tiene interés en conservar el vascuence. Se habla del anillo que en las escuelas iba pasando de un niño a otro hasta ir a parar a manos de uno que hablaba castellano, a quien se le castigaba; pero ¿es que acaso no puede llegar otro anillo? ¿Es que no he oído decir yo: «No enviéis a los niños a la escuela, que allí aprenden el castellano, y el castellano es el vehículo del liberalismo»? Eso lo he oído yo, como he oído decir: «¡Gora Euzkadi ascatuta!» («Euzkadi» es una palabra bárbara; cuando yo era joven no existía; además conocí al que la inventó). «¡Gora Euzkadi ascatuta!» Es decir: ¡Viva Vasconia libre! Acaso si un día viene otro anillo habrá de gritar más bien: «¡Gora Ezpaña ascatuta!» ¡Viva España libre! Y sabéis que España en vascuence significa labio; que viva el labio libre, pero que no nos impongan anillos de ninguna clase". |
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Aunque en España, por las obvias limitaciones del entorno cultural ninguno de estos dos vocablos ha podido alcanzar la praxis social de sus territorios de origen, lo cierto es que su significado coincide exactamente con el que tiene en esas poblaciones de cultura morisca.
La palabra vasca burko-a (la diferencia o-a no existe en las lenguas de procedencia) “FUNDA DE TELA”, es plenamente coincidente con su significado morisco y lo mismo es aplicable al vocablo “haren” que en vasco sirve para denominar lo que es propiedad exclusiva del hombre “LO QUE PERTENECE AL HOMBRE” o “es propio del hombre”; las connotaciones culturales de estos dos términos son tan singulares y específicas de una determinada cultura, que por sí solas establecen el origen étnico cultural de los vascos, a la vez que explican su aislamiento y hostilidad hacia los pueblos célticos franco-españoles del entorno en el que establecieron sus asentamientos. Incluso en los albores del S. XX las propias palabras de Sabino Arana delataban su procedencia cultural, al expresar la extrema repugnancia que le producían nuestras costumbres tradicionales, fiel continuación de las de nuestros ancestros celtas (o “maketos” según Arana), pueblo alegre y festivo que siempre celebró y bailó en público con sus mujeres. La repugnancia hacia nuestras costumbres que los SABINIANOS consideraban tan indecentes, la dejo plasmada el lider espiritual del nacionalismo vasco en los siguientes términos: “ al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez, y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas nacionales son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces no les chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese bailar al uso maketo, como es el hacerlo abrazado asquerosamente a la pareja, para restaurar en su lugar el baile nacional de euskeria.” (Sabino Arana) Tan exagerada repugnancia hacia los bailes tradicionales de los celtíberos españoles, es más propia de la sociedad de la CABILIA berebere (ver Intelligentzia Critica de Pierre Bourdieu) y en general de la población morisca que oculta a sus mujeres bajo una funda de tela (burka-o en vasco), que de nuestra cultura indoeuropea, básicamente matriarcal; por lo que respecta al muy virtuoso baile nacional de euskeria que tanto ensalzaba Arana, se trata simplemente de nuestra jota aprendida por los vascos, en la que la única aportación vasca consiste en que la bailan los hombres solos mientras los espectadores adoptan la posición de firmes y el semblante serio o incluso severo, que para nosotros es mas propia de una ceremonia entre fúnebre y militar que del ambiente festivo y alegre de nuestros bailes tradicionales. Por lo que respecta a la explicación que nos ofrece Ekhaitz Arrikibar, sobre el posible origen del vasco, situándolo en el área de la Aquitania en perfecta sintonía con la versión oficialista del nacionalismo vasco, no pasa de ser otro desideratum de esa corriente política, pues siendo la Aquitania la extensión natural y contigua de las restantes áreas pirenaica repobladas por los vascos, la explicación más obvia y natural es la de suponer que todos proceden del mismo tronco. La similar orografía de la zona pirenaica aquitana, (que además fué española hasta el S XVII), ofrecía a los vascos las mismas características de adaptación a su forma de vida, facilitándoles el refugio natural que necesitaban tras sus incursiones y su consecuente aislamiento de las poblaciones del entorno. En un área tan reducida, la hipótesis de que los de un lado de la actual frontera provienen del otro, basándose exclusivamente en que ambos hablaban la misma lengua, además de ser un argumento fútil, pues lo extraño sería que no hablaran la misma lengua, vale de igual modo para explicar la procedencia inversa. El origen de la población vasca a uno y otro lado del pirineo es obviamente el mismo y por lo que respecta a los desplazamientos, lo que recogen las crónicas históricas es que la extensión de los vascos por el área aquitana fue posterior a la Edad Media. Úlima edición por tellagorri fecha: 24/dic/05 a las 11:11. |
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En el Diccionario Enciclopédico Vasco de Auñamendi, se define la boina como una gorra sin visera, redonda y achatada, de lana y de una sola pieza.
