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Ciudad de México, 12 de Octubre de 2.003 - - - DIOS ES AMOR
A todos vosotros, a los que siempre he querido y llevo en mi corazón, os deseo paz y bien en el Señor Jesús, único Salvador nuestro y felicidad nuestra; a Él sea la gloria por siempre. Os escribo mi primera carta desde México contando mis impresiones. Es lo que voy hacer a partir de ahora con vosotros: os estaré escribiendo para informaros de las cosas que aquí, en la misión, irán sucediendo durante estos años en que el Señor me permita vivir en ella. Os escribiré con un estilo más propio de un diario que de una carta, confiando en que haréis llegar aquellos acontecimientos y sentimientos a cuantas personas he conocido y he amado, y que, como comprenderéis, me es imposible llegar a todas ellas por escrito. Incluyo en la lista de mis seres queridos, además de mi madre (la que ya se tiene ganado el cielo, viéndome partir a lejanas tierras, con sus 84 años), a todos mis familiares y a mis hermanos de Instituto, los Misioneros Combonianos; también a las Religiosas de Clausura, a los muchos Sacerdotes que conozco, y a todo el gran número de amigos y amigas que he conocido en mi vida no sólo en España, sino también en México, Costa Rica, El Salvador y Guatemala. Los que tenéis la posibilidad de fotocopiar estas páginas o usar el correo electrónico, no dejéis de hacerme el favor de hacerlas llegar a todos estos seres queridos y que me han rogado les tuviera en cuenta en mis oraciones. ________________________________________________ http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm ________________________________________________ Mi primera jornada en México Doce de octubre del año 2003. Es el día de Ntra. Sra. del Pilar. Os estoy escribiendo mi primera carta desde México en un día muy especial para mí. Especial porque, en un día muy lejano, el 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón pisaba tierras amerindias, y el capellán de esta primera expedición organizada por el almirante celebraba la Primera Misa en este Continente, para los europeos desconocido... El vuelo de la compañía Aeroméxico ha sido el más corto de todos los que he emprendido a América, y ha sido un viaje directo, sin hacer escala. El viaje ha durado exactamente once horas y diez minutos. A las 14’20 del día 11 el avión despegaba y llegaba a su destino a la 1’30, hora española. Me estaba esperando un misionero italiano que ya conocía, y no tuve problema alguno con los papeles migratorios, tampoco con la aduana. En seguida nos dirigimos a la Casa Provincial y a la casa Seminario de Filosofía, que están juntas. Nos cuesta un poco llegar, porque la ciudad tiene nada más y nada menos que 26 millones de habitantes... La primera vez que llegué a México pasé un mal rato a la salida, pues el comboniano que venía a recogerme no me conocía de nada, ni yo a él. Yo veía a un cierto tipo, muy raro él, que me miraba y se me acercaba sigilosamente, merodeándome. Me habían prevenido desde México para que tuviera mucho cuidado en el aeropuerto con el equipaje personal, pues siempre aparece algún espabiladillo que te da la sorpresa arrebatándote lo que no es suyo..., Cada vez que ese “tipo” intentaba acercárseme, yo más acercaba a mis piernas el equipaje. Por fin, se me acercó y, sin saludar, me dice: “¿No será usted por casualidad un comboniano?”. Respiré fondo, le saludé, y le pregunto: “¿Cómo has sabido que era un comboniano?”. “Muy fácil –me dijo-; te vi que andabas solo, sin mujer ni hijos, y además con barba y con cara de despistado, y me dije: éste tiene que ser un comboniano; me acercaré a preguntarle. Y ya ves que no me he equivocado.” Como ya era noche, me fui a dormir. No tuve problemas para reconciliar el sueño, a pesar de los cambios de horarios, ni tampoco para respirar, a pesar de los 2.300 metros de altura que tiene la ciudad. Al día siguiente ya estaba como nuevo. Me levanté a las 6 de la mañana, algo tarde para los horarios de estas tierras. Primera Misa en México Después de orar más de una hora, -estoy solo y siento una gran paz interior-, y después de desayunar, uno de los hermanos de la comunidad me invita a presidir la Eucaristía en la capilla del Seminario. Se reirán un poco conmigo por el acento español y gallego que tengo -le digo al hermano-, pero así mantendré a la gente más atenta, y no se dormirá en la homilía: acepto. La capilla es enorme; es un auténtico templo, del tamaño de las más grandes iglesias de una ciudad; tiene cuatro filas de bancos y un enorme presbiterio en el que lo ocupan unas 40 personas a cada lado. Llego media hora antes y me pongo a confesar; me siento en el extremo de un banco y la gente se arrodilla en un reclinatorio. Voy confesando a la gente cara a cara, lo mismo hombres que mujeres; esto es normal en todos los ambientes latinoamericanos, sólo “choca” en nuestros ambientes europeos. No sabéis qué mal me he sentido en ciertos confesionarios de Galicia; sucios, oscuros, incómodos, y tan estrechos algunos de ellos, que más me parecía estar dentro de una caja de muerto que de un confesionario... y, por supuesto, sin ver las caras y sin poder imponer las manos al impartir la fórmula de la absolución, como está mandado en la Liturgia. Bien, pues aquí la gente se confiesa, no como en España, y no es porque sean más pecadores los latinoamericanos, sino porque tienen más conciencia del pecado que nosotros, europeos, pues para nosotros todo vale, nada es pecado... Y ésta fue mi primera sorpresa del día. La segunda sorpresa consistió en comprobar que en poco tiempo toda la iglesia se llenó de gente; como los bancos eran insuficientes, el fondo de la iglesia y los pasillos se llenaron de gente; sólo en el presbiterio no se veía gente de pie. Pero mi sorpresa iba creciendo al ver que casi todos los que llenaban el templo era gente joven, muchachos y muchachas, y también niños. Los matrimonios jóvenes y toda esa muchachada le daban un cierto encanto a la celebración de la Eucaristía. Y no olvidéis que estamos en el corazón de una gran ciudad, donde los vicios y las malas costumbres campean muchas veces a sus anchas, no estamos hablando de una parroquia de aldea. Eso sí, casi toda la gente que viene a esta Misa suele ser gente sencilla, no es de