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Cap. XIII de la misma obra.
LOS POSTULADOS DEL RACIONALISMO Acabamos de decir que los modernos pretenden excluir todo «misterio» del mundo, tal como ellos lo representan, en nombre de una ciencia y una filosofía a las que califican como «racionales» y, de hecho, bien podría decirse que cuanto más miope resulta una concepción tanto más es considerada como estrictamente «ra-cional»; por otra parte, es sabido que, desde los «enciclopedistas» del siglo XVIII, los más encarnizados enemigos de toda realidad suprasensible demuestran una reiterada inclinación a invocar la «razón» con cualquier pretexto y a proclamarse «racionalistas». Sea cual fuere la diferencia existente entre este «racionalismo» vulgar y el «racionalismo» estrictamente filosófico, sólo se trata en definitiva de una mera diferencia de grado; uno y otro corres-ponden plenamente a las mismas tendencias que van exagerándo-se de forma gradual, «vulgarizándose» simultáneamente con el curso de los tiempos modernos. Ya hemos tenido en otra parte ocasión de referirnos a menudo al «racionalismo», así como de definir sus principales características, de manera que podríamos contentarnos con remitir a nuestros lectores a alguna de nuestras obras anteriores para cuanto se refiera a este tema (1); no obstante, esta concepción permanece tan ligada al propio fundamento de la ciencia cuantitativa que no podemos dispensarnos de añadir aquí algunas palabras sobre este particular. Recordemos, por tanto, que el racionalismo propiamente di-cho se remonta a Descartes, con lo cual puede resaltarse el hecho de que, desde su origen mismo, se vea asociado con la idea de una física «mecanicista»; por otra parte, el Protestantismo ya le había dejado el camino expedito al introducir en la religión, junto con el «libre examen», una especie de racionalismo, si bien la palabra todavía no había sido inventada, cuando la misma ten-dencia llegó a afirmarse de manera más explícita en el campo filosófico. En todas sus formas, el racionalismo se define esencial-mente por la creencia en la supremacía de la razón, erigida a la categoría de verdadero «dogma», e implicando asimismo la ne-gación de todo cuanto es supra-individual y sobre todo de la intuición intelectual pura, lo que provoca lógicamente la exclu-sión de todo verdadero conocimiento metafísico; la misma nega-ción tiene asimismo, por consecuencia, en otro orden de cosas, el rechazo de toda autoridad espiritual por ser ésta necesariamente de origen «suprahumano»; racionalismo e individualismo están, pues, unidos tan intensamente que de hecho suelen confundirse salvo en los casos de algunas recientes teorías filosóficas que, por no caer en el racionalismo, no dejan de ser punto menos que ex-clusivamente individualistas. Desde ahora podemos observar hasta qué punto el racionalismo concuerda con la moderna tendencia a la simplificación: esta última, que naturalmente procede siempre por reducción de las cosas a sus elementos más inferiores, se afir-ma ante todo por la supresión de todo el ámbito supraindividual, en tanto no llegue más tarde a querer reducir el resto, es decir, todo lo que es de orden individual, únicamente a la modalidad sensible o corpórea y, por último, ésta a una simple agregación de determinaciones cuantitativas; puede verse fácilmente cómo se encadena todo esto rigurosamente, constituyendo otras tantas eta-pas necesarias de una misma «degradación» de las concepciones que el hombre elabora acerca de sí mismo y del mundo. También existe otro tipo de simplificación inherente al racio-nalismo cartesiano y que se manifiesta en primer lugar por la re-ducción de toda la naturaleza del espíritu al «pensamiento» y de la del cuerpo a la «extensión»; respecto a lo último, éste es, por otra parte, y como ya hemos visto, el fundamento mismo de la física «mecanicista» y podría decirse también que el punto de partida de la idea de una ciencia perfectamente cuantitativa (2) Pero esto no es todo: otra simplificación abusiva se opera por el hecho mismo de la forma en que Descartes enfoca la idea de ra-zón, a la que alude también como «buen sentido» (lo cual, si se piensa en la acepción corriente de esta misma expresión, evoca una noción de un nivel singularmente mediocre), afirmando a su respecto que es «la cosa mejor repartida del mundo», lo que im-plica ya una especie de idea «igualitaria» y constituye al propio tiempo una afirmación completamente errónea; confunde con ello sencillamente la razón «en acto» con la «racionalidad», conside-rada como una característica específica del ser humano como tal (3). A buen seguro, la naturaleza humana se encuentra por entero en cada individuo, si bien se manifiesta en formas muy diferentes, según las cualidades propias y respectivas de tales individuos y que se unen en cierto modo dentro de ellos a esta naturaleza es-pecífica para constituir la integralidad de su esencia; pensar de otra forma supone pensar que todos los individuos humanos se asemejan entre sí y no difieren más que en el solo número. De aquí se