Pocas veces una vestimenta tan sencilla ha marcado tanto la fisonomía de un pueblo y ha condicionado de tal manera comportamientos sociales y mediáticos. Con orígenes aún hoy en día discutidos, de arcaico tocado de labradores, su uso comenzó a generalizarse a partir de las GUERRAS CARLISTAS. Desde entonces, todo el proceso de uniformización de la sociedad vasca, en cuanto al uso de la boina, fue imparable básicamente hasta el estallido de la Guerra Civil Española y los nuevos gustos impuestos en la posguerra. Unamuno definía la boina como una prenda niveladora, puesto que al ser más cómoda y más barata que otros tocados al uso provocó que éstos se fuesen relegando al olvido. Y en propias palabras de Unamuno, la boina pasó a convertirse en una prenda típica y, en cierto modo, tradicional del vasco. Los orígenes de la boina han sido harto discutidos y su propio nombre ya suscita polémica. Para Resurrección Mª de Azkue, y a pesar de que hoy no distingamos entre ambos términos, la boina no es una txapela, ya que este segundo vocablo significa sombrero (del francés chapeau). Por lo tanto, la boina es una txapela en cuanto cubre cabezas, pero no toda txapela es boina. El término txapela solo se utiliza en Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra meridional, mientras que en la vertiente septentrional navarra se emplea el vocablo boneta. A pesar de estas discusiones etimológicas, la realidad tiende a ser más práctica y pragmática, por lo que los europeos vecinos de los vascos, no dudaban en denominar a la boina como gorro vasco. Clara mención más a la identificación de los usuarios de esta prenda que a los orígenes de la misma. En cuanto al surgimiento de la boina, las teorías son de lo más dispares. La teoría tradicional, defendida por René Cuzacq nos remite a su origen pirenaico. Algunos apuntan a los labradores BEARNESES como los primeros en utilizar este tipo de tocado, que se generalizó por la vertiente francesa de los Pirineos, para pasar por el Bidasoa a Guipúzcoa. En 1813, un oficial de Wellington, en su descripción de los habitantes de Pasajes, les dotaba de anchas gorras y, también, son continuas las referencias de marinos vascos que utilizaban sombreros de paño de color, muy similares a los bonetes con que se tocaban los clérigos en las iglesias francesas. Desde el siglo XV, son constantes las noticias de sombreros usados por los vascos que hacen recordarnos a la boina. Iturriza en su Historia General de Vizcaya habla de que los artesanos y labradores caseros los días de gala usaban un sombrero ancho, mientras que los labradores en los días de trabajo llevaban monteras de paño negro de Segovia. Del mismo modo, tanto el licenciado Andrés de Poza, en el último tercio del siglo XVI, como posteriormente Bowles, describían que los vizcaínos utilizaban montera en invierno y verano. Por último, en pleno siglo XIX, al retratar Trueba a un aldeano de la comarca de Munguía le describía ya con boina encarnada o blanca. En su conjunto, todos estos tocados eran gorros que guardaban una proporción en su altura y en su anchura. Asimismo, eran prendas que mostraban gran semejanza con otros tocados que tanto en Europa septentrional como Europa central estaban muy generalizados. Muchas similitudes se han querido encontrar entre la boina vasca y los tocados escoceses, flamencos e italianos, sin embargo, en comparación con estos otros gorros, la boina era chata, ancha, sin visera y con la sección vertical que la circunda doblada hacia adentro, jamás hacia fuera. Y como rasgo de identificación más significativo, la boina llevaba siempre en el centro una rabito o txertena. Su uso también denotaba el origen de quien la llevaba. El vasco apenas introduce la boina en su cabeza, mientras que en otras latitudes se la calaban hasta las orejas. Según la buena maña del usuario, podía inclinar la boina hacia atrás, hacia delante, hacia la izquierda o hacia la derecha. Los menos mañosos se ponían la boina con las dos manos, mientras que los resueltos se la colocaban con una sola mano, de un golpe, dándole siempre un vuelo delantero. Toda moda, por sencilla que