la alta sociedad. Con mis seis años en España, ya me estaba acostumbrando a las Misas cortitas, sin cantos ni nada, a esas Misas de media hora o poco más (aunque, para seros sincero, nunca me acostumbré a esa forma de proceder, y siempre he roto la regla, pues creo que la gente se merece mucho más: ¡es el Señor!). Pues bien, la siguiente sorpresa fue comprobar que en la Eucaristía el pueblo no tiene prisas: Moniciones, oraciones de los fieles que parece no tengan fin, muchísimas, pero que muchísimas comuniones, y un montón de cantos... Empiezo la Misa desde el fondo de la iglesia, rociando con agua bendita a la asamblea; voy despacio: Ha empezado el canto de entrada; cuando llegue al altar, pienso yo, el canto finalizará: ¡Qué va! Hasta que no acaban de cantar la última estrofa del canto no comienza la monición de entrada... Todos llevan en la mano su librito de cantos. A mí se me ocurre pensar que el misionero comboniano que está tocando el órgano tendrá el detalle de poner fin a tanta estrofa. ¡Nada de eso! Al contrario, el hermano, emocionado al escuchar el clamor del pueblo, pisa más fuerte el órgano y sus manos recorren ligeras y alegres por todo el teclado, haciéndome recordar a Cantiflas en la película de “El Padrecito” cuando tocaba el órgano; y las estrofas continúan... Así en todos los cantos. Y se canta al entrar, el “Señor, ten piedad”, el “Gloria”, el “Salmo Responsorial”, el “Aleluya”, el “Credo”, en el ofertorio, el “Santo”, el “Padrenuestro”, el “Cordero de Dios”, en la comunión... ¡Uf!, paro ya, que no puedo más. Pero no, aún queda la despedida, un canto a la Virgen porque, además de ser Domingo, estamos en el día 12 de octubre. Y luego están aquellos cantos, aunque breves, que yo suelo introducir de vez en cuando..., como bien sabéis los que más habéis convido conmigo en la evangelización. El ambiente de la Misa es festivo y, a pesar de tantos niños, no hay ruidos en la iglesia. Me llama la atención con qué fuerza responde la asamblea a las oraciones de la Misa. En España, uno de mis “enfados” era precisamente constatar que la gente no responde, o lo hace en voz muy bajita y con una desgana que desanima a cualquier misionero de paso... Durante el Padrenuestro suelo, a veces, invitar a los niños a subir al altar para que recen el Padrenuestro rodeando el altar y con las manos juntas. Y lo mismo hice en esta ocasión. Yo creo que debía estar distraído, pues me estaba olvidando que me encontraba en México, y que, por tanto, los niños eran muchos... Pero ya era tarde: Tan pronto dije que se acercaran los niños, aquello fue una auténtica invasión de “peques” y adolescentes; no me tiraron el altar porque era de piedra. En un momento llegué a creer que los candelabros, macetas y otros adornos del presbiterio iban a saltar por los aires; por fortuna, nada de eso ocurrió, y así, todos los niños con las manos juntas, rodeando el altar en varias círculos, invocaron con toda la asamblea a su Padrecito Dios. Y Éste, observándolo todo desde el Cielo, y lleno de ternura, se conmovió profundamente. Conforme íbamos introduciéndonos en el Misterio de Amor tan grande de la Eucaristía, me iba olvidando de España. Presidí la Misa como Dios manda, y mi corazón se iba llenando de una gran paz. Me sentía inundado del Espíritu Santo. Precisamente, al terminar la Eucaristía, una familia se me acerca para decirme que habían notado en mí la presencia del Espíritu Santo, que se me notaba “algo” en mí durante la Misa que lo transmitía a la asamblea... Yo dije a los miembros de esta familia (un matrimonio y sus tres hijas, ya señoritas) que posiblemente ellos pertenecían a la Renovación Carismática, y que yo también pertenecía, y que en todos los que la Renovación del Espíritu entró en ellos existen unos sentimientos comunes que nos identifica, que se nos nota; bueno, eso es al menos lo que nos dicen... Algo parecido me pasó en Barcelona cuando regresé de Guatemala para quedarme en España. Después de celebrar la primera Misa, unas personas se me acercaron para preguntarme si yo pertenecía a la Renovación, pues acababan de vivir una Eucaristía muy especial. Después de despedir a todos al terminar la Misa, y de dar bendiciones a la gente que me lo pedía, me fui a dar una vuelta por los jardines y huertos de nuestra finca. Es muy grande, y como estamos en tiempos de lluvia, está todo muy verde, pero la tierra está sin cultivar, de modo que todo se ve frondoso y medio salvaje. Una pareja de gamos y unos doce pavos reales (los que pude alcanzar a ver) andan sueltos por la finca y llegan hasta los edificios de nuestras casas. Paseando por los lugares más recónditos descubro una gran gruta con un altar para la Misa, una hermosa imagen de la Virgen de Guadalupe y unos 50 asientos de madera para nuestros seminaristas de Filosofía. Me recojo un poco en oración y sigo caminando. Ciudad de México, 13 de octubre de 2003 Por la mañana he estado fuera arreglando mis papeles migratorios para mi permanencia en el país. Al regreso me comunican que el Sr. Obispo de Tuxtepec, el que va a ser mi obispo, ha telefoneado para decir que acepte predicar la homilía sobre San Daniel Comboni en la Misa de acción de gracias por su canonización en la Catedral de la diócesis el próximo viernes. Como el Señor me está dando una oportunidad más de anunciarle a Él, me serviré de su siervo San Daniel Comboni, para hacerlo: He aceptado la invitación..., por eso partiré para Tuxtepec en estos días. Me esperan ocho horas de viaje. Por el momento termino aquí mis narraciones, esperando seguir escribiéndoos como lo acabo de hacer ahora. A veces seré más breve. Que el señor os bendiga a cada uno y os proteja; que os dé su gracia. Que os muestre su rostro y os conceda la paz. Y que la Madre de Dios también os acompañe con su materna protección. Un abrazo de vuestro P. Damián Bruyel Pérez. Misionero Comboniano S. Pedro Sochiapam, 24 de octubre de 2003 DIOS ES AMOR RUMBO A S. PEDRO SOCHIAPAM Tuxtepec El día 15, fiesta de Sta. Teresa de Jesús, he emprendido el viaje a S. Pedro Sochiapam, en el corazón de la sierra chinanteca, lugar donde los Superiores me han destinado a trabajar durante estos años. Ya había trabajado siete años en esta misión, desde 1980 a 1987. Se trata de un viaje relámpago, de diez días, sólo para hacerme