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Viejo 28/ago/00, 00:12
demócrata
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<font color=blue size=3 face=Verdana><strong>«HAN MATADO A UN PAISANO SUYO».
José Juan Hormiga accedió ayer a ser fotografiado por EL MUNDO en algún lugar de Canarias, junto al guineano Agostinho Afonso. El mismo día en que murió Fonseca en comisaría, Hormiga le contó que había visto como mataban «a un paisano suyo». Afonso, con quien aparece el testigo de cargo en la fotografía, ratifica esta versión y asegura que no van a parar hasta que se haga justicia en este caso que se inició el pasado 20 de mayo en Arrecife, la capital de Lanzarote.</font /color /size /face></strong>
<img src="http://www.elmundo.es/2000/08/28/fotos/0828espana.jpg">
<font color=red size=2 face=Verdana><strong>ESPAÑA
Lunes, 28 de agosto de 2000
JOSE JUAN HORMIGA AFIRMA QUE FUE DETENIDO 4 HORAS ANTES DE LO QUE DICE LA POLICIA
El testigo sostiene que vio cómo tres policías jóvenes mataban al guineano
«Un policía se puso detrás de él, le clavó la rodilla en la espalda, por encima de las esposas, y le apretó la porra contra la garganta para ahogarlo. Cuando estaba medio asfixiado, lo dejó caer al suelo y vino otro policía y le dio una patada en el cuello. Se le quedaron los ojos como virados y empezó a temblar y a echar sangre por la boca, y yo les grité: '¡Habéis matado al negro!' Entonces, ese mismo policía se vino para mí, me metió una hostia y me dijo: '¡Tú, a callar!'»
JOSE L. LOBO. Enviado especial
ARRECIFE (LANZAROTE).- Cuando José Juan Hormiga, alias el Pupilo, relataba ayer a EL MUNDO la brutal paliza que tres policías propinaron al ciudadano de Guinea Bissau Antonio Augusto Fonseca en la comisaría de Arrecife, el pasado 20 de mayo, apenas podía disimular el terror que debió sentir aquella madrugada.
«Yo estaba agachado en la celda, viendo cómo lo hinchaban a puñetazos y patadas a un metro de distancia de mí, y estaba muerto de miedo, porque pensé que luego iban a venir a por mí. Le juro por mis dos hijos que me meé encima de pánico, y eso nunca me había pasado en mi vida».
La cita con Hormiga, un delincuente de poca monta con varios delitos menores a sus espaldas, tiene lugar en una pequeña localidad del archipiélago canario, en la que permanece escondido desde hace varios días porque teme por su vida.
También asiste al encuentro Agostinho Afonso, compatriota del guineano muerto e inmigrante en Lanzarote desde hace 14 años, donde trabaja en la hostelería y la construcción.
«Los guineanos estamos hartos de todas las mentiras que se están diciendo».
El guineano añade: «A Fonseca lo mataron en la comisaría, y no vamos a parar hasta que se haga justicia».
Afonso es miembro de la asociación de inmigrantes subsaharianos en Lanzarote y Hormiga se ha comprometido con ellos a testificar contra los policías que presuntamente acabaron con la vida de Fonseca si alguien le garantiza protección.
Hormiga está a punto de cumplir 36 años, tiene dos hijos y está separado de su mujer. Fue legionario en el tercio de Fuerteventura y asegura que ha trabajado como mecánico de automóviles y albañil.
«Sí, reconozco que a veces he hecho alguna bobería, pero nunca le he sacado una navaja a nadie. He reventado alguna cabina de teléfonos, he robado cemento de una obra para venderlo, o cajas de whisky en un almacén... Pero quiero volver a trabajar y olvidarme de toda esa mierda», se sincera.