sea, precisa ciertas habilidades. Independientemente de los orígenes de la boina, ésta se convirtió en un signo de identidad de los vascos. Para algunos autores, se puede decir que desde el siglo XVI la boina era el cubrecabezas nacional vasco, si bien, hubo que esperar a las Guerras Carlistas para que esta prenda se generalizase por todo el País de los Vascos. En cuanto a este punto, también hay algunas discrepancias. Mientras que unos hacen referencia a que hasta la segunda guerra carlista los batallones liberales no adoptaron la boina para no ser menos que las tropas carlistas, a quienes se les ha señalado como introductores del uso de la boina en el País Vasco, para otros la realidad fue bien distinta. En este caso, Unamuno dice que la boina se introdujo del Mediodía de Francia, a principios de la guerra civil carlista de los siete años, hacia 1833, y que la introdujeron los llamados txapelgorris o gorros rojos, cuerpos volantes cristinos, es decir, liberales. Por lo tanto, en palabras de Unamuno la boina, que llegó a ser para muchos distintivo del carlismo, fue introducida por tropas liberales y siempre usada, en ambas guerras carlistas, por tropas liberales también. En este punto, hay que recordar que tradicionalmente se había llamado txapelgorris a los miqueletes en la guerras carlistas y que fue su jefe Zumalacárregui quien la hizo famosa. Según la iconografía tradicional, la boina del general era ancha, blanca y con una borla que le caía sobre la sien. Sin embargo, otros autores como Bereciartúa nos recuerdan que la boina de este jefe carlista no era blanca sino roja, a pesar de que los carlistas guipuzcoanos de las líneas de San Sebastián la llevaron sin teñir hasta que tuvo lugar la batalla de Oriamendi. Según este investigador, es frecuente esta equivocación puesto que algunos autores no se explican que la boina blanca diferenciase a los liberales de los carlistas en una época en la que indistintamente se portaban boinas azules y negras. De este modo, se pueden encontrar retratos de importantes dirigentes carlistas portando boinas blancas, e incluso, en Zumárraga se editaba en 1870 un periódico carlista que se llamaba La Boina Blanca. A pesar de estos vaivenes del color, el acervo y la historiografía tradicional nos han legado la primera adscripción política y sociológica de las boinas como elemento diferenciador a la vez que unificador de una sociedad inmersa en profundos cambios. Es más, la boina cobró en estos momentos auténtica carta de naturaleza como elemento representativo de los insurrectos carlistas y buena prueba de ello fue la prohibición que Baldomero Espartero, a la sazón Conde de Luchana, hizo de su uso. En 1838 convencido de los males que causa el uso de la boina, que como distintivo de las tropas carlistas solo tiende a la confusión y alarma, Espartero decretó que se prohibiese el uso de la boina a toda clase de personas y estados, así militares como paisanos. El incumplimiento de estas medidas llevaría penas que oscilaban desde una multa la primera vez, hasta la prisión para los reincidentes. Para mayor conocimiento de este bando, se instaba a las autoridades locales a que le dieran la máxima divulgación. Con el tiempo, se vio que esta medida no tuvo efectividad alguna y que la boina, además de difundirse ampliamente entre todos los espectros sociales como un elemento indispensable de la indumentaria, también pasó a convertirse en parte de los uniformes de diferentes cuerpos militares y policiales. A la memoria nos vienen los casos de los Gudaris del Gobierno Vasco de la II República, el de los Miqueletes navarros o el de la actual Ertzaintza. En otro orden de cosas, un factor a tener en cuenta en cuanto a la generalización del uso de las boinas fue, sin duda alguna, la industrialización de su proceso de producción. Con los adelantos de las manufacturas textiles, pronto se crearon importantes fábricas que se especializaron exclusivamente en la fabricación de boinas y que han pervivido prácticamente hasta la actualidad. En la vertiente francesa la mayor parte de las fábricas se situaban en torno a Oloron, mientras que en 