presente, pues debo volver lo antes posible a la ciudad de México para recoger mis papeles migratorios con las autoridades. Me acompaña en este viaje el P. Francisco Gaspar, misionero español, que también ha sido destinado a México; lo llevo a conocer nuestra misión comboniana en Tuxtepec y también la de Usila, que fue también nuestra y que ahora ha sido entregada al clero de la diócesis, misión en la que también yo trabajé aquellos siete años, cuando Usila y Sochiapam eran la misma misión. ¡Treinta años tenía cuando llegué a estas tierras! Los años no han pasado en balde, y los cambios se hacen notar en la población, unos para bien, otros para mal. La parroquia o misión de Tuxtepec no es la misma que teníamos cuando los Misioneros Combonianos llegamos a la Chinantla; aquella, del Sagrado Corazón, ya se entregó al clero local. La parroquia actual está formada por varias colonias o barriadas de la ciudad de Tuxtepec y varios poblados, que aquí en México llaman rancherías. Las colonias apenas se están formando; sus habitantes vienen de todas partes, con culturas, lenguas y costumbres bien distintas unas de otras; no existe una identidad bien definida como comunidad, ni en lo civil ni en lo religioso, y la pobreza es inmensa. Es el problema de las grandes ciudades de todo el mundo. Tuxtepec tiene aproximadamente 500.000 habitantes, mayoría de origen Indígena (indio) o autóctono. En cambio la pastoral en los poblados transcurre con normalidad. Las misiones del interior, como Usila o Sochiapam, no tienen esos problemas de la ciudad, aunque sí otros, no menos graves, como ya os contaré en otra ocasión. El viernes, día 17, se celebró una Eucaristía en la catedral de Tuxtepec en acción de gracias por la reciente canonización de Daniel Comboni. Estaban presentes casi todos los sacerdotes de la diócesis y una representación de fieles de cada parroquia, casi todos gente comprometida con la Iglesia El Sr. Obispo me había pedido por teléfono unos días antes que le predicase en la homilía de la Misa; no tuve el valor de decirle que no, además, qué bonita ocasión de hablar de Cristo con motivo de S. Daniel Comboni... La mayor satisfacción de un misionero es que le permitan hablar de su Señor. Y yo, como estoy convencido de que quien habla en estas ocasiones no es P. Damián, sino el Espíritu Santo, pues al Sr. Obispo le dije que contara conmigo. En Tuxtepec encontré muchos viejos amigos, Sacerdotes, Diáconos Permanentes, Catequistas y otros agentes de evangelización. Me dio mucha alegría volver a verlos. A pesar de que han transcurrido 17 años desde que dejé la Chinantla (región geográfica de los Chinantecos), la gente aún se acordaba de mí. Usila Después de comer, emprendimos el viaje a Usila en una microbús en bastante buen estado; tardamos en llegar un poco más de cinco horas. El camino no os lo podéis ni imaginar: atravesamos algunos pequeños ríos, así como grandes charcos de agua y barro; a causa de las lluvias, en muchos sitios no había más que piedras y hoyos; los brincos que dábamos en el asiento eran impresionantes. Todo el viaje a través de la montaña, al lado de grandes precipicios. En algunos momentos llegué a tener miedo, porque pensaba que nos volcábamos; la gente iba tranquila, pero yo no. Esta carretera es nueva para mí, pues antes el recorrido a Usila lo hacíamos a pie o a caballo, (y algunas veces en avioneta) después de recorrer unas dos horas en un “autobús” todo destartalado. El recorrido a pie se hacía en no menos de diez horas; había que cruzar varios ríos, y con frecuencia ocurría que algunos no se podían cruzar ni a pie, ni a caballo ni en balsa, por el desbordamiento de sus aguas, y entonces te veías obligado a esperar en algún poblado a que las aguas bajaran y así poder continuar a Usila. Posteriormente, varios de estos poblados quedaron anegados bajo las aguas a causa de un enorme embalse que el gobierno construyó, y entonces la gente comenzó a viajar durante dos horas en una lancha con motor desde un pueblito cerca de Tuxtepec hasta llegar a un poblado distante a tres horas a pie de Usila. Al llegar la carretera, este medio fluvial quedó descartado por lo caro que era y porque todavía había que caminar tres horas para llegar a Usila. El trayecto por la gran presa es, sin embargo, de una gran belleza, y bien vale la pena realizarlo alguna vez; tuve oportunidad de hacerlo en una ocasión con motivo de la ordenación sacerdotal de un Comboniano de Usila; el viaje a través de las aguas me hizo recordar el primer viaje que hizo S. Daniel Comboni al África, cuando él nos va narrando la exuberante vegetación y las muchas aves y otros animales a las orillas de río Nilo en el sur del Sudán... Al llegar a Usila, 9 de la noche, ya todos estaban durmiendo. Al día siguiente pude comprobar con sorpresa lo mucho que había cambiado el pueblo: Había dejado un pueblo de 5.000 habitantes habitando en sus típicas casitas o chozas de palos con tejados de hierba seca, y ahora me encontraba con un bonito pueblo de 8.000 habitantes, con calles y aceras pavimentadas y con todas las casas construidas de cemento, pero ya no del tamaño de la tradicional choza, sino con varias habitaciones. Todas las calles, muy anchas, y las casas se ven limpias; no se ve basura por ningún lado. Calles amplias donde no se ve ningún coche, pero montones de bicicletas circulan por doquier. A través de dos muros de contención los usileños han logrado detener el avance del río grande dentro del poblado, de forma que han recuperado una antigua calle que el río había hecho desaparecer hace muchos años, y en los terrenos recuperados, ahora rellenados de tierra, piedra y grava, han construido un hermoso palacio municipal, y están haciendo campos deportivos, entre otras cosas. También me ha llamado la atención las muchas tiendas de productos básicos que existen ahora en Usila; se encuentra prácticamente de todo, por eso ahora baja mucha gente de los poblados vecinos para comprar, de tal forma que Usila se está convirtiendo en un centro comercial de cierta importancia. Y lo mejor de todo es que las tiendas son todas de los usileños. Cuando el 30 de noviembre de 1986 me despedí de Usila, al terminar la Misa les dije que algún día llegaría la carretera, y que tuvieran mucho cuidado en no vender propiedades