deduce directamente toda la serie de consideraciones acer-ca de la «unidad del espíritu humano» que los modernos suelen invocar continuamente para explicar todo tipo de cosas, algunas de las cuales no son de orden meramente psicológico, como, por ejemplo, el hecho de que se repitan en todos los tiempos los mis-mos símbolos tradicionales; convendría añadir que en verdad no consideran el «espíritu» sino sencillamente lo «mental», no pue-de pues haber aquí una unidad verdadera, ya que ésta en modo alguno podría pertenecer al ámbito individual que es el único considerado por los que así se expresan, así como, con más gene-ralidad, por todos los que creen poder hablar de un «espíritu hu-mano», como si el espíritu pudiera verse afectado por una carac-terística específica. Además, en cualquier caso, la comunidad de naturaleza que ostentan los individuos en el seno de su especie sólo puede tener manifestaciones de un orden muy general, resul-tando perfectamente incapaz de dar cuenta de las semejanzas que, por el contrario, se refieren a unos detalles muy precisos, mas ¿cómo hacer comprender a los modernos que la unidad funda-mental de todas las tradiciones no puede explicarse realmente más que por cuanto en ellas hay de «suprahumano»? Por otra parte, y para volver al terreno de lo que efectivamente sólo es humano, fue la concepción cartesiana la que inspiró a Locke, el fundador de la psicología moderna, su afirmación de que, para saber lo que pensaron otrora los griegos y los romanos (pues su horizonte se limitaba a las fronteras de la antigüedad «clásica» occidental), bastaba con investigar lo que pensaban los ingleses y los franceses contemporáneos de él, ya que «el hombre siempre es el mismo en todas partes»; nada más falso y sin embargo he aquí que los psicólogos se han detenido siempre en esta afirma-ción, pues, cuando se imaginan que están hablando del hombre en general, la mayoría de sus argumentos no se aplican en realidad más que al europeo de tipo medio: ¿Acaso no supone esto el con-vencimiento de que la uniformidad que se pretende imponer a todos los individuos humanos ya ha sido realizada? También es cierto que, precisamente a raíz de los esfuerzos que se llevan a cabo en este sentido, las diferencias van atenuándose y que, de esta forma, la hipótesis de los psicólogos resulta menos falsa en la actualidad que en los tiempos de Locke (a condición empero de tener buen cuidado en no referir, como hizo él, la explicación al pasado); mas, a pesar de todo y como ya hemos dicho, el Iímite nunca podrá ser alcanzado y, mientras este mundo exista, siempre habrán de existir diferencias irreductibles, ¿es acaso el mejor medio para conocer verdaderamente la naturaleza humana tomar como tipo un «ideal» que no podría sino calificarse de in-frahumano en el mejor de los casos? Acabadas estas precisiones, todavía nos resta explicar por qué el racionalismo está vinculado con la idea de una ciencia exclu-sivamente cuantitativa o, mejor dicho, por qué procede ésta de aquél. A este respecto habremos de reconocer que hay gran parte de verdad en las críticas que Bergson dirige a lo que denomina erróneamente la «inteligencia» cuando en realidad se trata de la razón y más concretamente un determinado uso de la razón basado en la concepción cartesiana, pues en definitiva es de esta concepción de donde han salido todas las formas de racionalismo moderno. Señalemos asimismo que los filósofos suelen decir más verdades cuando argumentan contra otros filósofos que cuando llega el momento de exponer sus propios puntos de vista, de manera que, como cada uno suele ver con bastante claridad los defectos de los otros, hasta cierto punto se destruyen mutuamente. Así es como Bergson, si se toma uno el cuidado de rectificar sus errores termi-nológicos, demuestra correctamente los errores del racionalismo (que, lejos de confundirse con el verdadero «intelectualismo», se convierte por el contrario en su negación) y las insuficiencias de la razón, mas cae a su vez en una postura errónea cuando empie-za a buscar sus argumentos en el ámbito de lo «infrarracional» en lugar de elevarse a lo «suprarracional» para suplir tales errores (siendo esta la razón de que su filosofía sea tan individualista como la de sus adversarios y de que ignore tan completamente como ellos la existencia de un orden supraindividual). En conse-cuencia, cuando reprocha a la razón, a la que sólo nos resta de-volver su verdadero nombre, el hecho de «recortar artificialmente lo real», no tenemos ninguna necesidad de adoptar su propia idea de lo «real», aunque lo hiciésemos a título puramente hipotético y provisional, para comprender lo que en el fondo significa: se trata manifiestamente de la reducción de todas las cosas a unos elementos supuestamente homogéneos o idénticos entre ellos, lo que no es más que la reducción a lo cuantitativo, pues sólo desde este punto de vista tales elementos son concebibles; al mismo tiempo, este «recorte» evoca con bastante claridad los esfuerzos que se realizan con objeto de introducir una discontinuidad que, en rigor, no