1859 se fundó en Tolosa (Guipúzcoa) la Fábrica de Boinas Elósegui y, posteriormente en 1892, se instaló en Balmaseda (Vizcaya) la Fábrica de Boinas La Encartada, clausurada recientemente. Con las nuevas técnicas de elaboración el costo de las boinas se redujo notablemente frente a otro tipo de tocados masculinos, lo que también le infirió en ciertos ambientes un carácter proletario. La generalización de su uso fue tal que en la prensa vasca era continua la publicidad de las fábricas de boinas. En cualquier periódico bilbaíno de 1930 podemos encontrar los siguientes reclamos: ¿Una buena boina? Exija La Encartada; Boinas La Encartada, Únicas bilbaínas; Boinas La Encartada, Única fábrica en Vizcaya; Boinas finas, La Encartada. Además, todos estos anuncios aparecían en una sola página como bigotes insertados entre las columnas, agresividad publicitaria donde las haya con claras alusiones territoriales. En efecto, también hubo cierta diferenciación entre los aires vizcaínos y guipuzcoanos a la hora de los gustos y fabricación de las boinas. Con el surgimiento del nacionalismo vasco en el Bilbao finisecular, las boinas también adaptaron una nueva fisonomía llamémosle política. Los nacionalistas abogaban por el uso de boinas de vuelos más amplios que las guipuzcoanas. Estas boinas a las que, cómo no, se les llamó bilbaínas pronto alcanzaron una gran difusión por toda Vizcaya. Los tolosanos, gran conocedores de la fabricación y uso de las boinas, no dudaban en desaprobar este tipo de boina bilbaína puesto que en su opinión no le sentaba bien a cualquiera y, además, se atrevían a mantener que las boinas bilbaínas no habían podido prevalecer nunca sobre las tolosanas. En la actualidad, el uso de la boina como prenda de diario ha quedado relegada prácticamente a un plano muy secundario, sin embargo, nunca ha tenido tanto reconocimiento social como prenda vasca por excelencia. En las últimas décadas se ha instituido como trofeo o galardón a los campeones (Txapeldunes) de cualquier competición realizada en el País Vasco. Del mismo modo, es un símbolo de bienvenida para los visitantes ilustres, a la par que asociaciones deportivas y peñas de amigos utilizan las boinas bordadas como elemento de identidad de grupo. |
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El historiador JOSE ANTONIO AZPIAZU ha publicado un libro con sus investigaciones sobre las actividades marinas de piratería de los puertos y barcos vascos a lo largo de la Edad Media y de los siglos XVI y XVII.
Es interesante referirse a algunos datos que proporciona. El escenario vasco del Corso Aunque el Mediterráneo fue visitado asiduamente a partir de la Edad Media por mercaderes y corsarios vascos, el verdadero medio donde actuaron éstos fue el Atlántico. La geografia vasca, su situación estratégica entre la península y el continente, la orografia y la constitución de su costa, con puertos naturales y rías aceptables para la navegación, ofrece un teatro a propósito para la práctica de la navegación, pero asimismo para la escaramuza, la maniobra y el juego de tintas y engaños que se convertirán en la salsa habitual de muchas facetas de la vida marinera. Una vez preparado el escenario, los factores individuales y sociales emergen, poderosos, a inicios de la Baja Edad Media. Marineros e instituciones, individuos y villas recién fundadas sobre anteriores poblamientos, se convertirán en actores de primera linea en el mundo atlántico. En el siglo XIV, la presencia vasca era tan temida que el propio rey inglés se quejaba de que "Tanta es su soberbia que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa escuadra, tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir del todo nuestros navíos y dominar el mar anglicano, sino también de invadir nuestro Reino", y se tienen noticias de que, a principios del siglo XV, barcos vascos atacan la costa inglesa, en busca de confrontación o de ventajas comerciales. En otra ocasión, unos pasajeros vascos que viajan en un barco inglés aprovechan el cansancio de los miembros de la tripulación, que estaban descansando tras una tormenta, para asesinarlos y