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#1
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Fueron María y su hermana Juana las que encontraron a su padre sentado contra el tronco de aquella higuera. La verdad, no era exactamente el tiempo de la cosecha; pero a Jacob de Nazaret le gustaba coger los primeros higos de la temporada; decía que eran los mejores para hacer el pan de higo. Aquel hombre aparejó aquélla mañana la bestia. Tiró solo para el campo con la fresca. El higueral estaba al otro lado de los cerros. Encantado de la vida aquel buen hombre se despidió de su señora. Sus dos hijas mayores le llevarían el almuerzo y le ayudarían a recoger los cestos. Hasta entonces, bueno, pues eso, un beso, adioses. ¿Viéndole partir de aquella manera tan hermosa quién hubiera podido decir que aquél hombre regresaría a su casa muerto? A la hora del almuerzo María y su hermana Juana se presentaron en el campo. María le llevaba un año a Juana y las dos eran dos muchachas en flor. María y Juana buscaron a su padre y lo encontraron sentado a la sombra de aquella higuera. “¿Le dejamos dormir un rato más, Juana? Recojamos nosotras los cestos de mientras”, dijo la María. Las dos hermanas se dedicaron a la faena. Terminaron de reunir los cestos, y su padre sin despertar. Pero que no se despertaba. “Cuánto duerme hoy papá, ¿verdad, María?”, dijo la Juana. Se dieron trabajo trabajando más. Al cabo empezaron a mirarse preocupadas. “¿Le pasará algo a papá, Juana?”. Y allá que fue la mayor de las dos a ver qué le pasaba a su padre. No me voy aquí a poner tierno como el que quiere ganarse al lector sacándole un mar de lágrimas. El que más el que menos ya ha pasado por los trámites de un entierro y sabe lo que duele perder lo que nunca debió la Muerte llevarse. Pero fue ella, la María, al arrodillarse para despertarle, quien descubrió la verdad en la palidez del rostro de su padre. No gritó la muchacha, no se asustó. Cogió la cabeza de su muerto entre sus brazos, meció su cuerpo, besó su frente, miró a su hermana Juana que se acercaba hecha lágrimas. Juana se abrazó a su hermana María y María se dejó abrazar hasta que Juana se desahogó y juntas pudieron recomponer sus almas. “Ve a casa, Juana, y cuéntale a mamá lo que pasa”, le pidió María a su hermana. Juana se subió al pollino y llorando con el corazón encogido corrió por los cerros. Mientras tanto María se quedó sola con el cuerpo de su padre, bajo aquella higuera, acariciando el rostro del que para ella fue el hombre más maravilloso del mundo, que se le había ido sin darle oportunidad a su mujer y a sus hijas de decirle por última vez cuánto le querían. “¿Qué será de tu niño ahora, padre? ¿En qué ojos encontrará la imagen divina del hombre que tus hijas hemos descubierto en tí?”, hablándole al Cielo susurraba la joven María. Lo dicho, un enemigo cruel y sádico arrasando la casa no le hubiera hecho a la Viuda de Jacob de Nazaret tanto daño como aquella forma que tuvo la Muerte de quitarle su marido. Si hubiera muerto su hombre defendiendo a los suyos en alguna guerra, o vendiendo la vida de sus hijas al precio de la suya propia, yo qué sé, pero morirse de aquella manera, sin avisar, cuando habían encontrado la felicidad, después de haber superado un decenio de años tan malos como el corazón de Herodes. Para qué os voy a contar los litros de lágrimas que la Viuda derramó durante todo aquél día y toda la noche de aquella tarde. ¿No se os ha muerto nunca una hija en flor, o una hermana en la plenitud de su belleza? ¿No os ha arrancado jamás la Muerte la estrella de vuestros ojos dejándoos en las más tormentosas tinieblas? Teníais que estar riendo a carcajadas, batiendo palmas, el corazón abierto a toda esperanza, y de pronto de la noche a la mañana una hora antes de romper el alba la aurora se torna en noche sin luna, la llanura se transforma en pozo sin fondo y al mirar para abajo descubrís el rostro de la Serpiente dándoos la bienvenida. Y es que Jacob y Ana se habían amado desde el mismo día que se pusieron los ojos encima. Fue un amor a primera vista. Fue ponerse los ojos encima y saber que la búsqueda había terminado. Jacob y Ana habían nacido el uno para el otro; estaban hechos el uno para el otro; eran las dos mitades del mismo fruto. Era natural que él se muriera tan enamorado de su mujer como el primer día y que la Viuda lo perdiera más enamorada de su marido que nunca. Y si a este dolor se le suma el hecho de quedarse la casa sin hombre para ocuparse de los campos y de las bestias: la receta mágica en el origen de los pucheros amargos que derramó la Viuda en el corazón de su hija María durante los dos días que siguieron al entierro de su padre, ya la habéis leído. |
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