pertenece más que a la cantidad pura o numérica, es decir, a la tan aludida tendencia a no querer aceptar como «científico» sino aquello que es susceptible de ser «cifrado» (4). Asimis-mo, cuando afirma que la razón no se encuentra cómoda más que al aplicarse a lo «sólido», por ser éste, hasta cierto punto, su ámbito propio, parece darse cuenta de la tendencia que muestra indefectiblemente, al quedar reducida a sí misma, a «materiali-zarlo» todo, en el sentido más vulgar de la palabra, es decir, a no considerar en las cosas sino sus más groseras modalidades, por-que éstas son aquéllas en las que la cualidad más disminuida queda en beneficio de la cantidad; de todas formas, parece con-siderar el objetivo de dicha tendencia en lugar de su punto de arranque, lo que podría hacerle responsable de cierta exageración, pues resulta evidente que esta «materialización» presenta varios grados; sin embargo, si consideramos el presente estado de las concepciones científicas (o más bien, como veremos posteriormen-te, un estado que hasta cierto punto ya ha sido sobrepasado en la actualidad), es perfectamente evidente que se encuentran en la inmediata proximidad del último o más bajo de los grados, aquél en el que la «solidez», entendida de esta forma, ha alcanza-do el punto máximo, lo que constituye un signo particularmente característico del período en que nos encontramos. Por supuesto no pretendemos que el propio Bergson haya comprendido tales cuestiones de una forma tan clara como la que se deduce de esta «traducción» de su lenguaje, ello parece incluso bastante impro-bable, dadas las múltiples confusiones en las que incurre continuamente, mas no menos cierto es que, en realidad, tales puntos de vista le han sido sugeridos por la constatación de lo que es la ciencia actual y que, por este concepto, su testimonio, por el hecho de pertenecer a un representante indiscutible del espíritu moderno, en modo alguno podría ser despreciado; en cuanto a lo que representan exactamente sus teorías, ya veremos en otra parte del presente estudio cuál es su exacto significado, limitándonos por el momento a decir que corresponden a un aspecto diferente y hasta cierto punto a una etapa distinta de esta desviación cuyo conjunto constituye en rigor el mundo moderno. Para resumir cuanto hemos dicho podemos concluir así: el racionalismo, por constituir la negación de todo principio supe-rior a la razón, provoca como consecuencia «práctica» el uso ex-clusivo de esta misma razón cegada, valga la expresión, por el hecho mismo de verse aislada del intelecto puro y trascendente cuya luz, normal y legítimamente, debe limitarse a reflejar sobre el ámbito individual. A partir del momento en que ha perdido toda comunicación efectiva con este intelecto supraindividual, la razón sólo puede tender hacia abajo, es decir, hacia el polo infe-rior de la existencia, hundiéndose cada vez más en la «materiali-dad»; en la misma medida, llegar a perder gradualmente hasta la propia idea de la verdad y a buscar solamente la mayor comodi-dad para su limitada comprensión, objeto en el que, por otra par-te, encuentra una satisfacción inmediata dada su propia tendencia descendente, por conducirle ésta en el sentido de la simplifica-ción y de la uniformización de todas las cosas; obedece, pues, tanto más fácil y más rápidamente a esta tendencia cuanto mas se adaptan sus deseos a los efectos de ésta y este descenso, cada vez más rápido, no puede abocar por último más que en cuanto hemos decidido denominar el «reino de la cantidad». NOTAS: (1). Véanse, sobre todo: Orient et Occident y La Crise du Monde mo-derne. (2). Es menester resaltar, asimismo, en cuanto a la concepción que profesa Descartes acerca de la ciencia, que éste pretende que de todas las cosas se pueden llegar a tener ideas «claras, y nítidas», es decir, análogas a las ideas matemáticas, obteniéndose así una «evidencia» que sólo es accesible en el ámbito de las matemáticas. (3). Si se considera la definición clásica que se da del ser humano como «animal racional», la «racionalidad» representa en ella la «diferencia espe-cífica» que distingue al hombre de todas las demás especies del reino ani-mal; además, no es aplicable más que en el seno de tal género o, dicho en otros términos, no es en rigor sino lo que los escolásticos solían deno-minar una differentia animalis; por tanto, no puede hablarse de «raciona-lidad» en cuanto concierne a los entes que pertenecen a otros estados de existencia, sobre todo a los estados supraindividuales, como puede ser, por ejemplo, el de los ángeles; todo esto concuerda perfectamente con el hecho de ser la razón una facultad de orden exclusivamente individual, que en modo alguno podría sobrepasar los límites del ámbito humano. (4). A este respecto podría decirse que, de todos los sentidos que esta-ban incluidos en la voz latina ratio sólo se ha conservado uno, el que sig-nifica «cálculo», en la utilización «científica» que se hace hoy de la razón. -------------------------------------------------- |
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