llevar el barco a Galicia con el objeto de venderlo. Alguno de estos transgresores se había refugiado en ORIO, y los que lo perseguían se encontraron con dificultades para detenerlo, puesto que la comunidad portuaria lo protegía contra la interferencia de autoridades extrañas. El descubrimiento y el control de las Indias cambian el panorama de las relaciones entre las naciones europeas. La conquista de las Indias, unida a las posesiones heredadas en Centro-Europa por Carlos V, suscita en otras monarquías inquietud y envidia, sobre todo, de ingleses y franceses. Señala Linch que, a partir del enfrentamiento entre Carlos V y Francisco I, del que salió vencedor el primero, "el monarca francés permaneció siempre atento a la posibilidad de fortalecer su posición atacando los puntos débiles de su rival". Dentro de la estrategia de los monarcas franceses, es comprensible la importancia que tomaron puertos como SAN JUAN DE LUZ, cuyos corsarios jugaron un papel de primera magnitud en esta nueva dinámica. Ducéré afirma que "San Juan de Luz es la primera villa de Francia, entrando por Guipúzcoa, que los reyes de Francia han cuidado siempre fuertemente, porque los habitantes son belicosos, particularmente sobre el mar. Sus numerosos corsarios atacan y pillan hasta barcos que vuelven de las Indias. Enriquecidos por las presas que hicieron en otros tiempos, han adornado la villa de edifIcios soberbios". El fenómeno corsario estaba muy extendido a lo largo de la costa atlántica, pero algunas áreas concretas se convirtieron en las preferidas por quienes habían optado por este estilo de vida. En particular, la zona de Bretaña era como la patria de los corsarios, quienes encontraban en su accidentada costa el medio adecuado para sus maniobras y fechorias a la vez que para su refugio y reposo. Los grandes navíos no se atrevían afrontar los peligrosos fondos marinos, que dominaban a la perfección las pequeñas embarcaciones utilizadas por los corsarios. La topografIa era, por tanto, un elemento muy a tener en cuenta para la práctica del corso, o para defenderse del mismo. BILBAO, a pesar de la barra de Portugalete y de hallarse alejada de las costas, ofrecía un flanco fácil: "Abierto como un saco", en expresión de entonces, se halló bloqueado permanentemente por corsa¬rios y enemigos, lo que movió a las autoridades a proteger el acceso: "En 1532 se edifIcó una torre de defensa contra corsarios en Portugalete". Michel Iriarte opi¬na, sin embargo, que puertos como Bilbao y Bayona eran muy dificiles de abor¬dar, y mantiene la opinión de que los puertos vascos estaban en general bien pro¬tegidos, sobre todo los situados en rías como Deba, Bidasoa, Orio y Zumaia. Actualmente tenemos la fortuna de disponer del espléndido atlas confeccionado por Texeira, donde se aprecia, como si de una fotografIa aérea se tratase, el exacto escenario contemporáneo del fenómeno CORSARIO. Pero no son menos importantes las notas que este autor nos ofrece al respecto sobre la importancia de la topogratia y las medidas adoptadas para fortalecer la lucha contra los enemigos. En referencia a la costa de Gipuzkoa, comenta que "Desta villa de Fuenterrabía corre la costa al norte. Media legua está el cabo de Yguer, donde dan fondo muchos navios en 15 y 25 brazas. Solían de ordinario dar fondo muchos piratas y, para estorvársele aquel abrigo, mandó azer el católico rey don Felipe Segundo un castillo en el dicho cabo, con que oy no pueden parar los enemigos como de antes lo azían". Este es el panorama que se divisa en torno al campo de actividades de los corsarios, donde se aprecia un perfecto conocimiento del terreno y, sobre todo, una infinita audacia que les impulsaba a realizar hazañas y fechorías, con frecuencia a la vista de los observadores de la costa, quienes aplaudían las capturas como si de la caza de ballenas se tratara, o lamentaban impotentes los ataques enemigos que sufrían sus pescadores y pinaceros. La habitual violencia que se vinculaba al mar se aceptaba con fatalismo, como un inevitable resultado del destino. Con o sin licencia de sus soberanos, abordando a sus victimas sin atender a