ni casas a gente de fuera, porque la riqueza iría a parar a los de fuera, y no a los de Usila, quedando más pobres que nunca; en la vecina Jalapa de Díaz, por ejemplo, los Mazatecos, al llegar la carretera a su comunidad, vendieron sus tierras a los de fuera, los cuales pusieron tiendas, metieron ganado y se hicieron ricos a costa de los Mazatecos; como a éstos les ofrecían dinero por sus propiedades, la tentación para ellos fue vender cuanto pudieron, pero ahora son los más pobres y los más explotados, ¡ellos, los que antes eran dueños y señores de sus tierras, ahora convertidos en siervos de los mestizos venidos de otras tierras! Qué alegría sentí cuando pude comprobar por mí mismo que todos los comercios en Usila, todos sin excepción, son de los Chinantecos, habitantes de Usila. He notado otros muchos cambios, no sólo en Usila, sino también en las demás comunidades de la sierra. De todas formas, a pesar de todos los cambios “externos”, la gente sigue siendo la misma; su idiosincrasia, su forma de concebir la vida y la religión no ha cambiado mucho. Mucha gente vino a saludarme al día siguiente de nuestra llegada, porque la noticia de que “m´chie Dambián” había regresado se había extendido con rapidez. El domingo, el P. Francisco y yo celebramos dos Misas en la comunidad, mientras que el párroco aprovechaba de nuestra estancia en Usila para visitar otras dos comunidades y celebrar en Usila por la tarde. Tlacoatzintepec, Quetzalapa, Sochiapam Los nombres de los pueblos os pueden resultar muy raros. Son nombres indígenas, pero no precisamente “chinantecos”, que ellos usan otros nombres en sus propias lenguas, sino de origen “mexica”, la etnia que conquistó y ocupó la Chinantla antes de la llegada de Hernán Cortés. Los Misioneros españoles añadieron delante el nombre de un santo, quedando de la forma siguiente: S. Felipe y Santiago Usila, S. Juan Tlacoatzintepec, Santiago Quetzalapa, S. Pedro Sochiapam, Sta. Cruz Tepetotutla, Santiago Tlatepuzco, S. Juan Zapotitlam, etc. El mismo día domingo yo me fui a Tlacoatzintepec, mientras que el P. Francisco se quedaba en Usila para regresar al día siguiente a la ciudad de México. El viaje, que antes se hacía a pie durante tres horas y media, ahora lo hacía en poco más de una hora y en autobús. También aquí encontré esta cabecera municipal muy cambiada, al estilo de Usila, aunque ubicada no en un valle, sino en plena montaña. Mi sorpresa aquí fue encontrarme con la antigua y enorme iglesia colonial, antes en ruinas, ahora completamente restaurada. Celebré la Misa por la tarde; vino mucha gente, más de la que solía venir en mis años pasados. Vi caras nuevas entre la gente adulta; los Catequistas me explicaron que muchas familias protestantes estaban regresando a la Iglesia Católica desde algún tiempo, cosa que me alegró. En Usila está pasando algo parecido, pero entre los jóvenes. Al día siguiente emprendí el camino hacia Quetzalapa. Comenzaba mi vía crucis... Después de 17 años sin caminar por lugares tan quebrados como éstos, el camino a Quetzalapa se convirtió para mí una cruz, y bien pesada. La primera subida la pude aguantar, pero luego había otra, la principal, en la que ya no podía más; parecía que el hígado, riñones y corazón me salían por la boca... Pero lo peor fue la bajada al poblado, que está en un valle como el de Usila; ya no me cansaba, pero casi no podía caminar porque me temblaban y me dolían las piernas como no os podéis imaginar. Me acompañaban los dos sacristanes de Tlacoatzintepec, pero al llegar a los límites de las tierras de Quetzalapa se volvieron a su tierra y me dejaron solo y cargado con dos bolsas, pues desde hace tiempo ambos pueblos están peleados por causa de las tierras; ya sabéis, lo de siempre, como el problema de Israel y Palestina, pero en pequeño... En el momento que estoy escribiendo es día 25, y ya comienzo a recuperarme de mi primer viaje a pie; ¡y pensar que antes caminaba desde Usila hasta Sochiapam!, pero antes yo andaba por mis treinta y pico de años, y caminar o ir a caballo era lo normal. El pueblo de Quetzalapa es el más pobre de las dos parroquias de Usila y Sochiapam. Ha mejorado también su forma de vivir, pero aún le falta mucho. En cuanto a lo religioso, lo he encontrado muy superficial; los jóvenes se pasan la Misa riendo, y muchos de ellos ni siquiera entran a la iglesia; antes era el pueblo más religioso, tanto es así que, cuando llegaba el misionero, la gente pasaba horas y horas en la iglesia para las diversas actividades que con ellos organizábamos, y eso porque ellos mismos nos lo exigían. Echo en falta la influencia de los Ancianos; algunos de éstos ya han muerto y otros están enfermos; los que quedan ya no tiene tanto peso y tanta influencia como en el pasado, y los jóvenes se ríen de ellos porque muchos no saben leer ni escribir. En realidad, éste es un problema que he detectado en los pocos pueblos que he visitado. También en Sochiapam. Crisis de autoridad. Como no podía casi ni moverme, decidí pasar dos días enteros en Quetzalapa. Los de Sochiapam, al enterarse de mi llegada, me mandaron un guía y un caballo, lo que mucho agradecí, porque para llegar a Sochiapam hay que subir una cuesta en zig-zag ¡de dos horas!, una subida que ni el caballo aguantaba ya. El camino a Sochiapam es uno de los peores, no sólo por la pendiente resbalosa, sino también por el barro y por las piedras. Sobre S. Pedro Sochiapam os contaré otro día. Tiempo habrá para ello. P. Damián Bruyel, Misionero Comboniano |
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> invitado ha escrito:
> Ciudad de México, 12 de Octubre de 2.003 - - - DIOS ES AMOR > > A todos vosotros, a los que siempre he querido y llevo en mi corazón, os deseo paz y bien en el Señor Jesús, único Salvador nuestro y felicidad nuestra; a Él sea la gloria por siempre. > > Os escribo mi primera carta desde México contando mis impresiones. Es lo que voy hacer a partir de ahora con vosotros: os estaré escribiendo para informaros de las cosas que aquí, en la misión, irán sucediendo durante estos años en que el Señor me permita vivir en ella. Os escribiré con un estilo más propio de un diario que de una carta, confiando en que haréis llegar aquellos acontecimientos y sentimientos a cuantas personas he conocido y he amado, y que, como comprenderéis, me es imposible llegar a todas ellas por escrito. > > Incluyo en la lista de mis seres queridos, además de mi madre (la que ya se tiene ganado el cielo, viéndome partir a lejanas tierras, con sus 84 años), a todos mis familiares y a mis hermanos de Instituto, los Misioneros Combonianos; también a las Religiosas de Clausura, a los muchos Sacerdotes que conozco, y a todo el gran número de amigos y amigas que he conocido en mi vida no sólo en España, sino también en México, Costa Rica, El Salvador y Guatemala. Los que tenéis la posibilidad de fotocopiar estas páginas o usar el correo electrónico, no dejéis de hacerme el favor de hacerlas llegar a todos estos seres queridos y que me han rogado les tuviera en cuenta en mis oraciones. > > ________________________________________________ > > http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm > ________________________________________________ > > Mi primera jornada en México > Doce de octubre del año 2003. Es el día de Ntra. Sra. del Pilar. > > Os estoy escribiendo mi primera carta desde México en un día muy especial para mí. Especial porque, en un día muy lejano, el 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón pisaba tierras amerindias, y el capellán de esta primera expedición organizada por el almirante celebraba la Primera Misa en este Continente, para los europeos desconocido... > > El vuelo de la compañía Aeroméxico ha sido el más corto de todos los que he emprendido a América, y ha sido un viaje directo, sin hacer escala. El viaje ha durado exactamente once horas y diez minutos. A las 14’20 del día 11 el avión despegaba y llegaba a su destino a la 1’30, hora española. Me estaba esperando un misionero italiano que ya conocía, y no tuve problema alguno con los papeles migratorios, tampoco con la aduana. En seguida nos dirigimos a la Casa Provincial y a la casa Seminario de Filosofía, que están juntas. Nos cuesta un poco llegar, porque la ciudad tiene nada más y nada menos que 26 millones de habitantes... > > La primera vez que llegué a México pasé un mal rato a la salida, pues el comboniano que venía a recogerme no me conocía de nada, ni yo a él. Yo veía a un cierto tipo, muy raro él, que me miraba y se me acercaba sigilosamente, merodeándome. Me habían prevenido desde México para que tuviera mucho cuidado en el aeropuerto con el equipaje personal, pues siempre aparece algún espabiladillo que te da la sorpresa arrebatándote lo que no es suyo..., Cada vez que ese “tipo” intentaba acercárseme, yo más acercaba a mis piernas el equipaje. Por fin, se me acercó y, sin saludar, me dice: “¿No será usted por casualidad un comboniano?”. Respiré fondo, le saludé, y le pregunto: “¿Cómo has sabido que era un comboniano?”. “Muy fácil –me dijo-; te vi que andabas solo, sin mujer ni hijos, y además con barba y con cara de despistado, y me dije: éste tiene que ser un comboniano; me acercaré a preguntarle. Y ya ves que no me he equivocado.” > > Como ya era noche, me fui a dormir. No tuve problemas para reconciliar el sueño, a pesar de los cambios de horarios, ni tampoco para respirar, a pesar de los 2.300 metros de altura que tiene la ciudad. Al día siguiente ya estaba como nuevo. Me levanté a las 6 de la mañana, algo tarde para los horarios de estas tierras. > > Primera Misa en México > > Después de orar más de una hora, -estoy solo y siento una gran paz interior-, y después de desayunar, uno de los hermanos de la comunidad me invita a presidir la Eucaristía en la capilla del Seminario. Se reirán un poco conmigo por el acento español y gallego que tengo -le digo al hermano-, pero así mantendré a la gente más atenta, y no se dormirá en la homilía: acepto. > > La capilla es enorme; es un auténtico templo, del tamaño de las más grandes iglesias de una ciudad; tiene cuatro filas de bancos y un enorme presbiterio en el que lo ocupan unas 40 personas a cada lado. Llego media hora antes y me pongo a confesar; me siento en el extremo de un banco y la gente se arrodilla en un reclinatorio. Voy confesando a la gente cara a cara, lo mismo hombres que mujeres; esto es normal en todos los ambientes latinoamericanos, sólo “choca” en nuestros ambientes europeos. No sabéis qué mal me he sentido en ciertos confesionarios de Galicia; sucios, oscuros, incómodos, y tan estrechos algunos de ellos, que más me parecía estar dentro de una caja de muerto que de un confesionario... y, por supuesto, sin ver las caras y sin poder imponer las manos al impartir la fórmula de la absolución, como está mandado en la Liturgia. > > Bien, pues aquí la gente se confiesa, no como en España, y no es porque sean más pecadores los latinoamericanos, sino porque tienen más conciencia del pecado que nosotros, europeos, pues para nosotros todo vale, nada es pecado... Y ésta fue mi primera sorpresa del día. > > La segunda sorpresa consistió en comprobar que en poco tiempo toda la iglesia se llenó de gente; como los bancos eran insuficientes, el fondo de la iglesia y los pasillos se llenaron de gente; sólo en el presbiterio no se veía gente de pie. Pero mi sorpresa iba creciendo al ver que casi todos los que llenaban el templo era gente joven, muchachos y muchachas, y también niños. Los matrimonios jóvenes y toda esa muchachada le daban un cierto encanto a la celebración de la Eucaristía. Y no olvidéis que estamos en el corazón de una gran ciudad, donde los vicios y las malas costumbres campean muchas veces a sus anchas, no estamos hablando de una parroquia de aldea. Eso sí, casi toda la gente que viene a esta Misa suele ser gente sencilla, no es de la alta sociedad. > > Con mis seis años en España, ya me estaba acostumbrando a las Misas cortitas, sin cantos ni nada, a esas Misas de media hora o poco más (aunque, para seros sincero, nunca me acostumbré a esa forma de proceder, y siempre he roto la regla, pues creo que la gente se merece mucho más: ¡es el Señor!). Pues bien, la siguiente sorpresa fue comprobar que en la Eucaristía el pueblo no tiene prisas: Moniciones, oraciones de los fieles que parece no tengan fin, muchísimas, pero que muchísimas comuniones, y un montón de cantos... > > Empiezo la Misa desde el fondo de la iglesia, rociando con agua bendita a la asamblea; voy despacio: Ha empezado el canto de entrada; cuando llegue