«Yo llevo muchos años viviendo en Lanzarote, pero me he tenido que esconder porque si me coge la policía, me pega dos tiros. La semana pasada fue la Guardia Civil a casa de mi vieja, que vive en Las Palmas, preguntando por mí, y cuando el juez me dejó en libertad, al día siguiente de salir del calabozo, un inspector me amenazó con que si le contaba a alguien lo que le habían hecho al moreno, él mismo me quitaba de en medio».
Cuando se entera de que la policía afirma que fue detenido dos horas después del fallecimiento de Fonseca y que, por tanto, no pudo presenciar el apaleamiento del guineano, se enfurece de verdad: «¡Serán hijos de...!».
«Lo tiraron de un empujón escaleras abajo»
«Aún no eran las dos de la madrugada cuando me detuvieron en la puerta de mi casa, en Arrecife. Llegaron dos coches de la policía y bajaron cuatro maderos, dos de uniforme y dos de paisano. Me pusieron las esposas y me llevaron a comisaría, pero no me dijeron por qué estaba detenido. Yo me lo imaginaba, claro, porque el Bollete y yo habíamos entrado esa noche a robar en un bar de Tías, y se ve que los municipales de Tías avisaron a la policía de Arrecife. Al Bollete lo pillaron, pero yo me escapé corriendo hacia Playa Honda, y allí cogí una bici y me fui para Arrecife. Cuando llegué, la policía ya me estaba esperando».
El Bollete es Julio Martín de León, compañero de correrías de Hormiga y la primera persona a quien éste relató, unas horas más tarde, todo lo sucedido en la comisaría de Arrecife.
«Cuando llegué sólo había un calabozo vacío, y me metieron en él; los otros estaban llenos de morenos, y también había algún blanco. A la derecha, nada más bajar las escaleras, hay una celda muy grande, y allí había un montón de negros; al lado hay otra celda más pequeña, pero allí sólo había mujeres, también negras. Luego me enteré de que los habían pillado esa misma noche en una patera».
El comisario jefe de la Policía Nacional de Arrecife, Tomás Martín Consuegra, reconoció la semana pasada a EL MUNDO que el mismo día de la detención de Fonseca fue interceptada en las costas de Lanzarote una patera con 16 subsaharianos, que pasaron la noche en la comisaría de la capital
«Los podría reconocer si los tuviera otra vez delante»
«Antes de meterme en el calabozo, los policías me quitaron la riñonera que llevaba encima. Sacaron todo lo que llevaba dentro, un reloj sin correa, una citación del juzgado, un mechero y no sé qué más, y lo metieron en un sobre. Al poco rato llegó el moreno. Lo traían tres polis, con las manos esposadas en la espalda para que no se resistiera ni se pudiera defender, y lo tiraron de un empujón escaleras abajo, donde están las celdas y el 091. Le hicieron que se sentara en un banco, junto a la pared, y mientras dos policías lo vigilaban, el otro se metió en una oficina que hay a la izquierda de la escalera. En cuanto ése salió, lo agarraron del pescuezo, lo trajeron a mi celda, abrieron con llave y lo tiraron dentro como un saco de papas, al lado de donde yo estaba. Me acuerdo de que uno de los policías se rió y me dijo: "¡Ahí tienes compañía, Pupilo!"».
Hormiga aseguraba ayer que desconocelaidentidad de los tres policías que supuestamente se ensañaron con Fonseca, pero afirmaba que, sin lugar a dudas, podría reconocerlos si los tuviera otra vez delante.
«Eran jóvenes. Yo ya los había visto otras veces, pero llevaban poco tiempo en Arrecife. Había otro policía al fondo, sentado en una silla, pero ése no pegó a Fonseca».
La brutal agresión contra el guineano empezó, según Hormiga, apenas cinco minutos después de que a Fonseca lo metieran en su misma celda.
«¡Me vais a matar! ¡Me vais a matar!»