que llevaran o no salvoconducto, los encuentros en el mar eran frecuentemente incontrolables. Lo que ocurriera en esas ocasiones dificilmente se llegaba a saber. En el siglo XVII la reglamentación estaba más o menos definida, pero los casos de anteriores épocas tenían pocas posibilidades de ser conocidos, Las circunstancias de los encuentros marinos únícamente podemos vislumbrarlas a través de testimoníos legados en pleitos o cuando el caso alcanzaba una resonancia social que obligaba a la investigación. Sólo un bajo porcentaje de quienes sufrieron ataques en el mar sobrevivió a las tropelías sufridas en dichos encuentros. Asimismo, unos pocos afortunados lograron salir con vida tras ser abandonados en islas desiertas tras sufrir algún ataque. En ocasiones excepcionales, algunos testigos supervivientes conseguían llegar a tierra en barcas desguarnecidas y sin aparejos, o contando con una misera vela, al amparo de Dios y a merced de los vientos. No era mejor la suerte de quienes, valorada su pericia en el arte de la navegación, eran obligados a formar parte de la tripulación que les había acosado. Pero existia una suerte más negra y nefasta, que se evitaba por todos los medios al alcance: caer en manos de los turcos, quie¬nes constituían para los cristianos motivo de auténtico terror. Ser apresados por los moros conducía a un cautiverio del que sólo se salvaban quienes disponían de dinero o conseguían recabar la ayuda de instituciones humanitarias. Las cartas de súplicas que los desventurados cautivos podían hacer llegar a sus familias inician un proceso que, en el mejor de los casos, podía durar años antes de la liberación. Cuando el silencio se interpone en las negociaciones, puede tratarse de la señal del fallecimiento del desventurado preso. Los sucesos que han dejado reflejo en algún tipo de documentación sólo nos muestran una ínfima parte del ingente historial protagonizado por piratas y corsarios o, si se quiere, por los marinos que se han enfrentado con sus enemigos declarados u ocasionales, siendo éstos con harta frecuencia sus propios compatriotas. De las noticias que leemos en la documentación, es dificil sacar conclusiones válidas y seguras, porque los relatos son, en la mayor parte de las ocasiones, interesados y se prestan fácilmente al equívoco. Otro aspecto que no conviene olvidar es el relativo a lo que, en términos actuales, se define como "daños colaterales". La población marinera, los pueblos de la costa, honrados mercaderes, humildes pescadores o viajeros accidentales, dejarán su testimonio si logran sobrevivir al ataque de profesionales de la piratería o del corso, o bien de tripulaciones que deciden probar fortuna en actividades irregulares que, en su mayor parte, pasarán desapercibidas para la historia. Dentro del escenario en el que se desarrolló el corso caben todos estos elementos. El panorama lo completan no sólo los elementos fisicos, las rías, puertos y acantilados, la mar brava y el paso de barcos amenazantes que obligan a buscar la cercanía de la costa. La comunidades marineras, los sistemas de vida, la defensa de los espacios económicos, conforman igualmente un escenario que nunca permanece fijo, porque los elementos que modelan están en la mano del hombre, en las líneas de sus destinos y apetencias, en los proyectos que los lanzan al mar abierto y en las añoranzas que los devuelven a sus casas, a los puertos que les dan seguridad, a las siluetas de los montes costeros que les aperciben de la cercanía de los suyos. Esta compleja mezcla de datos fijos y sucesos imprevisibles queda plasmada en los datos, aparentemente irrelevantes, de los protocolos notariales, y en el rico mundo que se vislumbra a través de los múltiples pleitos ocasio¬nados con ocasión de los hechos corsarios. (Azpiazu) Úlima edición por tellagorri fecha: 31/oct/05 a las 13:01. |
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A medida que se aborda la documentación referente al corso, se tiene la impresión de que se trata de un enfrentamiento continuo y que casi no distingue entre enemigos de una u otra procedencia, de uno u otro credo y raza.