al altar, pienso yo, el canto finalizará: ¡Qué va! Hasta que no acaban de cantar la última estrofa del canto no comienza la monición de entrada... Todos llevan en la mano su librito de cantos. A mí se me ocurre pensar que el misionero comboniano que está tocando el órgano tendrá el detalle de poner fin a tanta estrofa. ¡Nada de eso! Al contrario, el hermano, emocionado al escuchar el clamor del pueblo, pisa más fuerte el órgano y sus manos recorren ligeras y alegres por todo el teclado, haciéndome recordar a Cantiflas en la película de “El Padrecito” cuando tocaba el órgano; y las estrofas continúan... Así en todos los cantos. Y se canta al entrar, el “Señor, ten piedad”, el “Gloria”, el “Salmo Responsorial”, el “Aleluya”, el “Credo”, en el ofertorio, el “Santo”, el “Padrenuestro”, el “Cordero de Dios”, en la comunión... ¡Uf!, paro ya, que no puedo más. Pero no, aún queda la despedida, un canto a la Virgen porque, además de ser Domingo, estamos en el día 12 de octubre. Y luego están aquellos cantos, aunque breves, que yo suelo introducir de vez en cuando..., como bien sabéis los que más habéis convido conmigo en la evangelización. > > El ambiente de la Misa es festivo y, a pesar de tantos niños, no hay ruidos en la iglesia. Me llama la atención con qué fuerza responde la asamblea a las oraciones de la Misa. En España, uno de mis “enfados” era precisamente constatar que la gente no responde, o lo hace en voz muy bajita y con una desgana que desanima a cualquier misionero de paso... > > Durante el Padrenuestro suelo, a veces, invitar a los niños a subir al altar para que recen el Padrenuestro rodeando el altar y con las manos juntas. Y lo mismo hice en esta ocasión. Yo creo que debía estar distraído, pues me estaba olvidando que me encontraba en México, y que, por tanto, los niños eran muchos... Pero ya era tarde: Tan pronto dije que se acercaran los niños, aquello fue una auténtica invasión de “peques” y adolescentes; no me tiraron el altar porque era de piedra. En un momento llegué a creer que los candelabros, macetas y otros adornos del presbiterio iban a saltar por los aires; por fortuna, nada de eso ocurrió, y así, todos los niños con las manos juntas, rodeando el altar en varias círculos, invocaron con toda la asamblea a su Padrecito Dios. Y Éste, observándolo todo desde el Cielo, y lleno de ternura, se conmovió profundamente. > > Conforme íbamos introduciéndonos en el Misterio de Amor tan grande de la Eucaristía, me iba olvidando de España. Presidí la Misa como Dios manda, y mi corazón se iba llenando de una gran paz. Me sentía inundado del Espíritu Santo. > > Precisamente, al terminar la Eucaristía, una familia se me acerca para decirme que habían notado en mí la presencia del Espíritu Santo, que se me notaba “algo” en mí durante la Misa que lo transmitía a la asamblea... Yo dije a los miembros de esta familia (un matrimonio y sus tres hijas, ya señoritas) que posiblemente ellos pertenecían a la Renovación Carismática, y que yo también pertenecía, y que en todos los que la Renovación del Espíritu entró en ellos existen unos sentimientos comunes que nos identifica, que se nos nota; bueno, eso es al menos lo que nos dicen... Algo parecido me pasó en Barcelona cuando regresé de Guatemala para quedarme en España. Después de celebrar la primera Misa, unas personas se me acercaron para preguntarme si yo pertenecía a la Renovación, pues acababan de vivir una Eucaristía muy especial. > > Después de despedir a todos al terminar la Misa, y de dar bendiciones a la gente que me lo pedía, me fui a dar una vuelta por los jardines y huertos de nuestra finca. Es muy grande, y como estamos en tiempos de lluvia, está todo muy verde, pero la tierra está sin cultivar, de modo que todo se ve frondoso y medio salvaje. Una pareja de gamos y unos doce pavos reales (los que pude alcanzar a ver) andan sueltos por la finca y llegan hasta los edificios de nuestras casas. Paseando por los lugares más recónditos descubro una gran gruta con un altar para la Misa, una hermosa imagen de la Virgen de Guadalupe y unos 50 asientos de madera para nuestros seminaristas de Filosofía. Me recojo un poco en oración y sigo caminando. > > Ciudad de México, 13 de octubre de 2003 > > Por la mañana he estado fuera arreglando mis papeles migratorios para mi permanencia en el país. Al regreso me comunican que el Sr. Obispo de Tuxtepec, el que va a ser mi obispo, ha telefoneado para decir que acepte predicar la homilía sobre San Daniel Comboni en la Misa de acción de gracias por su canonización en la Catedral de la diócesis el próximo viernes. Como el Señor me está dando una oportunidad más de anunciarle a Él, me serviré de su siervo San Daniel Comboni, para hacerlo: He aceptado la invitación..., por eso partiré para Tuxtepec en estos días. Me esperan ocho horas de viaje. > > Por el momento termino aquí mis narraciones, esperando seguir escribiéndoos como lo acabo de hacer ahora. A veces seré más breve. > > Que el señor os bendiga a cada uno y os proteja; que os dé su gracia. Que os muestre su rostro y os conceda la paz. Y que la Madre de Dios también os acompañe con su materna protección. Un abrazo de vuestro > > P. Damián Bruyel Pérez. Misionero Comboniano > > S. Pedro Sochiapam, 24 de octubre de 2003 DIOS ES AMOR > > RUMBO A S. PEDRO SOCHIAPAM > Tuxtepec > > El día 15, fiesta de Sta. Teresa de Jesús, he emprendido el viaje a S. Pedro Sochiapam, en el corazón de la sierra chinanteca, lugar donde los Superiores me han destinado a trabajar durante estos años. Ya había trabajado siete años en esta misión, desde 1980 a 1987. Se trata de un viaje relámpago, de diez días, sólo para hacerme presente, pues debo volver lo antes posible a la ciudad de México para recoger mis papeles migratorios con las autoridades. Me acompaña en este viaje el P. Francisco Gaspar, misionero español, que también ha sido destinado a México; lo llevo a conocer nuestra misión comboniana en Tuxtepec y también la de Usila, que fue también nuestra y que ahora ha sido entregada al clero de la diócesis, misión en la que también yo trabajé aquellos siete años, cuando Usila y Sochiapam eran la misma misión. ¡Treinta años tenía cuando llegué a estas tierras! Los años no han pasado en balde, y los cambios se hacen notar en la población, unos