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Dos tequilas y dos cafés para esta mesa(R.Carmona)
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Viejo 5/jun/02, 19:07
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Predeterminado Dos tequilas y dos cafés para esta mesa(R.Carmona)

Canela en rama en el cacillo. Canela en rama para hervir junto al almíbar de limón, azúcar y brandy. Canela oriental para dar sabor a las tortadas. Canela salvaje para hacer sonar las campanas de la India en este océano pegajoso que trueca en paraíso el torrente de una boca. Canela, en fin, domesticada y dócil, para saciar el apetito de una tarde cualquiera de domingo.
Viaja el humo hacia el techo. Humo ligero y oloroso buscando las alturas, anhelando a algún dios que entretenga sus delirios de grandeza sorbiendo las volutas. El aroma de mi infancia es un dulce a medio hacer y cien galletas de vainilla. Olor a tiempo desgastado, a navidades de pavo colgado en la pared y Reyes Magos cada anochecer. Olor a niño alrededor de la masa fermentada y la candela. Olor a sed de Poe y de Salgari. Esencia de playa y sal de un lugar donde habitaban las gaviotas.
Atiende esta tarde las cenizas tardías del mediodía. Agasaja con colores imposibles los caprichos que se inventan los racimos infantiles de la vid. El arte de ser siempre lo esperado es un juego que domina como nadie la luz atardecida. Una luz que ente naranjas y púrpuras dibuja el horizonte más hermoso.
Un pincel traza singladuras en el óleo del paisaje. Boceta líneas y figuras discontinuas que forman nubes en el aire. Perderse junto al viento en el ocaso, en la hora fatal donde desatiende la claridad su imperio conquistado. Zascandilear en el sueño previo a las palabras, anterior al significado concreto. Zambullirse en la bañera repleta con jabón de algas y frutas tropicales. Ser ese pincel o esa mano aguada por la lluvia que esboza en cada bocanada una bahía, dos volcanes y diez maneras de decir lo que deseas.
Decir lo que deseas. Qué extraña manera de engañarse, de engañarnos.
Falstaff nos cuenta que la vida es una vieja ladrona que hurta los sueños escondida en las esquinas de cada biografía. Pero, qué coño, es una ladrona fascinante. Y eso, aunque nos joda y nos escuece, es más que suficiente.
Un poema de Kipling me recuerda los tiempos en que salir al jardín era salir a la aventura, a lo desconocido, era, exagerando un tanto, bienvenir al universo. Un poema de Kipling que rememoro borroso y esencial, como un primer beso de amor a la literatura, a esta hija bastarda de la ternura que tiene demasiados padres putativos.
Vuelan alto este atardecer las golondrinas de junio. Y a ras de tierra nos quedamos los que no tenemos alas de ángel en el alma y si un diablo juguetón metido en nuestra cama. A ras de suelo y piel. Buen lugar para quedarse desnudo. Para desnudarse de cualquier imaginario e irreal hálito de divinidad y ser tierra, polvo, hierba, árbol, túnel, catacumba. Ser todo este cenagal de contradicciones, toda esta grandeza metida en mierda hasta los ojos. Ser, con todas las letras y al mismo tiempo, la madre Teresa de Calcuta entre enfermos y mendigos, y esa puta con dos tetas inmensas por escote que sólo ama y folla a sus amantes por dinero y una buena botella de champán a mediodía.
Una mariposa blanca en la terraza. Visita imprevista y deslenguada. Mariposa buscando flagelos de nácar para amar. Mariposa que come la manzana del sur a todas horas. Mariposa que todo su mundo se reduce a un dormitorio en el que nunca se duerme.
Llega el cartero con noticias de México. Se han secado las flores de la locura. Es hora de fumar y de beber por lo que fuimos. Dos tequilas y dos cafés para esta mesa. Las montañas mágicas de esa tierra que plantó mi corazón reciben el regalo de la lluvia. Un huracán se llevó el mar entero, el imposible mar que construimos. En fin, mandemos al cuerno la nostalgia. Esto fue lo que nos dieron. Lo acepto con este falso orgullo de poeta pues, a pesar de todo, quedan los poemas que jamás escribiremos como ahora.
Dos tequilas más para esta mesa, por favor. Dos tequilas y no se olvide la sal si es tan amable. Déjame decir por última vez ay, amor en esta terraza de Chapultepec desde donde una vez vimos al cielo pronunciar los nombres que ya no nos pertenecen. Déjame decir ay, amor. Y alza la voz, tu voz de hembra prodigiosa, para que este doloroso crujir de cristales rotos no suene tan cercano.
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