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Viejo 21/ene/00, 00:12
ramona_petxugona
Novato
 
Fecha de ingreso: 19/sep/05
Mensajes: 90
Predeterminado A Fray Diablo. Más.

Cap. XIV. Aquí ciertamente hay que hacer notar que la física mecanicista fue arrumbada con el derrumbe del positivismo a principios de siglo con la nueva física. Sin embargo sirve de provecho esta crítica a la hora de entender el error que cometió Descartes con el concepto de "res extensa" reduciendo el espacio a la mera dimensión cuantitativa. Y es que para las ciencias sagradas el espacio posee también una dimensión cualitativa [al igual que el tiempo], que hace que dos áreas con igual superficie no sean equivalentes entre sí. Esto se estudia en la Geometría sagrada y algunos de sus principios se ven en la astrología por ser una geometría celeste.
Además critica la visión materialista que se tiene normalmente en la vida cotidiana.
MECANICISMO Y MATERIALISMO
En el orden llamado «científico», el primer producto del ra-cionalismo fue el mecanicismo cartesiano; el materialismo había de llegar más tarde, puesto que, como ya hemos explicado, tanto la doctrina como su denominación datan en realidad del siglo XVIII; por otra parte, cualesquiera fueran las intenciones del propio Des-cartes (y, de hecho, se han podido deducir buen número de ideas de él por el procedimiento de llevar al limite sus consecuencias lógicas originándose así un cierto número de teorías harto contradictorias), existe entre uno y otro una filiación directa. A este respecto no es del todo inútil recordar que, si bien las antiguas concepciones atomistas como las de Demócrito y sobre todo la de Epicuro pueden ser consideradas como mecanicistas, por ser estos autores los únicos «precursores» de la Antigüedad de los que los modernos pueden considerarse herederos con cierto fun-damento, a menudo se pretende erróneamente convertirles en defensores de una primera formulación del materialismo por im-plicar éste de manera fundamental la noción de «materia» utili-zada por los físicos modernos y que en esta época todavía no había visto la luz. La verdad es que el materialismo representa sencillamente una de las dos mitades del dualismo cartesiano, precisamente aquélla a la que su autor había aplicado la concepción mecanicista; bastaba a partir de este momento con despreciar o negar la mitad restante o, lo que es lo mismo, con pretender reducir a ésta la realidad entera para que el materialismo surgie-se de forma natural.
Contra Descartes y sus principios, Leibniz ha demostrado co-rrectamente la insuficiencia de una física mecanicista que, por su propia naturaleza, no puede dar cuenta sino de la apariencia exterior de las cosas y resulta de todo punto incapaz de explicar cualquier elemento de su verdadera esencia; así, podría decirse que el mecanicismo sólo tiene un valor «representativo» y en modo alguno explicativo; mas, ¿no es éste exactamente el caso en el que se encuentra toda la ciencia moderna? Así ocurre en un ejemplo tan sencillo como el del movimiento, no obstante ser éste uno de esos fenómenos que, por excelencia, suelen conside-rarse como susceptibles de una explicación mecánica; tal explica-ción, dice Leibniz, no es válida más que en la medida en que no se considere en el movimiento nada más que un cambio de situa-ción y, a este respecto, cuando cambia la situación respectiva de dos cuerpos, lo mismo da decir que el primero se desplaza respecto al segundo o bien que el segundo lo hace respecto al pri-mero, pues en el proceso hay una perfecta reciprocidad; mas algo completamente diferente ocurre cuando se toma en consideración la razón del movimiento, pues, dado que esta razón sólo reside en uno de los cuerpos, éste será el único del que podrá decirse que se mueve mientras que el otro sólo desempeña en el cambio considerado un papel puramente pasivo; mas esto es algo que escapa por completo a las consideraciones de orden mecánico y cuantitativo. En definitiva, el mecanicismo se limita, pues, a ofre-cer una simple descripción del movimiento, tal como aparece exteriormente, resultando incapaz de comprender su razón y por tanto de expresar ese aspecto esencial o cuantitativo que única-mente puede suministrar su verdadera explicación; con mayor mo-tivo ocurrirá lo mismo en cualquier otra cuestión más compleja y en la que predomine más la cualidad sobre la cantidad; una ciencia constituida así no podrá, por tanto, tener ningún valor de conocimiento efectivo incluso en cuanto concierne al ámbito relativo y limitado en el que se ve encerrada.
Sin embargo, Descartes ha querido aplicar a todos los fenó-menos del mundo corpóreo una concepción tan notoriamente in-suficiente, dado que pretendía reducir toda la naturaleza de los cuerpos a la mera extensión enfocándola, por añadidura, desde un punto de vista cuantitativo; ya entonces, al igual que los meca-nicistas más recientes y que los mismos materialistas, no hacía ninguna diferencia entre los cuerpos llamados «inorgánicos» y los seres vivientes. Aludimos a los seres vivientes y no sólo a los cuerpos organizados porque el propio ser se ve aquí reducido a su cuerpo en virtud de la famosa teoría cartesiana de los «anima-les-máquinas», que seguramente constituye uno de los productos más absurdos engendrados por el espíritu sistemático; sólo al considerar al ser humano se cree obligado Descartes, en su física, a especificar que alude simplemente al «cuerpo del hombre», y ¿qué valor puede tener en realidad esta restricción cuando, por hipótesis, todo lo que ocurre en el cuerpo humano seguiría ocu-rriendo igual si estuviese el «espíritu» ausente de él? En efecto, el ser humano, por este mismo dualismo, se ve cortado en dos partes que no llegan a reunirse y que no pueden formar un com-puesto real ya que, al ser imaginadas como absolutamente hete-rogéneas, en modo alguno pueden entrar en comunicación, de manera que toda acción efectiva de una de ellas sobre la otra resulta por ello imposible. Además, se ha pretendido explicar me-cánicamente todos los fenómenos que se producen en los animales, incluidas aquellas manifestaciones cuyo carácter es más obvia-mente psíquico; podemos, por tanto, preguntarnos por qué no habría de ocurrir lo mismo en el hombre y también si no está permitido menospreciar la otra vertiente del dualismo como si en nada contribuyese a la explicación de las cosas; de esto a consi-derarlo como una complicación inútil y a tratarlo como si no existiese de hecho para negarlo sencillamente después no hay demasiada distancia, sobre todo para unos hombres cuya atención se vuelve continuamente y por entero hacia el ámbito sensible, como es el caso de los occidentales de nuestro tiempo; ésta es la forma en que la física mecanicista de Descartes se veía abocada indefectiblemente a preparar el camino al materialismo.