para bien, otros para mal. > > La parroquia o misión de Tuxtepec no es la misma que teníamos cuando los Misioneros Combonianos llegamos a la Chinantla; aquella, del Sagrado Corazón, ya se entregó al clero local. La parroquia actual está formada por varias colonias o barriadas de la ciudad de Tuxtepec y varios poblados, que aquí en México llaman rancherías. Las colonias apenas se están formando; sus habitantes vienen de todas partes, con culturas, lenguas y costumbres bien distintas unas de otras; no existe una identidad bien definida como comunidad, ni en lo civil ni en lo religioso, y la pobreza es inmensa. Es el problema de las grandes ciudades de todo el mundo. Tuxtepec tiene aproximadamente 500.000 habitantes, mayoría de origen Indígena (indio) o autóctono. En cambio la pastoral en los poblados transcurre con normalidad. Las misiones del interior, como Usila o Sochiapam, no tienen esos problemas de la ciudad, aunque sí otros, no menos graves, como ya os contaré en otra ocasión. > > El viernes, día 17, se celebró una Eucaristía en la catedral de Tuxtepec en acción de gracias por la reciente canonización de Daniel Comboni. Estaban presentes casi todos los sacerdotes de la diócesis y una representación de fieles de cada parroquia, casi todos gente comprometida con la Iglesia El Sr. Obispo me había pedido por teléfono unos días antes que le predicase en la homilía de la Misa; no tuve el valor de decirle que no, además, qué bonita ocasión de hablar de Cristo con motivo de S. Daniel Comboni... La mayor satisfacción de un misionero es que le permitan hablar de su Señor. Y yo, como estoy convencido de que quien habla en estas ocasiones no es P. Damián, sino el Espíritu Santo, pues al Sr. Obispo le dije que contara conmigo. > > En Tuxtepec encontré muchos viejos amigos, Sacerdotes, Diáconos Permanentes, Catequistas y otros agentes de evangelización. Me dio mucha alegría volver a verlos. A pesar de que han transcurrido 17 años desde que dejé la Chinantla (región geográfica de los Chinantecos), la gente aún se acordaba de mí. > > Usila > Después de comer, emprendimos el viaje a Usila en una microbús en bastante buen estado; tardamos en llegar un poco más de cinco horas. El camino no os lo podéis ni imaginar: atravesamos algunos pequeños ríos, así como grandes charcos de agua y barro; a causa de las lluvias, en muchos sitios no había más que piedras y hoyos; los brincos que dábamos en el asiento eran impresionantes. Todo el viaje a través de la montaña, al lado de grandes precipicios. En algunos momentos llegué a tener miedo, porque pensaba que nos volcábamos; la gente iba tranquila, pero yo no. > > Esta carretera es nueva para mí, pues antes el recorrido a Usila lo hacíamos a pie o a caballo, (y algunas veces en avioneta) después de recorrer unas dos horas en un “autobús” todo destartalado. El recorrido a pie se hacía en no menos de diez horas; había que cruzar varios ríos, y con frecuencia ocurría que algunos no se podían cruzar ni a pie, ni a caballo ni en balsa, por el desbordamiento de sus aguas, y entonces te veías obligado a esperar en algún poblado a que las aguas bajaran y así poder continuar a Usila. > > Posteriormente, varios de estos poblados quedaron anegados bajo las aguas a causa de un enorme embalse que el gobierno construyó, y entonces la gente comenzó a viajar durante dos horas en una lancha con motor desde un pueblito cerca de Tuxtepec hasta llegar a un poblado distante a tres horas a pie de Usila. Al llegar la carretera, este medio fluvial quedó descartado por lo caro que era y porque todavía había que caminar tres horas para llegar a Usila. El trayecto por la gran presa es, sin embargo, de una gran belleza, y bien vale la pena realizarlo alguna vez; tuve oportunidad de hacerlo en una ocasión con motivo de la ordenación sacerdotal de un Comboniano de Usila; el viaje a través de las aguas me hizo recordar el primer viaje que hizo S. Daniel Comboni al África, cuando él nos va narrando la exuberante vegetación y las muchas aves y otros animales a las orillas de río Nilo en el sur del Sudán... > > Al llegar a Usila, 9 de la noche, ya todos estaban durmiendo. Al día siguiente pude comprobar con sorpresa lo mucho que había cambiado el pueblo: Había dejado un pueblo de 5.000 habitantes habitando en sus típicas casitas o chozas de palos con tejados de hierba seca, y ahora me encontraba con un bonito pueblo de 8.000 habitantes, con calles y aceras pavimentadas y con todas las casas construidas de cemento, pero ya no del tamaño de la tradicional choza, sino con varias habitaciones. Todas las calles, muy anchas, y las casas se ven limpias; no se ve basura por ningún lado. Calles amplias donde no se ve ningún coche, pero montones de bicicletas circulan por doquier. > > A través de dos muros de contención los usileños han logrado detener el avance del río grande dentro del poblado, de forma que han recuperado una antigua calle que el río había hecho desaparecer hace muchos años, y en los terrenos recuperados, ahora rellenados de tierra, piedra y grava, han construido un hermoso palacio municipal, y están haciendo campos deportivos, entre otras cosas. También me ha llamado la atención las muchas tiendas de productos básicos que existen ahora en Usila; se encuentra prácticamente de todo, por eso ahora baja mucha gente de los poblados vecinos para comprar, de tal forma que Usila se está convirtiendo en un centro comercial de cierta importancia. Y lo mejor de todo es que las tiendas son todas de los usileños. > > Cuando el 30 de noviembre de 1986 me despedí de Usila, al terminar la Misa les dije que algún día llegaría la carretera, y que tuvieran mucho cuidado en no vender propiedades ni casas a gente de fuera, porque la riqueza iría a parar a los de fuera, y no a los de Usila, quedando más pobres que nunca; en la vecina Jalapa de Díaz, por ejemplo, los Mazatecos, al llegar la carretera a su comunidad, vendieron sus tierras a los de fuera, los cuales pusieron tiendas, metieron ganado y se hicieron ricos a costa de los Mazatecos; como a éstos les ofrecían dinero por sus propiedades, la tentación para ellos fue vender cuanto pudieron, pero ahora son los más pobres y los más explotados, ¡ellos, los que antes eran dueños y señores de sus tierras, ahora convertidos en siervos