Sin duda, los paisanos se respetarian por cercanía, parentesco o sencillamente por miedo a ser reconocidos y proscritos por la comunidad a la que, incluso viviendo en y para el mar, pertenecían y acudían. Los marinos, al fin y al cabo, necesitan de los puertos y de los de tierra adentro para dar salida a las pesquerías, a las mercancías y hasta a las presas obtenidas en corso. No obstante, la VIOLENCIA era una constante en este paisaje de intereses compartidos y poco definidos. Nada raro, por tanto, en lo que le ocurrió a Martín Sánchez de Arbolancha en 1424, cuando, en las costas de Portugal, lo abordaron los genoveses, quienes echaron al mar a toda la tripulación. Pero los puertos eran un terreno abonado al espionaje, y pocas cosas se podían ocultar por mucho tiempo. El hijo de Arbolancha esperó ocho años en tramar la venganza. Quizá el paso del tiempo hizo sentirse confiado a Luquetio Genovés, que era el capitán de las naves piratas responsables del asesinato. El caso es que el vizcaíno lo mató en las mismas gradas sevillanas de Santa Maria. La piratería ha existido siempre y ha afectado a todos los mares, llevándose el grueso de la fama, por considerarlos una nación de piratas, los ingIeses. Pero fue éstos precisamente éstos quienes, debido al interés en mantener la calma en un espacio que comercialmente tenían dominado, pretendieron cambiar de táctica y que la comunidad Internacional considerara el corso como una piratería organizada. No resulta dificil entender que, en el Atlántico. más que perder el tiempo en culparse unos a otros de lo que ocurría, se tomaban posturas prácticas que permitieran tomar parte en el negocio. No podemos sorprendemos de ciertas iniciativas ni de las razones que se aportan para salir de CORSO. En 1630, el donostiarra Fernando de Río Muñoz hace relación de robos y daños que había sufrido de navíos corsarios, lo que le faculta para tomar sus propias medidas: "Querían armar por su quenta algunos vaxeles así redondos como de remo para que salgan en corso por tener práctica en las cosas del mar". Pero el donostiarra se escuda en las oportunas reglamentaciones de corso, haciendo alusión a las Ordenanzas de 14/12/1621. y a otras de 12/9/1624, en que se faculta la lucha contra turcos, moros rebeldes de Holanda y Gelanda. Se alude asimismo a las fianzas que se exigen con el fin de no hacer daño impunemente a amigos y aliados, restricción que nos pone de aviso sobre las prácticas que eran comunes en aquel mundo. El asunto era hacerse con una buena argumentación, o buscar algún resquicio interpretativo que, dada la complicada situación de los pueblos atlánticos, no resultaba dificil. Veamos la referencia que hace el capitán Pablo Salgado de Araujo, Gobernador residente en Donostia, sobre ciertas actividades corsarias del donostiarra Joan de Arriola, quien salió con un barco de guerra a corso el año 1630 y trajo varias presas. Una de las presas llevaba "mercaderías enemigas". pues procedían de Irlanda, país "sujeto al de Inglaterra". Se trata del barco San Buenaventura, y aunque es época de paz, y el barco sea francés, resulta que la hacienda es irlandesa, lo que ya la convierte en posible y legal botin. Los episodios rocambolescos se sucedían en aguas tan turbulentas y con legislaciones poco estables y claras. Gaspar Antonio, soldado en el presidio de FUENTERRABIA, al pedir su parte correspondiente de los beneficios obtenidos por las capturas del San Joseph, fragata de guerra, relata que el encuentro dél que se derivó la ganancia se produjo en las costas rebeldes de Portugal. Se apropiaron de dos navíos franceses con carga de azúcar y diacitrón, provenientes de Madeira y con Saint Malo y La Rochela como destino, y de otra fragata inglesa que dichos franceses traían a su vez apresada y cuyo cargamento consistía en vinos de Málaga. Ante semejante situación, el soldado-corsario aventura que la actuación de la dicha fragata inglesa "parece piratería", pero no cuestiona su propia postura y legalidad en un asunto en el que hicieron negocio de carambola, robando a ladrones. (AZPIAZU) |
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Embarcación que se usaba para atacar desde cerca de los puertos vascos, en corso, a transportes que navegaban cerca.
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La temprana presencia de los vascos en el Mediterráneo en la Baja Edad Media es, sobre todo tras los trabajos de Heers, debidamente conocida. Naturalmente, el fenómeno del corso y de la pirateria era tan común en el mar interior que dificilmente se podía sustraer a intervenir y participar en aquella dinámica, a riesgo de quedar fuera de los circuitos comerciales.