«Sin venir a cuento, un policía le llamó hijo de puta y le dijo que le iba a reventar, y el negro le devolvió el insulto, creo que también se cagó en su madre. Entonces se vinieron los tres hacia la celda, la abrieron y le empezaron a dar hostias y patadas. El moreno decía: "¡Hijos de puta, me vais a matar, me vais a matar!"».
«Yo me puse en un rincón del calabozo y me tapé la cara con las manos, porque pensaba que a mí también me iba a caer algún guantazo. Le siguieron inflando a hostias y, entonces, el moreno se cayó de rodillas al suelo. Yo no podía ni abrir la boca del miedo que tenía, porque los policías estaban como locos, gritando, insultándole y metiéndole mascazos por todo el cuerpo».
«Vino otro policía y le dio una patada en el cuello»
Hormiga calcula que esa lluvia de golpes duró dos o tres minutos. «Luego, uno de ellos lo cogió por detrás, cuando ya estaba en el suelo, y le clavó la rodilla en la espalda mientras le apretaba la porra contra la garganta para ahogarlo. Cuando el negro estaba medio asfixiado, lo dejó caer al suelo, y vino otro policía y le dio una patada en el cuello. Entonces empezó a temblar, como con convulsiones, y a echar sangre por la boca».
Hormiga cree que esa patada fue la que lo mató. «¡Habéis matado al negro!», les gritó. Y él también recibió una caricia del mismo policía.
«Me metió una hostia en la cara con la palma de la mano y me dejó los cinco dedos marcados, porque cuando luego vi al Bollete lo primero que me preguntó es qué me había pasado en la cara, que la tenía toda colorada».
Fonseca quedó tirado en el suelo del calabozo, junto a un Hormiga aterrorizado que aún tuvo valor, asegura, para gritarle al policía que le acababa de golpear: «¡Abusas de la ropa que llevas!».
Unos minutos después, recuerda Hormiga, el guineano dejó de respirar.
«Le dijeron al médico que se tragó una bola de droga»
Entonces, los policías sacaron su cuerpo del calabozo y lo colocaron en un rincón del sótano, sobre el cemento. «Debieron avisar por teléfono al Casimiro -se refiere a Casimiro Robayna, el médico forense que al día siguiente practicó la primera autopsia al cadáver de Fonseca, en la que apuntaba como causa de la muerte la ingestión de drogas-, porque a los 15 ó 20 minutos apareció allí abajo. Fue a ver al moreno, que estaba tirado en un rincón, y le preguntó a los policías qué le había pasado. Le contestaron que en un descuido se había metido en la boca unabola llena de droga, y que ellos le agarraron por el cuello y se lo apretaron para que la echara, pero que no pudieron impedir que se la tragara».
El forense, según Hormiga, se agachó entonces para ver más de cerca a Fonseca, y empezó a palparle el cuello. Ya no hizo más preguntas.
«Pasó un buen rato y el negro siguió tirado en el suelo. Entonces vinieron unos chavales de Cruz Roja, me parece que uno de ellos era una chica, y también lo estuvieron mirando, y al cabo de un rato vino otro, que debía ser un médico, y le puso un aparato en el pecho, de esos que te sacuden una descarga, pero el moreno ya estaba muerto».
«Le pusieron en una camilla, tapado con una sábana»
Para entonces, Hormiga ya había perdido la noción del tiempo. «No sé qué hora sería cuando se lo llevaron, porque mi reloj se lo habían quedado los policías. Pero sí me acuerdo que pusieron al negro en una camilla, le colocaron encima una sábana y lo subieron entre dos por las escaleras».
Fue la última vez que vio el cuerpo de Fonseca. «A mí me tuvierontodavía un buen rato en el calabozo, y luego vinieron dos policías municipales de Tías, me sacaron de la celda y me metieron en un coche. Me acuerdo de que el día estaba ya aclarando y, entonces, me llevaron a un calabozo en Tías, y luego a otro en el cuartel de la Guardia Civil. Allí me encontré al Bollete. El me contó cómo le habían detenido los municipales de Tías, y me dijo que a mí me pillaron porque cuando fuímos a robar en el bar me olvidé el carné de identidad en el coche en el que habíamos ido, que nos lo había prestado un colega, y que por eso dieron el aviso a la policía de Arrecife».