Teóricamente, la reducción de todas las cosas a lo cuantitativo se había operado ya en todo lo que pertenece en rigor al orden corpóreo, en la medida misma que la propia constitución de la física cartesiana implicaba la posibilidad de tal reducción; sólo restaba extender esta concepción al conjunto de la realidad tal como entonces se comprendía, mientras que, según los principios del racionalismo, ésta, por otra parte, quedaba restringida a la existencia individual como único ámbito posible. Partiendo del dualismo, esta operación necesariamente debía presentarse como una reducción del «espíritu» a la «materia», consistente en incluir en ella exclusivamente cuanto Descartes había incluido en uno u otro de los términos con el fin de poder reducirlo todo a la cantidad por igual; así, tras haber relegado hasta cierto punto el as-pecto esencial de las cosas «más allá de las nubes», ello suponía su completa supresión de forma tal que no volviese a ser considerada y admitida más que su faceta substancial, por ser a estos dos aspectos a los que corresponden respectivamente el «espíri-tu» y la «materia» y a pesar de ofrecer una imagen considerablemente empequeñecida y deformada de ambos conceptos. Descar-tes había incluido en el ámbito cuantitativo la mitad del mundo tal como él lo concebía y es posible incluso que ésta fuese la mi-tad más significativa en su opinión, pues en el fondo de su pensamiento y fueran cuales fuesen las apariencias, su deseo funda-mental era el de ser un físico; a su vez, el materialismo pretendió integrar en dicho ámbito al mundo entero; por consiguiente, en lo sucesivo sólo le restaba esforzarse en elaborar efectivamente esta reducción por medio de una serie de teorías cada vez más apropiadas a este fin, y ésta era la tarea a la que debía consagrarse toda la ciencia moderna aun en el caso de no declararse abierta-mente materialista.
Y es que, además del materialismo explícito y formal también existe lo que puede llamarse un materialismo de hecho cuya in-fluencia llega mucho más lejos, pues muchas gentes que no se toman en modo alguno por materialistas se comportan prácticamente como tales en todas las circunstancias; en definitiva, existe entre estos dos materialismos una relación bastante similar a la que se establece, como decíamos antes, entre el racionalismo filo-sófico y el vulgar, salvo en el hecho de que el simple materialista práctico generalmente no reivindica esta etiqueta, llegando inclu-so a protestar si se le aplica, mientras que el racionalista vulgar, aunque sea el hombre más ignorante de la filosofía, se apresura a proclamarse como tal al tiempo que se adorna orgullosamente con el más bien irónico título de «libre pensador», paradójico si se considera que en realidad no es más que el esclavo de todos los prejuicios corrientes de su época. Sea como fuere, al igual que el racionalismo vulgar es el producto de la difusión del raciona-lismo filosófico entre el «gran público», con todo lo que supone forzosamente el hecho de ser puesto «al alcance de todo el mun-do», también es el materialismo propiamente dicho el que se encuentra en el punto de partida del materialismo de hecho, en la medida misma que ha sido él el agente de este estado de ánimo general contribuyendo eficazmente a su formación; por supuesto la totalidad del problema se explica siempre en definitiva por el desarrollo de idénticas tendencias constitutivas del substrato del espíritu moderno. Es evidente que un sabio, en el sentido que actualmente se da a la palabra, aun cuando no haga profesión de fe de materialismo, se verá tanto más influenciado por él cuanto que toda su educación específica esté orientada en dicho sentido; incluso si, como suele ocurrir, este sabio cree que no carece de «espíritu religioso», siempre encontrará un medio de separar tan completamente su religión de su actividad científica que su obra no se distinguirá en nada de la realizada por el materialista más consumado, y que desempeñará así su papel, tan bien como pueda hacerlo este último, en la «progresista» cons-trucción de la ciencia más exclusivamente cuantitativa y más gro-seramente material que es posible imaginar; ésta es la forma en que la acción antitradicional consigue utilizar en su beneficio in-cluso a aquellos que, por el contrario, deberían lógicamente ser sus adversarios, si la desviación de la mentalidad moderna no hu-biese generado unos seres repletos de contradicciones e incapaces incluso de darse cuenta de ello. También en esto la tendencia a la uniformidad encuentra su realización ya que todos los hombres llegan prácticamente a pensar y actuar de un modo idéntico y que lo que les hace diferentes, a pesar de todo, no tiene más que un mínimo de influencia efectiva y no se traduce exteriormente en nada real; así suele ocurrir que, en un mundo como este, salvo muy escasas excepciones, un hombre que se declara cristiano no deje de comportarse de hecho como si no hubiera ninguna reali-dad fuera de la mera existencia corpórea, y un sacerdote que cul-tive la «ciencia» no difiera gran cosa de un universitario materialis-ta; cuando se ha llegado a este punto, ¿pueden todavía evolu-cionar las cosas antes de que el punto más bajo del descenso sea finalmente alcanzado?
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