Estas actividades que mezclan transporte, comercio y corso, incluso pirateria. quedan reflejadas por Beatriz Arizaga, quien afirma que "además de ser transportistas y comerciantes, los vizcaínos actúan como piratas, y compaginan perfectamente estas tres actividades, aunque la pirateria esté más unida al transportista que al mercader propiamente dicho, encontramos PIRATAS VASCOS EN TODAS PARTES, tanto en el Mediterráneo robando a mercaderes franceses de Provenza, como en el Atlántico, asaltando a los portugueses en Bretaña". Jacques Bernard habla de una guerra casi endémica. a lo largo de los siglos XV y XVI, lo que favorecía que la violencia fuera algo consolidado, de modo que los marineros se encontraban constantemente con corsarios y piratas. La paz y las treguas no evitaban la violencia, aunque la mitigaban. De hecho, la paz no era garantía de seguridad, pues en tiempo de tregua los corsarios se convertian en piratas, ladrones de mar, se emboscaban en puntos estratégicos, de mucho movimiento comercial, y atacaban a quienes venian, debilitados. de los largos viajes. El CANTÁBRICO sirve de escenario a este tipo de enfrentamientos, según Jules Belasque, desde el siglo XIII. El conflicto se dilucida sobre todo entre Bayona y Biarritz, por una parte, y Santander, Laredo y Castro Urdiales por otra. Según este autor, vizcaínos, portugueses y guipuzcoanos se arreglaban bien con los franceses. Donostia y Hondarribia, en concreto, eran más gasconas que castellanas, pues la mayor parte de los establecimientos comerciales estaban dirigidos por miembros o amigos de las principales familias bayonesas. Fueron Santander, Laredo y Castro quienes se inclinaron por una piratería que es calificada como de una audacia sin 1ímites. Ferreira Priegue, que ha estudiado el comercio marítimo medieval en el Cantábrico en la Edad Media, constata que era común navegar con la mentalidad y disposición de tener en el mar encuentros con los marineros de fortuna, aunque asegura que el ambiente mediterráneo era mucho más beligerante que el cantábrico: "Las presas que se hacían durante el viaje, bien yendo armados en corso o tropezándose con enemigos; los hallazgos de pecios y de mercancías flotando en el mar, el rescate de buques abandonados, se regulaba a veces en ciertas escrituras de fletamento, hechas en Galicia por gallegos que imponen sus condiciones, y lo habitual era repartir el tercio; una cláusula asimilada y también típica de nuestra área, donde la solidarídad entre mercaderes y 'compaña' es mayor que en el Mediterráneo, es la de constituir un frente común contra eventuales enemigos". Por lo visto, el Mediterráneo quedaba significado como campo de batalla, predestinado al enfrentamiento. Un historiador que ha investigado las evoluciones de la actividad corsaria y la mercantil en la zona de ALICANTE constata esta permanente confrontación, situación que convertía a la población de pescadores y marineros de la costa alicantina en los grupos humanos de mayor indice de riesgo. Se observa en dicha costa la presencia de tropelías cometidas incluso por corsaríos castellanos, lo que no descarta la presencia de GENTE VASCA en estas actividades. Ha sido Ferrer Mallol quien ha certificado documentalmente la presencia activa, y eficaz, de corsaríos vascos en el Mediterráneo, y en concreto, ha relatado las insólitas aventuras del vizcaíno PEDRO de LARRAONDO, mercader reconvertido en corsario probablemente a su pesar. Constata esta autora que la presencia de mercaderes vascos en Barcelona se retrotrae a 1340, cuando las noticias de Heers la situaban en 1353. Pero esta presencia se remonta más allá en el tiempo en relación a Mallorca, donde ya se detecta la presencia de vascos en 1321. Afirma Ferrer que con los mercaderes vascos llegaron los corsaríos. Pedro de Larraondo, en concreto, era vecino de Bilbao. Víctima de los catalanes, de atacado pasó a ser agresor, convirtiéndose en el terror de quienes le habían acosado. Éstos no encontraron mejor modo para quitarle de en medio que pactar con los enemigos naturales, los MOROS. Los mercaderes catalanes armaron una flotilla y consiguieron capturar a Larraondo, que fue entregado a los moros. Éstos también tenían cuentas pendientes con el vizcaíno, pues les había arrebatado alguna presa. El corso y la piratería, implantados sistemáticamente, se volvían fmalmente contra todos los intereses comerciales, mientras que la burguesía mercantil soñaba con la paz, única vía que les proporcionaría la ocasión para desarrollar sus negocios. Cuando no se conseguía esta seguridad, los mercaderes intentaron defenderse con apoyo de los monarcas, como ocurrió a finales de la Edad Media en Castilla. Los mercaderes de lana burgaleses, muy interesados en garantizar la seguridad de la ruta hacia el Norte, a donde se destinaban grandes cantidades de sacas de lana, consiguieron que los Reyes Católicos promulgaran en 1492 medios extra¬ordinarios para pacificar este trayecto. Esto no sólo benefició a los burgaleses, sino que afectó positivamente a los marineros vascos, quienes buscaban garantías para sus viajes, en los que se transportaban lana y hierro y de vuelta se traía ropa y trigo. (AZPIAZU) |
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