«Conté a los guineanos que vi cómo le mataron»
Varias horas después, la Guardia Civil condujo a ambos a los juzgados de Arrecife. Hormiga prestó declaración en el Juzgado de Instrucción número 1 ante su titular, Sergio Díaz García, que lo dejó en libertad, pero le impuso la obligación de presentarse los días 1 y 15 de cada mes.
«Lo primero que hice fue ir a un bar de Arrecife que se llama Sabor Latino, porque sé que por allí paran muchos morenos, y le conté a dos de ellos que había visto cómo mataron a un paisano suyo en la comisaría».
Amalia Fonseca, la hermana del guineano, fue una de las primeras personas en recibir la noticia de que había un presunto testigo de la muerte de Antonio Augusto. Pero, según reconoció el pasado sábado a EL MUNDO, estaba «destrozada por el dolor» y no se sintió con fuerzas para ir a hablar con Hormiga. «Le pedí a mi amigo Agostinho Afonso que me hiciera el favor de localizarle y hablar con él».
Afonso le arrancó entonces el compromiso de que, llegado el momento oportuno, prestase declaración ante un juez y le contase lo que vio aquella noche.
Ayer, Hormiga reiteró su compromiso ante Afonso e, incluso, le dijo que «cuanto antes, mejor». Pero le advirtió que, de momento, no regresará a Lanzarote.
«Yo estoy dispuesto a declarar la verdad, porque lo que le hicieron a aquel chico fue una cabronada, y el que la hace, la paga. Pero lo que no quiero es que, después de declarar, salga a la calle y me peguen un tiro. Por eso quiero que sea en un juzgado de la Península y que me garanticen mi seguridad».
A mediodía de ayer, Hormiga puso fin a la conversación y volvió a su escondite, en algún lugar de las Islas Canarias que no quiso revelar.
Antes, accedió a fotografiarse por EL MUNDO, solo y en compañía de Afonso, con la condición de que las imágenes no dieran ninguna pista sobre el lugar donde se produjo el encuentro y la entrevista.
«No me vayan ustedes a traicionar»
«Yo voy a seguir escondido hasta que alguien me diga que puedo ir a declarar con total garantía», afirmó Hormiga, dirigiendo la mirada a su interlocutor guineano.
«Pero no puedo estar aquí toda la vida, porque tengo que dar de comer a mis hijos. Me da igual que sea en España o en otro país», añade con gesto de contrariedad.
José Juan Hormiga, alias el Pupilo, ha dejado aparcada una moto de potente cilindrada a pocas manzanas de ese lugar. Antes de montarse en ella, se enfunda una gruesa cazadora de cuero, pese al calor sofocante de esas horas («es para protegerme el cuerpo si me caigo», se justifica), y se calza un casco sobre su cabeza recién rapada.
Entre los rugidos del motor de su moto aún se escucha la voz grave del testigo de cargo del caso Fonseca: «No me vayan ustedes a traicionar».
Pie de foto titulada
«HAN MATADO A UN PAISANO SUYO». José Juan Hormiga accedió ayer a ser fotografiado por EL MUNDO en algún lugar de Canarias, junto al guineano Agostinho Afonso. El mismo día en que murió Fonseca en comisaría, Hormiga le contó que había visto como mataban «a un paisano suyo». Afonso, con quien aparece el testigo de cargo en la fotografía, ratifica esta versión y asegura que no van a parar hasta que se haga justicia en este caso que se inició el pasado 20 de mayo en Arrecife, la capital de Lanzarote.</font /color /size /face></strong>
<A HREF="http://www.elmundo.es/2000/08/28/espana/28N0006.html/">Pincha aquí para ver el artículo original</A>
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