de los mestizos venidos de otras tierras! Qué alegría sentí cuando pude comprobar por mí mismo que todos los comercios en Usila, todos sin excepción, son de los Chinantecos, habitantes de Usila. > > He notado otros muchos cambios, no sólo en Usila, sino también en las demás comunidades de la sierra. De todas formas, a pesar de todos los cambios “externos”, la gente sigue siendo la misma; su idiosincrasia, su forma de concebir la vida y la religión no ha cambiado mucho. > > Mucha gente vino a saludarme al día siguiente de nuestra llegada, porque la noticia de que “m´chie Dambián” había regresado se había extendido con rapidez. El domingo, el P. Francisco y yo celebramos dos Misas en la comunidad, mientras que el párroco aprovechaba de nuestra estancia en Usila para visitar otras dos comunidades y celebrar en Usila por la tarde. > > Tlacoatzintepec, Quetzalapa, Sochiapam > Los nombres de los pueblos os pueden resultar muy raros. Son nombres indígenas, pero no precisamente “chinantecos”, que ellos usan otros nombres en sus propias lenguas, sino de origen “mexica”, la etnia que conquistó y ocupó la Chinantla antes de la llegada de Hernán Cortés. Los Misioneros españoles añadieron delante el nombre de un santo, quedando de la forma siguiente: S. Felipe y Santiago Usila, S. Juan Tlacoatzintepec, Santiago Quetzalapa, S. Pedro Sochiapam, Sta. Cruz Tepetotutla, Santiago Tlatepuzco, S. Juan Zapotitlam, etc. > > El mismo día domingo yo me fui a Tlacoatzintepec, mientras que el P. Francisco se quedaba en Usila para regresar al día siguiente a la ciudad de México. El viaje, que antes se hacía a pie durante tres horas y media, ahora lo hacía en poco más de una hora y en autobús. También aquí encontré esta cabecera municipal muy cambiada, al estilo de Usila, aunque ubicada no en un valle, sino en plena montaña. Mi sorpresa aquí fue encontrarme con la antigua y enorme iglesia colonial, antes en ruinas, ahora completamente restaurada. Celebré la Misa por la tarde; vino mucha gente, más de la que solía venir en mis años pasados. Vi caras nuevas entre la gente adulta; los Catequistas me explicaron que muchas familias protestantes estaban regresando a la Iglesia Católica desde algún tiempo, cosa que me alegró. En Usila está pasando algo parecido, pero entre los jóvenes. > > Al día siguiente emprendí el camino hacia Quetzalapa. Comenzaba mi vía crucis... Después de 17 años sin caminar por lugares tan quebrados como éstos, el camino a Quetzalapa se convirtió para mí una cruz, y bien pesada. La primera subida la pude aguantar, pero luego había otra, la principal, en la que ya no podía más; parecía que el hígado, riñones y corazón me salían por la boca... Pero lo peor fue la bajada al poblado, que está en un valle como el de Usila; ya no me cansaba, pero casi no podía caminar porque me temblaban y me dolían las piernas como no os podéis imaginar. Me acompañaban los dos sacristanes de Tlacoatzintepec, pero al llegar a los límites de las tierras de Quetzalapa se volvieron a su tierra y me dejaron solo y cargado con dos bolsas, pues desde hace tiempo ambos pueblos están peleados por causa de las tierras; ya sabéis, lo de siempre, como el problema de Israel y Palestina, pero en pequeño... En el momento que estoy escribiendo es día 25, y ya comienzo a recuperarme de mi primer viaje a pie; ¡y pensar que antes caminaba desde Usila hasta Sochiapam!, pero antes yo andaba por mis treinta y pico de años, y caminar o ir a caballo era lo normal. > > El pueblo de Quetzalapa es el más pobre de las dos parroquias de Usila y Sochiapam. Ha mejorado también su forma de vivir, pero aún le falta mucho. En cuanto a lo religioso, lo he encontrado muy superficial; los jóvenes se pasan la Misa riendo, y muchos de ellos ni siquiera entran a la iglesia; antes era el pueblo más religioso, tanto es así que, cuando llegaba el misionero, la gente pasaba horas y horas en la iglesia para las diversas actividades que con ellos organizábamos, y eso porque ellos mismos nos lo exigían. Echo en falta la influencia de los Ancianos; algunos de éstos ya han muerto y otros están enfermos; los que quedan ya no tiene tanto peso y tanta influencia como en el pasado, y los jóvenes se ríen de ellos porque muchos no saben leer ni escribir. En realidad, éste es un problema que he detectado en los pocos pueblos que he visitado. También en Sochiapam. Crisis de autoridad. > > Como no podía casi ni moverme, decidí pasar dos días enteros en Quetzalapa. Los de Sochiapam, al enterarse de mi llegada, me mandaron un guía y un caballo, lo que mucho agradecí, porque para llegar a Sochiapam hay que subir una cuesta en zig-zag ¡de dos horas!, una subida que ni el caballo aguantaba ya. El camino a Sochiapam es uno de los peores, no sólo por la pendiente resbalosa, sino también por el barro y por las piedras. > > Sobre S. Pedro Sochiapam os contaré otro día. Tiempo habrá para ello. > > P. Damián Bruyel, Misionero Comboniano > > |
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#3
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> m_elissah ha escrito:
He leído por azar tu mensaje. Quiero felicitarte por la visión tan real y tan humana que en él dibujas. Comparto contigo el mismo cielo, el mismo país, la misma fe y a Galicia que siemrpe abraza en la lejanía.....Si en algo puedo ayudarte aquí en México, será un placer....Un abrazo ..Eli |
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#4
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¡Gracias Elí, que Dios te bendiga!
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#5
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El P. Damián cabalga de nuevo : http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm >>> Entregas 7 y 8 de sus "Cartas desde la Misión" <<< |
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#6
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Está ya en
http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm "El Dios de la Vida" |
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#7
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Ultimas noticias del P. Damián
http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm Nº 10 Cartas desde la Misión >>> Camino hacia la Pascua <<< |
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